Hay lazos que nacen del amor
y otros que nacen del dolor.
Lazos que sostienen,
lazos que ahogan.
Aun así, todos son lazos:
formas invisibles
de unir universos,
personas,
tiempos
y momentos
que dejan huella en el alma.
Los lazos de sangre pueden ser hermosos,
pero no todos están hechos
para quedarse.
Compartir apellido
no obliga a resistir lo que duele,
ni a permanecer donde el amor
no es recíproco.
El amor no se mendiga.
No se pide atención,
ni tiempo,
ni presencia.
El amor verdadero se da
con abundancia,
con alegría,
con respeto mutuo.
Los lazos se construyen
o se rompen.
Pertenecen a quienes los cuidan
con dedicación y honestidad.
Y sí, duele descubrir
que quien creías incondicional
no lo es.
Pero soltar
también es una forma de amor.
Porque hay un lazo
que jamás debería romperse:
el lazo contigo.
Tu mayor compañía eres tú.
Valora, perdona
y sigue,
sin esperar nada de nadie,
aunque los una la sangre,
aunque los una un nombre.
Vivir aferrada al rencor
desgasta el alma.
Sentirlo es humano,
habitarlo para siempre, no.
Aprender a soltar
lo que contamina tu paz
es un acto de valentía.
A veces duele,
a veces se siente soledad,
a veces parece imposible.
Pero soltar lazos que hieren
es mejor
que vivir en un mundo
que apaga tu luz.
Los lazos verdaderamente incondicionales
son los que construimos
con amor,
paciencia
y fidelidad
a nuestro bienestar.