Medianoche Roja (corrigiendo)

Michael. (Escena extra)

Aquella mujer salió de la nada, literalmente.

Nuestros cuerpos chocaron cuando se giró de forma repentina, y golpeó con fuerza mi hombro derecho.

Mierda.

—¿Te encuentras bien? — pregunté sosteniéndola con cuidado.

Ella me dedicó una mirada iracunda y se alejó.

—Podrías mirar por dónde caminas — gruñó.

Enarqué una ceja y resoplé.

—Eres tú la que ha chocado conmigo. ¿De dónde demonios sales? — me defendí.

Menudo carácter.

Era menuda y delgada y llevaba el largo cabello castaño recogido en una trenza hasta la cintura. Sus ojos, enormes y expresivos, me fulminaban sin compasión. Algunos mechones se agitaban con la brisa, cubriéndole el rostro.

Era hermosa, muy hermosa.

—Estaba comprobando algo —exclamó.

—¿El qué?

La chica me miró molesta, lo que me hizo sonreír. Mantuvimos la mirada durante unos segundos, en los que me fijé en la forma de su nariz, en cómo entrecerraba los ojos y en la forma alargada de su rostro.

—¿Puedes dejar de mirarme como si fuese un bicho raro?.

Di un paso al frente y la chica retrocedió.

—¿Qué crees que estás haciendo?.

—Observarte más de cerca, como si fueses un bicho raro.

—¿No tienes nada mejor que hacer con tu tiempo, que perderlo observando a una desconocida?

—De hecho, acabas de estropearme la noche.

—Vaya, ¡qué lástima!—exclamó con ironía.—Estoy segura de que lo superarás.

Acto seguido, caminó calle abajo sin mirar atrás.

—No deberías caminar sola a estas horas, si eres forastera —grité.

Ella me ignoró.

Sonreí.

Había perdido el rastro de la daga. En esta ocasión no estaba solo; Ophelia estaba con él.

Dos pájaros de un tiro , me regañé.

Había perdido una oportunidad de oro. El viento sopló con fuerza, exteriorizando mi frustración.

Miré a la luna. Faltaba poco y me sentía preparado.

Quizás más que nunca.

Mi padre solía decirme que un hombre sabio era paciente y sabía guardar la última carta para el final, sin mostrársela al enemigo. Bueno, había una carta que yo necesitaba tener, la que, con fortuna, lo cambiaría todo.

Caminé por las calles hasta altas horas de la madrugada, con rumbo a ninguna parte y ansioso por una pelea, un buen polvo o una cerveza fría recorriendo mi garganta seca.

Una figura a lo lejos, llamó mi atención. La reconocí antes, de que se girara en mi dirección y rodara los ojos.

—¡Espera!— grité.

Ella se paró en seco y se cruzó de brazos.

—¿Me estás siguiendo?.

—¡Por supuesto que no! , ¿Por quién me tomas?.

— Entonces, déjame en paz.

—¿Estás perdida, no?— sonreí.

—Quizás...

—Quizás...— repetí con diversión.— Si me dices a dónde te diriges, puedo acompañarte o al menos, decirte cómo llegar.

— Puedo encontrar el camino sola.

— Muy bien, aunque te advierto que andar por esta zona de madrugada, es peligroso.

La chica comenzó a caminar a paso rápido, sin saber muy bien qué calle tomar, y de entre todas las posibilidades, decidió tomar el que me llevaba directamente a casa.

Genial.

Caminé tras ella dejándola espacio suficiente, para que no notase mi presencia, sin embargo, no funcionó demasiado bien.
Levanté ambas manos en señal de rendición.

— No te estoy siguiendo, vivo en esta dirección— dije señalando mi casa.

— Vale. — Respondió alejándose calle abajo.

Llegué a casa y abrí la puerta con desgana. Hacía años que el silencio me recibía. Aunque tenía treinta años, ya conocía de cerca el significado de la pérdida.

Me miré al espejo, cansado.

El hombre que me devolvió la mirada estaba lleno de resentimiento y venganza. Con suerte, todo aquello terminaría pronto, para bien o para mal.

***

Al día siguiente, caminé distraído hasta la posada de Marius. Éramos amigos desde niños y él era, con diferencia, una de las personas en las que más confiaba.

El cielo, teñido de dorado y rosa, me saludó mientras caminaba hacia mi destino.

—El mercado os gustará —exclamó Marius hablando animadamente con una mujer y un niño.

La mujer, de espaldas a mí, me resultaba familiar... entonces, caí en la cuenta.

Hoy, su cabello no estaba trenzado, sino que caía en ondas suaves hasta su cintura. Llevaba un vestido rosado que realzaba su figura.

El niño observaba atentamente a Marius, quien le sonreía con dulzura.

Como si se hubiera percatado de mi presencia, ella se giró y me observó fijamente. Marius y el niño la imitaron.

—Justo a tiempo—sonrió Marius.

No me gustaba esa expresión. Sabía lo que significaba.

—Este es Michael —explicó dirigiéndose a la mujer.

—Ya nos conocemos—respondió con sequedad.

—No voy a preguntar en qué términos —rió Marius.

Enarqué una ceja.

—No en el sentido en el que estás pensando —añadí. Ella puso los ojos en blanco.

—Y ellos son Abigail y Lukas Ashbluff.

—¿Ashbluff? —Pregunté sorprendido.

Ella asintió extrañada.

Joder. Marius me miró de soslayo.

—Sería estupendo que les mostraras el mercado — exclamó.

—No tengo tiempo...

—Oh, ¡vamos! Puedes dejar lo que sea que estés haciendo para después.

—Me gustaría mucho verlo —exclamó Lukas con expectación.

Miré al niño de cabello castaño y sonrisa luminosa, cuyos ojos brillaban expectantes. Me recordaba tanto a él...

—Está bien, pero sólo durante un rato.

—¿Has escuchado, Abi? —Sonrió triunfal.

—No necesitamos un guía —gruñó.

—Seguro que os lleváis muy bien —sonrió Marius.

Abi y yo nos miramos fijamente. Estaba claro que a ninguno le apetecía demasiado pasar tiempo con el otro.

—Perfecto, entonces puedes guiarte tú sola, ahorrándote el placer de mi compañía.

—Tienes un ego increíble si te tienes en tan alta estima.

—Tengo varias cosas increíbles, de hecho.

Ella rió con ironía.

—Ya he escuchado demasiado —respondió, girándose para marcharse.




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