Nunca imaginé
que lo más difícil de mi vida
iba a ser vivir conmigo.
No por lo que soy hoy,
sino por todo lo que fui.
Hay una voz dentro de mí
que no se cansa de repetir:
no mereces.
No mereces estar bien.
No mereces sentir paz.
No mereces lo bueno
después de lo que hiciste,
después de lo que permitiste,
después de lo que no supiste ser.
Y duele…
porque a veces le creo.
Me castigo en silencio.
Me saboteo cuando todo va bien.
Me recuerdo una y otra vez
mis errores
como si no tuviera derecho a avanzar.
Como si tuviera que pagar
toda la vida
por un pasado que ya no puedo cambiar.
Pero también estoy cansada.
Cansada de cargar culpas
que ya entendí.
Cansada de vivir atada
a versiones mías
que ya no existen.
Porque sí, me equivoqué.
Sí, fallé.
Sí, tomé decisiones que hoy me duelen.
Pero también sobreviví.
Y eso…
también debería contar.
Estoy aprendiendo,
aunque me cueste,
a no odiarme por lo que fui.
A soltar sin olvidarme.
A mirarme sin destruirme.
A entender que hice lo que pude
con lo que tenía…
aunque no haya sido suficiente.
Hay días en los que el pasado me alcanza
y me arrastra.
Días en los que vuelvo a sentir
que no merezco nada.
Pero aún así…
no me rindo.
Porque hacer las paces conmigo
no es olvidar,
es dejar de herirme por lo mismo
todos los días.
Es dejar de ser mi propia enemiga.
Hoy no puedo decir
que ya sané.
Pero sí puedo decir
que ya no quiero seguir castigándome.
Que quiero paz,
aunque no sepa cómo tenerla del todo.
Que quiero vivir
sin sentir que debo pedir perdón
por existir.
Y eso…
eso ya es un comienzo.