Nicole Landon fijó su mirada decidida en la meta. La adrenalina le circulaba briosa por las venas y le incrementaba los latidos del corazón.
Giró el acelerador de la moto con ligereza y sin soltar el freno. El motor de la Ducati tronó y la rueda trasera se deslizó sobre el pavimento dejando una marca de neumático grabada, así como una estela de humo y polvo tras ella.
Esa noche, las anchas calles de Lawrence, en Kansas, estaban desoladas. Eso le permitiría a Nicole valerse de cualquier artimaña para ganar aquella carrera.
—¿Lista muñeca? Ten cuidado al salir, podrías tropezar con tus tacones y partirte una uña.
Ella observó con desprecio a uno de sus rivales, quien creía que por el hecho de ser mujer era incapaz de ganar la competencia ilegal en la que se había inscrito y donde el noventa y nueve de los participantes eran hombres.
Había mucho dinero en juego. Recompensa que necesitaba con urgencia.
Un claxon se escuchó por encima del ruido de las cinco motos que participarían en ese evento y de los gritos de los presentes. Los competidores soltaron enseguida el freno y despegaron como cohetes mientras la luna les iluminaba el camino con una luz tenue.
—¡Muerde el polvo, idiota! —gritó ella al tomar rápido la delantera ubicándose de primera.
Para los apostadores que invertían en aquella competición, el final podía ser predecible: Dylan Roda participaba con su imponente Kawasaki Ninja y pretendía ganar por quinta vez la contienda, pero Nicole estaba decidida a robarle el trono.
Aceleró todo lo que pudo sosteniendo con firmeza el volante para no perder el control.
Lideraba el grupo cuando llegó al punto dónde debía tomar un retorno para hacer el último tramo del recorrido. El problema se presentó cuando al inclinarse para iniciar el cruce, apareció de forma repentina a su lado la Kawasaki haciéndole perder el equilibrio.
Nicole tuvo que enderezar la moto para no colisionar contra el otro competidor, reduciendo así la velocidad. La maniobra le permitió evitar una catástrofe, aunque le robó varios puestos.
No solo Dylan le arrebató la primera posición, sino que otros dos competidores pasaron por su lado como una exhalación y la obligaron a detenerse.
—¡Imbéciles! —gruñó antes de ponerse de nuevo en marcha para alcanzar la meta.
No ganaría, lo sabía, pero no se rendiría. Eso no formaba parte de su ADN.
Aceleró al máximo la moto y no descansó hasta llegar al final, pudiendo sobrepasar solo a uno de los contendientes, lo que le otorgaba un triste tercer lugar. Nada ganaba con esa posición más que palmaditas en el hombro de los apostadores.
Mientras Dylan celebraba el triunfo junto a sus amigos y los apostadores que habían ganado gracias a él se regodeaban a su alrededor felices por el triunfo, Nicole se detuvo a un costado.
Un sujeto alto y de piel morena se acercó y sostuvo la moto para que ella bajara.
—Calma, luego hacemos un reclamo —propuso el hombre, pero su oferta no amilanó la indignación de la mujer.
Nicole se quitó el casco y permitió que largos rizos color marrón cobrizo cayeran sobre su espalda. Una cazadora de motero en tonos rojos y blanco la cubría y le ocultaba el cuerpo delgado y curvilíneo haciéndola parecer más recia de lo que en realidad era.
—Esto no se quedará así, Ronald. Yo no dejo nada para después —declaró antes de entregarle el casco a su amigo y acercarse al tramposo contrincante.
Mientras avanzaba, se quitaba los guantes de cuero y los guardaba en los bolsillos traseros de su pantalón de mezclilla.
—¡Ey, Dylan! —llamó su atención dándole golpecitos en un hombro con un dedo.
Al hombre le molestó su gesto, aunque, al girarse hacia ella, dibujó una sonrisa de burla regodeándose con la ira que la mujer destilaba.
—¿Quieres que firme mi autógrafo en tus tetas?
Los ojos castaños de Nicole llamearon por el fuego que la consumía. Sin mediar más palabras le propinó un fuerte derechazo en la mandíbula.
—Mierda —masculló Ronald y soltó enseguida el casco para correr hacia Nicole, pero no pudo llegar a tiempo.
Debika, la novia de Dylan, se lanzó sobre la mujer y la tumbó en el suelo para enzarzarse con ella en una aguerrida pelea. No iba a permitir que atacaran a su hombre.
—¡PELEA! —vociferó alguien, creando un tsunami entre los presentes al motivarlos a correr hacia donde se hallaba el ajetreo.
Dos compañeros de Dylan se acercaron para ayudar a Debika a reprender a Nicole, ya que con su ataque la mujer había roto una de las reglas no escritas de esas carreras: «no pretendas hacer justicia por tus propias manos, los que deciden, son los apostadores».
Pero Nicole estaba harta de depender de las decisiones de otros. No era la favorita en esa competencia y por ser la única mujer tenía todas las de perder. No le quedaba otra opción que imponer sus propias reglas para no sentirse frustrada.
Varios de los presentes salieron en su defensa al ver que no había equilibrio entre los bandos, lo que ocasionó una reyerta grupal descontrolada.
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Editado: 01.04.2026