Medianoche en la memoria

3. Antes de las doce

Salieron del hospital a las cuatro y diecisiete de la madrugada.

La ciudad estaba casi vacía.

Renata conducía porque Darío había aceptado, después de discutirlo durante menos de un minuto, que quizá no era buena idea ponerse al volante después de un episodio de pérdida de memoria selectiva.

Julia iba detrás.

Nadie hablaba.

La fotografía estaba guardada en una carpeta transparente que una enfermera les había dado cuando Renata pidió algo para protegerla.

Darío la llevaba sobre las piernas.

Cada pocos minutos comprobaba que siguiera allí.

Renata lo veía por el rabillo del ojo.

—¿Ha vuelto a cambiar? —preguntó.

—No.

—¿La fecha sigue siendo dieciocho?

—Sí.

—¿Y la frase?

Darío leyó:

—“La segunda noche durará más”.

Julia se inclinó entre los asientos.

—No tendríamos que llevarla a casa.

Renata miró por el retrovisor.

—¿Y dónde la dejamos?

—En una caja de seguridad.

—¿A las cuatro de la mañana?

—Mañana.

Darío seguía mirando la fotografía.

—No creo que importe dónde esté.

Julia se recostó otra vez.

—Eso es justo lo que diría alguien antes de que una foto maldita le arruine la semana.

Renata soltó una risa.

Fue involuntaria.

Duró apenas un segundo.

Julia sonrió también.

Darío no.

—No creo que esté maldita.

—Bien —dijo Julia—. Me tranquiliza que pongamos límites razonables a la situación.

—Lo digo en serio.

Darío levantó la fotografía.

—Si fuera un objeto que provoca esto, tendría que haber estado antes en casa.

—Puede haber estado —dijo Renata.

—Tú la conoces. Era nuestra foto.

—Sí.

—Entonces, antes de cambiar, llevaba dos años en el dormitorio sin hacer nada.

Julia volvió a inclinarse.

—O llevaba dos años haciendo algo y no lo sabíamos.

Darío la miró.

—Eso es aún peor.

—Exactamente.

Renata giró hacia su calle.

Todavía era de noche, aunque el cielo empezaba a perder intensidad.

El edificio apareció al fondo.

Por primera vez desde que vivían allí, Renata sintió rechazo al verlo.

No miedo.

No todavía.

Una resistencia física a entrar.

Como cuando una persona vuelve a una habitación en la que acaba de ocurrir una pelea y sabe que el aire seguirá cargado, aunque nadie esté hablando.

Aparcó.

Darío guardó la fotografía en la carpeta.

—Quiero revisar todo.

—¿Todo qué? —preguntó Julia.

—La casa.

—Son casi las cinco.

—No pienso dormir.

Renata apagó el motor.

—Yo tampoco.

La primera hora no encontraron nada.

Ni objetos desconocidos.

Ni otras fotografías alteradas.

Ni documentos con fechas imposibles.

Darío revisó cajones, armarios, cajas, carpetas y recibos.

Renata hizo lo mismo en el dormitorio.

Julia se ocupó de la cocina y el salón.

Habían colocado la fotografía sobre la mesa, dentro de la funda transparente.

Cada quince minutos, aproximadamente, alguno se acercaba a comprobarla.

Seguía igual.

18 de enero de 1968.

La segunda noche durará más.

A las cinco y media, Julia apareció en el dormitorio con una caja de zapatos.

—Esto estaba arriba del armario del pasillo.

Renata la reconoció.

—Son cosas de Darío.

Él se acercó.

—¿Mías?

—De cuando te mudaste. Dijiste que no sabías qué hacer con ellas.

Darío cogió la caja.

Había cables viejos, una libreta rota, dos llaveros, un reloj que no funcionaba, fotografías sueltas y una pequeña agenda de tapas marrones.

—Esto no lo recuerdo.

Renata se sentó en el borde de la cama.

—Yo tampoco la he visto nunca.

Darío abrió la agenda.

Las primeras páginas estaban vacías.

Luego apareció una lista de teléfonos.

Nombres.

Un fontanero.

Un taller.

Una dirección.

Darío pasó varias hojas.

—Es de mi padre.

Renata levantó la vista.

—¿Seguro?

—Reconozco la letra.

Julia se sentó a su lado.

—¿Cómo acabó contigo?

Darío negó.

—Cuando murió, mi madre me dio una caja con papeles. Puede venir de ahí.

Renata se acercó.

El padre de Darío había muerto seis años antes.

Ella lo había conocido poco.

Un hombre reservado, educado, de los que daban respuestas cortas incluso cuando estaban de buen humor.

Darío casi nunca hablaba de él.

No porque hubiera una historia especialmente dolorosa detrás, sino porque había sido una relación construida más sobre silencios que sobre conflictos.

Darío siguió pasando páginas.

De pronto se detuvo.

—Aquí.

Renata miró.

En una hoja, escrito a lápiz, había un nombre.

Ofelia Bernal.

Debajo aparecía un número de teléfono con prefijo antiguo y una dirección.

Julia soltó un insulto en voz baja.

Renata cogió la agenda.

—¿Tu padre conocía a Ofelia?

—Parece que sí.

—¿Te suena la dirección?

Darío leyó:

—Pasaje Robles 41.

Renata negó.

Julia sacó el móvil.

—Voy a buscarlo.

—Espera —dijo Darío.

Había algo más escrito debajo.

Una fecha.

19 de enero de 1989.

Renata sintió un escalofrío.

—Otra vez enero.

Darío acercó la agenda a la lámpara.

Junto a la fecha había una frase casi borrada.

No parecía escrita de una vez.

Las letras estaban temblorosas.

No confiar en lo que recuerda después de medianoche.

Julia dejó de tocar la pantalla del móvil.

—Vale.

Renata no apartaba los ojos de la página.

—¿Tu padre escribió esto?

—Sí.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

Darío se sentó.

Por primera vez desde el hospital pareció verdaderamente cansado.

—No entiendo nada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.