Medianoche Roja (completa)

Epílogo.

Abi

Abrí los ojos y los rayos del sol de la mañana iluminaban mi habitación. Miré a mi alrededor confusa. Me encontraba en mi cama. Llevé la mano de forma inconsciente a mi garganta, la amaterisa estaba ahí, lo que significaba, que no lo había soñado.

—Buenos días, pensaba que no iba a despertarse en toda la mañana, señorita —Laura, mi doncella, me trajo el desayuno en una bandeja de plata y la dejó sobre la mesita de noche. —¿Ha pasado buena noche?.

—¿Dónde estoy?

Laura me observó con el ceño fruncido.

—En su habitación, señorita, ¿ no lo recuerda?.

¿Qué? ¿me encontraba en Mistwick?.

Me levanté a toda prisa, y bajé las escaleras, mientras Laura me gritaba , que no había comido nada desde la cena.

—Buenos días —Jonathan se acercó a mí y me dio un breve beso en los labios —ya pensaba que te vería en el almuerzo.

—Jonathan, estás... vivo.

Jonathan rio.

—¿Por qué no iba a estarlo? —exclamó enarcando una ceja. —¿Bebiste demasiado de esa botella que Lord Whistman trajo para la cena?, estás haciendo preguntas raras.

—¿Dónde está Lukas?

—Debe estar en el jardín....Abi...¿ a dónde vas? —gritó, mientras me alejaba corriendo hasta salir a nuestro enorme jardín trasero.

—¡Lukas! —grité , mientras caminaba entre los jazmines y las rosas. A lo lejos, Lukas jugaba con nuestra perrita Lulú.

—¡Estoy aquí! —gritó, agitando la mano para que me acercase.

Necesitaba saber si Lukas, también recordaba algo sobre la maldición. Llegué hasta él, a la carrera.

—¿Por qué estás corriendo? —sonrió. Lulú meneó la cola, impaciente por que la prestara algo de atención.

—Lukas, ¿recuerdas algo de Almandine?

Mi hermano me miró confuso.

—¿Almandine? Nunca hemos estado allí.

—Lukas ¿estás seguro de que no recuerdas nada de la maldición?

—¿Qué maldición?

Aquello era increíble. Me giré hacia la casa y busqué a Laura, quien susurruba con cara de preocupación, algo a Jonathan.

—Abi, espera —exclamó Jonathan , sosteniéndome del brazo —¿te encuentras bien?

—Necesito que prepares un carruaje para dentro de un par de horas, haré un viaje a Almandine.

—¿Almandine? Abi, ¿ te estás escuchando? Esa ciudad está a una semana de viaje. ¿Para qué querrías ir hasta allí?

—Jonathan ¿ puedo preguntarte algo?

—Claro, lo que desees.

—¿Recuerdas la maldición que ha asolado Almandine durante más de quinientos años?

Jonathan negó.

—No hay ninguna maldición en Almandine.

—Entonces, ¿ no tienes intención de mudarte allí para estudiarla y poder romperla? ¿ Te suena de algo el nombre de Arin?

Jonathan me miró como si hubiera perdido toda cordura.

—Abi me estás preocupando.

—Responde, por favor.

—No tengo intención de mudarme a Almandine a romper ninguna maldición, porque no existe ninguna maldición, Abigail. Y no, no conozco a ninguna Arin.

—Vale... —dije , pasandome la mano por el rostro, con frustración. Necesitaba respuestas.

—Creo que debería llamar al doctor Hernan —exclamó Jonathan, con preocupación.

—Estoy perfectamente —dije, mientras subía las escaleras a toda prisa, para organizar mi equipaje. Iba a viajar a Almandine, si no había maldición, y el demonio había cumplido su palabra, ¿ Michael y Lucian, estarían bien?

***

Una semana después y tras debatir y convencer a Laura y al resto del personal de la casa, de que necesitaba viajar a Almandine. Estaba allí.

Bajé del carruaje y me dirigí hacia la posada de Marius, temerosa. ¿Estaría vivo?.

Cuando entré, el inmenso comedor estaba repleto de personas charlando animadamente. La energía del lugar, se sentía vibrante, diferente.

Una cara conocida se encontraba a escasos metros de mí, sirviendo las mesas.

No puede ser, pensé.

Nicholas charlaba con los huéspedes, mientras colocaba sus platos con delicadeza, sobre la robusta mesa de madera. Sus ojos, de un azul intenso y hermoso, me observaron. El chico sonrió.

—¿Puedo ayudarla en algo?

Tardé varios segundos en reaccionar.

—Sí, necesitaría una habitación , por favor.

—Le acompañaré —exclamó, acercándose a la entrada de la posada y cogiendo una de las llaves. —Por aquí.

Subimos las escaleras en silencio. ¿Cómo era posible? Nicholas no sólo estaba vivo, sino que no era ciego.

—Estoy seguro que esta será de su agrado, Abigail.

Me giré para observarle detenidamente.

—¿Me recuerdas?

—No tengo el placer de conocerla, pero sabía que vendría. Nací con el don de la adivinación.

—Entiendo —sonreí. Nicholas no me recordaba, sólo había visto que yo vendría —¿puedo preguntarte algo?

Él asintió.

—¿Trabaja aquí Marius?

—No hay ningún Marius trabajando aquí. El antiguo dueño murió hace años, desde entonces, mi familia compró la posada.

—Gracias —respondí.

—¿Piensa quedarse mucho tiempo?

—Sólo un par de días.

—Perfecto. Estoy a su disposición, bienvenida a Almandine.

Cuando Nicholas se marchó, me senté en la cama y me quedé sorprendida. Era la misma habitación en la que, Lukas y yo, nos habíamos hospedado, cuando vinimos por primera vez a Almandine.

***

Caminé lentamente por sus calles, hasta llegar a la herreria de Michael. Algo me encogió el corazón, sentí los nervios arremolinarse en mi estómago y miré mis manos por inercia, esperando que una luz rojiza, brillara en ellas.

El golpe de realidad, fue terrible. Había perdido mi magia.

La puerta se abrió de repente, un pequeño niño de unos dos o tres años, salió como una exhalación blandiendo una espada de madera. Tenía el cabello castaño y los ojos azules.

—Tobby, ven aquí —la voz de Michael aceleró mi corazón.

El joven salió de la herrería con una sonrisa, aquella que en tantas ocasiones me había dedicado y cogió al niño en brazos.

—Te he dicho que no te alejes de la herrería —rio. El pequeño le dio un abrazo y blandió su espada en el aire, de nuevo.




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