Medianoche en la memoria

2. Una fotografía imposible

En urgencias olía a desinfectante, café recalentado y cansancio.

Renata llevaba casi una hora sentada junto a una máquina expendedora cuando empezó a pensar que la fotografía podía haber cambiado otra vez.

La tenía dentro del bolso.

No quería sacarla.

Tampoco quería perderla de vista.

Cada pocos minutos apoyaba la mano sobre el cuero del bolso, como si necesitara comprobar que seguía allí.

Darío estaba al otro lado de una puerta blanca.

Le habían hecho una primera exploración neurológica, análisis de sangre y una tomografía. El médico había explicado que necesitaban descartar causas orgánicas antes de hablar de cualquier otra cosa.

Renata había asentido.

Aquella frase le había dado alivio.

Causas orgánicas.

Dos palabras firmes.

Reales.

Comprensibles.

Julia regresó con dos vasos de plástico.

—Esto debería estar prohibido —dijo, entregándole uno.

Renata miró el café.

—No quiero.

—Tampoco es café de verdad, así que estamos empatadas.

Renata sostuvo el vaso entre las manos.

Julia se sentó a su lado.

Durante unos segundos observaron a una mujer que caminaba de un extremo al otro del pasillo con un niño dormido sobre el hombro.

—¿La tienes? —preguntó Julia.

Renata no necesitó preguntar de qué hablaba.

—Sí.

—Enséñamela.

—No.

Julia giró la cabeza.

—¿Por qué?

—Porque no quiero verla.

—Precisamente por eso deberíamos verla.

Renata apretó el vaso.

—¿Para qué?

—Para comprobar si sigue igual.

—¿Y si no?

Julia no contestó.

Renata la miró.

—¿Qué hacemos si ahora vuelvo a salir yo?

—Pues…

—¿O si sale otra persona?

—Rena.

—¿O si Darío desaparece también?

Julia bajó la vista.

—No sé.

Eso era lo peor de todo.

Desde que habían salido de casa, Julia había intentado comportarse como siempre: práctica, directa, ligeramente impaciente.

Renata conocía ese mecanismo.

Era el mismo que había usado cuando su padre enfermó.

Mientras hubiera algo que organizar, Julia podía mantenerse entera.

Una llamada.

Una cita.

Una lista de medicamentos.

Un documento.

Cualquier acción servía para no pensar.

Pero ya no había nada que organizar.

Solo esperar.

—Podría ser una foto vieja —dijo Julia.

Renata tardó unos segundos en responder.

—Era nuestra foto.

—Lo sé.

—La sacamos en Mar del Plata.

—Lo sé.

—Estaba yo.

—Yo también lo recuerdo.

—Entonces no puede ser una foto vieja.

Julia bebió un poco de café.

Hizo una mueca.

—A lo mejor confundimos las fotografías.

Renata la miró.

—¿Las dos?

—Estábamos nerviosas.

—Darío la tuvo en la mano antes de irnos.

—Sí.

—Vio a la mujer.

Julia dejó el vaso en el suelo.

—No exactamente.

—¿Cómo que no exactamente?

—Cuando cambió, él no dijo quién aparecía.

Renata frunció el ceño.

—La vio.

—Sí. Pero no dijo que fuera una desconocida.

—Julia.

—Solo digo lo que pasó.

Renata recordó aquel momento.

La fotografía sobre la mesilla.

Ella acercándose.

La mujer donde debería haber estado Renata.

Darío detrás.

Julia preguntando: ¿Quién es?

Después la fecha.

La frase.

Ofelia Bernal.

Renata miró a su hermana.

—¿Qué estás insinuando?

—Nada.

—Sí estás insinuando algo.

Julia suspiró.

—Que estamos mezclando demasiadas cosas. Lo de Darío puede tener una explicación médica y lo de la foto puede ser otra cosa.

—¿Qué otra cosa?

—No sé.

—Dilo.

Julia tardó demasiado.

—Que quizá alguien la cambió.

Renata soltó una risa breve.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿Entró alguien en casa, sustituyó una fotografía de hace dos años por otra de 1968 y dejó una llave con el nombre de una mujer?

—Suena absurdo cuando lo dices así.

—Porque es absurdo.

—También es absurdo que una foto cambie sola.

Renata apartó la mirada.

Eso no podía discutirlo.

Una enfermera salió por la puerta blanca.

—¿Familiares de Darío Alcázar?

Renata se levantó tan deprisa que casi derramó el café.

—Sí.

—El médico hablará con ustedes ahora.

—¿Está bien?

—Está estable.

Renata odió aquella palabra.

Estable podía significar demasiadas cosas.

El médico apareció poco después.

Tendría unos cincuenta años, gafas rectangulares y una forma de hablar sin dramatismo que Renata agradeció inmediatamente.

—Soy el doctor Barreiro.

Les indicó una zona más tranquila del pasillo.

—En principio no vemos signos de accidente cerebrovascular, traumatismo, infección aguda ni alteraciones metabólicas evidentes.

Renata esperó.

—¿Entonces qué fue?

—Todavía no lo sabemos.

El alivio duró poco.

—¿Puede ser epilepsia?

—Hay ciertos tipos de crisis que pueden causar alteraciones transitorias de la memoria, pero no es algo que podamos confirmar con una tomografía. Sería necesario seguimiento neurológico y probablemente un electroencefalograma.

—¿Y que olvide solo a una persona?

El médico la observó.

—Es menos habitual.

—No me olvidó solo a mí. Olvidó también cosas relacionadas conmigo.

—Eso es importante.

Sacó una libreta del bolsillo.

—¿Podría describirme exactamente qué recordaba y qué no?

Renata lo hizo.

La casa.

El trabajo.

Su madre.

La fecha.

La contraseña del teléfono.

Julia.

La cena.

La librería.

Siete años desaparecidos de manera selectiva.

El médico no la interrumpió.

Cuando terminó, preguntó:

—¿Consumió alcohol?

—No.

—¿Drogas?

—No.

—¿Algún medicamento nuevo?




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