Me Lo Dedico A Mi Misma para no olvidarme

Adiós

Digo adiós a mi pasado, digo adiós a una niña que, aunque aún la tengo presente, hoy es una adulta. Decir adiós a veces duele, pero también sana.

Un adiós es un inicio y, al mismo tiempo, un final. Todo depende de cómo se defina: puede sanar, puede destrozar, incluso puede reiniciar. Pero siempre, siempre, un adiós duele.

Los momentos, los instantes, las horas y los minutos se vuelven significativos cuando el adiós ya fue decidido. Aun así, se agradecen los recuerdos, porque incluso los más dolorosos son los que nos hicieron ser quienes hoy somos.

No venimos a romantizar momentos que marcaron para siempre, sino a entender que, muchas veces, un adiós es lo más sano que nos puede pasar.

Vivir aferrados al pasado es rompernos desde adentro. Llegar a un adiós no es fácil, pero es el resultado que se anhela: la paz, la sanación, el equilibrio interior.

Porque, por más doloroso que haya sido o por más hermoso que fue, un adiós abre caminos nuevos. Caminos que llegan para seguir creciendo, como personas, como seres humanos conscientes de que no siempre se trata de lo que queremos, sino de aquello por lo que luchamos.




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