Gracias a esos amigos
que hoy son familia.
Gracias a los momentos
que se quedan tatuados
en la memoria,
compartidos con personas
que no llevan nuestra sangre,
pero sí nuestro amor.
La amistad es una palabra grande,
un regalo que no todos
tienen la dicha de conocer.
Hay amistades de etapas,
y cada una deja huella.
Las primeras llegan con la infancia:
primos que fueron amigos,
cómplices de travesuras,
peleas, gritos y risas,
cuando la vida era inocente
y el corazón ligero.
Luego llegan las amistades
de la escuela,
de la adolescencia,
de los años en los que aprendimos
a comprender,
a valorar
y a luchar por lo que creemos.
Ahí entendimos, por primera vez,
lo que significaba
la palabra amistad.
En la universidad aparecen otras,
más conscientes,
más honestas,
igual de valiosas.
Amistades que no siempre caminan a tu lado,
pero hacen el camino
más llevadero.
También están las amistades del trabajo,
esas que se alinean con nuestras etapas,
con nuestras cargas,
con nuestras propias batallas.
Diferentes,
pero igual de reales.
No tener hoy a los mismos amigos
no significa que dejaron de importar.
Significa que vivimos etapas hermosas
que, aunque hayan pasado,
siempre tendrán un lugar
en el corazón.
Aprecia a las amistades que fueron,
a las que son
y a las que llegarán.
Incluso a esas espontáneas
que, sin aviso,
se vuelven necesarias.
Por eso hoy y siempre,
la amistad perdura.
Gracias a quienes estuvieron,
a quienes están
y a quienes dejaron huella
aunque ya no caminen conmigo.
Gracias a la amistad
tenemos familia elegida,
esa que sostiene los días pesados
cuando ni siquiera sabíamos
que la necesitábamos.
A ti,
por tener amistad,
gracias.