Hoy desperté sin un motivo claro,
y aun así, feliz.
Feliz de tener un día más,
feliz de poder mirar lo que hoy soy capaz de hacer,
feliz de tenerme conmigo misma,
en la mejor versión que pude sostener hoy.
Porque no todo es tristeza,
ni dolor constante,
ni sufrimiento eterno.
Aun viviendo rota,
la vida insiste en regalarnos momentos felices
que llegan sin pedir permiso
y se quedan lo justo para recordarnos
que seguimos aquí.
Aunque la felicidad dure horas, días o apenas instantes,
se disfruta con la esperanza silenciosa
de que vendrán tiempos mejores.
A veces acompañadas de quienes amamos,
otras veces en la soledad elegida,
abrazándola,
agradeciendo la estabilidad que hoy sí supimos habitar.
Sin importar lo que venga después,
estos momentos fugaces merecen ser honrados.
Porque en ellos reconocemos lo fuertes,
lo valientes,
lo humanas que somos.
La felicidad no llega de afuera:
nace de nosotras,
de saber que estar bien también cuenta,
incluso cuando cargamos grietas,
incluso cuando la historia duele.
Porque aunque estemos rotas,
merecemos sentirnos felices, plenas, amadas.
No como un premio,
no como un favor,
sino como un derecho.
Ser feliz en compañía de una misma
es un camino largo,
quizá interminable,
pero cada instante de luz lo vuelve valioso.
Son esos momentos —sin razón aparente—
los que iluminan el día
y nos recuerdan que seguimos vivas.
Porque ser feliz es tu derecho.
Y aunque hoy parezca imposible,
siempre habrá una luz en los días lluviosos
capaz de dibujar una sonrisa.
Ama tus grietas.
Ahí también nace tu felicidad.