Matt
Volví del baño todavía riéndome solo.
No todos los días alguien te choca en el baño de hombres, te confiesa que la fila del de mujeres es eterna y sale corriendo como si acabara de cometer un delito internacional. No alcancé ni a preguntarle el nombre. Solo me quedó esa imagen fugaz y una sensación extraña… como si hubiera pasado algo importante en el peor escenario posible
Cuando regresé a la barra, lo primero que vi fue a John bailando.
Eso, de por sí, ya era raro.
John no baila. O, mejor dicho, no baila con ganas. Pero ahí estaba, sonriendo como si hubiera olvidado todo lo que lo hacía serio, moviéndose al ritmo de la música con una chica de pelo oscuro y risa fácil. Se notaba que estaban pasándola bien. Demasiado bien
—¿Desde cuándo bailás así? —le grité cuando terminó el tema.
—Desde que ella me dijo que no sabía bailar —respondió, señalando a la chica—. Soy John.
—Natali —dijo ella—. Y no sabía que esto contaba como bailar.
Rieron los dos. Fue evidente. De esas conexiones instantáneas que no necesitan explicación.
Dilan y David aparecieron con tragos en la mano, observando la escena como si fuera un espectáculo privado.
—Nos vamos con ellas —anunció John sin consultar.
—¿Nos vamos? —pregunté.
—Sí. Vos, yo, ellos… todos.
—¿Y eso por qué?
—Porque sí —dijo Natali—. Además, somos más divertidas que ustedes.
No pude discutirle eso.
Fuimos todos juntos a una mesa donde había más chicas. Risueñas, distintas entre sí, cómodas en su propio caos. Fue entonces cuando la vi.
Estaba sentada, escuchando, sonriendo con timidez. Y supe. En el acto.
Era ella.
La del baño.
Natali se acercó primero.
—Chicas, ellos son John, Dilan, David… y Matt —dijo, señalándome—. Y ella es Dafne.
Dafne levantó la vista.
Nuestros ojos se encontraron y vi exactamente lo que esperaba: sorpresa, reconocimiento… y un rubor inmediato que le subió hasta las mejillas.
Sonreí antes de pensarlo.
—Nosotros ya nos conocemos.
El silencio duró apenas un segundo, pero fue suficiente.
—¿Cómo? —preguntó alguien.
—No —dijo Dafne rápido—. O sea… sí… bueno…
Se puso colorada de una forma tan genuina que me dieron ganas de reír, pero me contuve. O no del todo.
—Nada grave —aclaré—. Solo un accidente… logístico.
Ella me miró, entre avergonzada y divertida, como pidiéndome que no dijera nada más.
Y me gustó. Me gustó su forma de incomodarse sin perder la sonrisa. Me gustó que no fingiera. Me gustó que fuera real.
—Prometo no contar detalles —le dije en voz baja.
—Gracias —respondió, casi sin mirarme—. De verdad.
Nos sentamos. Las charlas se mezclaron. Las risas también. Pero yo no dejé de notar cada gesto suyo, cada intento de disimular que no sabía dónde poner las manos, cada mirada fugaz que evitaba la mía… y que volvía igual
Pensé que ocultar quién era iba a ser fácil.
Esa noche entendí que no iba a serlo tanto.
Porque Dafne no me miraba como si yo fuera alguien importante.
Me miraba como si fuera alguien posible.
Y eso… eso me desarmó más de lo que estaba preparado.