La casa estaba apartada, en un lugar prácticamente inaccesible del bosque. Esperaba que el adivino y el niño, continuasen con vida. Caminé entre los árboles, apartando las ramas que me impedían el paso, usando mis garras.
La parte humana de mí, se desvanecía con rapidez con el paso de los días. Era consciente , pero no podía detenerlo, y por mucho que me aterrara, tarde o temprano me convertiría en el monstruo, para siempre.
La casa había sido el hogar del único guardabosques que había habitado Almandine. Era vieja y destartalada, y pocas personas conocían su ubicación exacta. Pero como había estado sucediendo, durante más de quinientos años, la maldición hizo que ninguno de sus habitantes deseara ocupar el puesto, ya que todos me temían.
La puerta estaba ligeramente cerrada. Las ventanas , restos de cristales y madera, le daban un aspecto aterrador. Muchos comentaban en Almandine, que la cabaña del antiguo guardabosques, estaba maldita.
Me acerqué con sigilo, hacia la puerta que daba acceso al interior. Justo antes de llegar, esta, se abrió de par en par y una pequeña cabeza sonriente, me dió la bienvenida.
— ¡William! —exclamó el pequeño.
Entré , agachándome para no golpearme, con el marco de la puerta. Nicholas estaba sentado en una vieja silla, en mitad de la habitación, con actitud relajada.
—Bienvenido Lucian, te esperábamos.
—Disculpad la espera, tuve algunos problemas.
—Lo sé —exclamó el adivino. Sus ojos sobrenaturales resplandecieron.
—¿Cuándo podremos regresar a Almandine? —preguntó el niño.
Me agaché hasta quedar a su altura y le sonreí.
—Es peligroso regresar ahora. Debéis ser pacientes.
—La descendiente está aquí — exclamó, Nicholas.
Me incorporé despacio, sin dejar de hacer contacto visual con él.
—La descendiente...
—Es una mujer —soltó.
—¿Por qué me lo cuentas? podría usarlo en mi favor.
El adivino sonrió.
—Porque no hay redención para ti, pero sí para tu hermano y es de vital importancia que él sobreviva. Jamás le condenarías, Lucian. Lo he visto.
Caminé por el pequeño espacio con las manos tras la espalda. El niño me observaba atentamente.
—Dime qué debo hacer, para ayudar a Viktor —dije.
—Mantenerte con vida , hasta la medianoche roja —sentenció.
Jamás permitiría que Ophelia llevara a cabo su plan. Si la descendiente estaba en Almandine, los rumores no tardarían en llegar hasta ella y pondría en riesgo a todos, los que intentaran salvaguardarla. Incluida Abi.
—¿Ella ha vuelto? —pregunté.
—Sí, pero no sola. Considera mis palabras un agradecimiento por salvarnos la vida.
—¿Abi ha regresado? —preguntó el pequeño.
—Te llevaré hasta ella, cuando sea el momento —respondí. —Voy a conseguir comida y agua para vosotros. Aquí estáis a salvo.
—Gracias —respondió Nicholas.
Salí de la cabaña y me dirigí hacia Almandine con Velor, mi caballo, que estaba pastando justo detrás de la ruinosa casa. No deseaba que Ophelia supiera que había regresado de entre los muertos, esperaría el momento oportuno.
***
Dejé a mi caballo, cerca de la posada donde sabía que había estado hospedándose Abi. El lugar parecía vacío e inhóspito. La puerta principal estaba cerrada y las ventanas tapadas con listones de madera.
Aquello no pintaba bien.
—Disculpe —le pregunté a una mujer de mediana edad que caminaba por allí —¿sabe qué ha sucedido con este lugar?.
—Oh, ¿no lo ha oído? El dueño de la posada murió. Ya no se hospeda nadie aquí.
Por los dioses. Tenía que encontrar a Abi y a la descendiente, antes que Ophelia.
Esperé hasta que aquella mujer desapareció y abrí la puerta atrancada con suma facilidad. La posada, sería un buen lugar para ocultarme hasta la medianoche roja, ya que no deseaba regresar a casa.
Me preguntaba si Viktor se encontraba bien. El adivino, no me había dado a entender lo contrario, aún asi...
Recorrí el lugar a oscuras, gracias a mi visión nocturna. Varias sábanas blancas, cubrían los muebles y las habitaciones de la parte superior, estaban intactas. Me preguntaba dónde estaría ahora Abi, aunque no era demasiado complicado darse cuenta de con quien.
Aquel pensamiento me enfureció.
Arranqué los listones de madera y me asomé a la ventana . Como si los dioses me hubiesen escuchado, ahí estaba ella. Vestía un hermoso vestido azul cielo y llevaba el cabello recogido en una larga trenza, que le llegaba hasta la cintura. Él la acompañaba y no era el único, otras dos mujeres caminaban con ellos. Una de ellas, iba armada y la otra, con el largo cabello del color de la sangre la seguía observandolo todo con curiosidad.
Su sobrina y la descendiente, pensé.
Observé su garganta, no llevaba la amaterisa. Quizás al revelarle mi identidad, se había asustado y había decidido acabar con nuestro vínculo.
No podía juzgarla, ¿Quién en sus cabales querría relacionarse conmigo?, era un monstruo.
Rebusqué entre los cajones de las distintas habitaciones, hasta que dí con un pedazo de papel y una pluma. Escribí una nota con rapidez, necesitaba verla, necesitaba hablar con ella.
Me asomé de nuevo a la ventana, el grupo se había detenido, unos metros más abajo de donde me encontraba. Entonces ocurrió, su mirada se cruzó con la mía , durante unos segundos. Ví cómo la joven contenía el aliento , le dediqué una sonrisa y abrí la ventana, dejando caer la nota al suelo. Después, me escondí entre las sombras de la habitación.
Abi se acercó temerosa hacia el pedazo de papel doblado y lo leyó. Acto seguido, lo arrugó con los dedos, y lo lanzó a un lado.
No sabía si aceptaría verme.
La observé alejarse en dirección al bosque, y suspiré. Tal vez los dioses, me ayudarían por segunda vez.
***
Era más de media noche y las calles de Almandine estaban desiertas. Caminé en silencio durante varias horas. No podía dormir y el estar a solas, conmigo mismo, comenzaba a ser insoportable. Ella no había acudido, no sé por qué me sorprendía.
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Editado: 31.07.2026