Me seguís rompiendo,
porque aunque no estés, tu control es el aire que respiro
y me falta el oxígeno.
No hay rincón donde no encuentre tu sombra,
ni silencio que no tenga tu nombre.
Me seguís rompiendo en cada intento de ser libre,
porque tu mano todavía aprieta mi garganta
sin necesidad de tocarme.
Es un control de cristal: transparente y cortante.
Este asedio constante,
este tormento mío.
Me exigís un luto que no tiene fin,
como si mi vida fuera una ofrenda
en el altar de tu ego.
Cada vez que intento mirar hacia afuera,
hacia alguien nuevo,
hacia la luz,
aparecés con el peso de nuestros recuerdos
como si fueran grilletes.
“Me debés respeto”, decís.
Pero lo que querés es mi parálisis.
No me dejás tranquila.
Vigilás mis silencios y mis redes,
buscando el rastro de una libertad
que me tenés prohibida.
Me seguís rompiendo,
porque convertiste lo que tuvimos
en una sentencia de soledad obligatoria.
Querés que guarde luto por un muerto
que vos mismo mataste,
que cierre las ventanas para que nadie me vea,
para que nadie me toque.
Tu manipulación es un hilo fino
que se enreda en mi cuello
cada vez que mi risa suena a estreno.
No es amor, es custodia.
No es duelo, es asedio.
Me seguís rompiendo, sombra mía,
robándome el derecho de volver a empezar,
pretendiendo que mi mundo se detenga
justo donde vos te quedaste atrás.