—Dale, Dafne, no seas así —dijo Diana, ya con la campera puesta—. Salimos un rato y listo.
—Un rato que termina a las cuatro de la mañana —contesté desde el sillón.
—Exagerada —intervino Brenda—. Además, necesitás salir.
—Necesito dormir —respondí.
—Necesitás vivir —remató mi prima Natali, sonriéndome con esa cara que siempre me hace perder.
Las miré a las tres. Sabía que ya estaba perdida.
—Un trago —cedí—. Uno.
—¡Mentira! —dijeron al unísono.
El bar estaba lleno. Demasiado lleno. De esos lugares donde tenés que levantar la voz para hablar y pedir permiso hasta para respirar. Pedimos tragos, brindamos por nada en particular y dejamos que la música hiciera su trabajo.
—Mirá ese —susurró Diana, señalando hacia algún punto detrás mío
—No vine a mirar a nadie —dije.
—Viniste a tomar —corrigió Brenda—, y a veces eso incluye mirar.
Natali ya se estaba moviendo al ritmo de la música. —Si no bailamos, me voy sola.
Yo estaba riéndome cuando sentí el aviso inevitable: tenía que ir al baño.
—Ya vuelvo —dije.
Mentí.
La fila del baño de mujeres era absurda. Interminable. Un desfile de caras cansadas, brazos cruzados y miradas de “no puede ser”. Esperé unos minutos. Miré la puerta. Miré alrededor. Y tomé una decisión que claramente no pensé demasiado.
El baño de hombres estaba libre.
—Es un segundo —me dije—. Nadie se va a enterar.
Entré rápido. Demasiado rápido
Porque alguien del otro lado también entró rápido.
El golpe fue seco. Torpe. Ridículo. Perdí el equilibrio y terminé en el piso enredada con un desconocido, el corazón acelerado y la dignidad en caída libre.
—¡Ay! —dije.
—¡Perdón! —dijo él al mismo tiempo.
Nos miramos. Demasiado cerca.
—Creo… —empezó a decir.
—La fila del baño de mujeres es eterna —solté, roja como un tomate.
Quise levantarme, resbalé un poco más, y eso fue suficiente.
—Perdón, perdón, perdón —repetí mientras me ponía de pie como podía.
No esperé respuesta. No miré atrás. Abrí la puerta y salí casi corriendo, esquivando gente, música y miradas, con una sola certeza: jamás en mi vida había querido desaparecer tanto como en ese momento.
Cuando llegué a la mesa, mis amigas me miraron.
—¿Todo bien? —preguntó Natali, arqueando una ceja.
—Después —dije—. Mucho después.
No sabía quién era él.
No sabía su nombre.
Y definitivamente no sabía que ese momento vergonzoso iba a volver a cruzarse en mi camino.