Matt
Me desperté con el sonido de un mensaje y una resaca emocional bastante más fuerte que la física.
Dafne: Buen día 🌞 Hoy vamos al río. Parador El Sauce. ¿Se suman?
Miré la pantalla unos segundos de más, como si el mensaje pudiera cambiar.
—John —dije, sin sacarle la vista al celular—. Decime que no soñé lo de anoche.
Desde la otra cama, John gruñó.
—Si fue un sueño, fue compartido. Y Natali baila demasiado bien como para ser imaginaria.
Sonreí.
El río sonaba mucho mejor que cualquier plan que pudiéramos inventar.
El parador era simple pero perfecto: mesas de madera, música bajita, el río marrón y tranquilo avanzando sin apuro. Las chicas ya estaban ahí cuando llegamos, tiradas sobre unas mantas, pies descalzos, piel al sol.
—¡Llegaron! —gritó Natali—. Pensé que se iban a arrepentir.
—Jamás nos arrepentimos de decisiones impulsivas —dijo John—. Es nuestra especialidad.
Dafne me saludó con una sonrisa distinta a la de la noche anterior. Más tranquila. Más real.
—Hola —me dijo.
—Hola —contesté, sintiéndome inexplicablemente nervioso por estar en remera y short.
Nos sentamos todos juntos. El ambiente se volvió cómodo rápido, como si ya nos conociéramos de antes. El río ayudaba. El agua siempre afloja a la gente.
—Bueno —dijo una de las chicas—, cuenten. ¿Qué hacen acá?
Ahí fue cuando sentí el pequeño nudo en el estómago.
John y yo nos miramos apenas. El acuerdo silencioso de siempre.
—Vinimos a trabajar —dije—. Nada muy glamoroso.
—¿En qué? —preguntó Dafne, apoyando los brazos sobre las rodillas.
—Somos… empleados —agregó John—. De una empresa de afuera.
Media verdad. Técnicamente impecable.
—¿Y les gusta? —insistió Natali.
—Depende el día —respondí—. Hoy, por ejemplo, bastante.
Dafne sonrió y bajó la mirada. Otra vez ese gesto.
—¿Y ustedes? —pregunté, girando la atención—. ¿Siempre vienen acá?
—Cuando podemos escapar del mundo, sí —dijo Dafne—. El río no pregunta nada.
Me gustó esa frase. Mucho.
Al rato ya estábamos en el agua. Fría al principio, después perfecta. John y Natali se salpicaban como si tuvieran diez años. Yo flotaba cerca de Dafne, los pies tocando el fondo.
—¿Sos de hablar poco o es conmigo? —me preguntó, sin mirarme.
—Con casi todo el mundo —admití—. Con vos estoy practicando.
Se rió.
—Entonces voy bien.
El sol bajaba despacio, la música del parador se mezclaba con las risas. Todo se sentía liviano. Demasiado.
Y por un momento pensé que tal vez, solo tal vez, decir medias verdades no era tan mala idea… si servía para descubrir quiénes eran de verdad cuando no había nada más que el río alrededor.