Matt
Todo estaba yendo sorprendentemente bien.
Demasiado bien.
Ese fue mi primer error: confiar.
Estábamos todos en la mesa, riéndonos, cuando el mozo se acercó con la cuenta.
—¿Todo junto o separado? —preguntó.
—Todo junto —dijo Tom, sin mirarme—. Como siempre.
Sentí un pequeño latigazo interno.
—¿Siempre qué? —preguntó Natali.
—Siempre paga Matt —agregó Clara, sonriendo—. Es una costumbre familiar.
Me atraganté con el agua.
—No —dije rápido—. No siempre.
—Casi siempre —corrigió Tom—. Porque es el que mejor…
Le di un codazo seco.
—¡Porque es el que mejor organiza! —grité un poco más fuerte de lo necesario—. Los números. Los cálculos. Las… divisiones.
El mozo nos miró raro.
—¿Entonces? —insistió.
—Separado —dije—. Muy separado.
—Ay, Matt —dijo Clara—. No seas exagerado.
—Lo soy —respondí—. Muchísimo.
Dafne me observaba con esa sonrisa ladeada que ya conocía demasiado bien.
—¿Te incomoda pagar? —me preguntó, bajito.
—No —dije—. Me incomoda… la tradición oral familiar.
Tom no ayudaba.
—Además —agregó—, él siempre dice que el dinero es solo dinero.
—Tom.
—¿Qué? Lo dice.
—Cuando estamos solos —aclaré—. Muy solos.
Natali levantó una ceja.
—Che… ¿vos no eras empleado?
Silencio.
El tipo de silencio que dura medio segundo pero se siente eterno.
—Empleado organizado —respondí—. Con frases hechas.
Dafne se rió.
—Relajá —dijo—. No pasa nada.
Pero ahí no terminó.
El mozo volvió con el posnet.
—¿Tarjeta o efectivo?
—Tarjeta —dijo Tom, señalándome—. La negra.
Le tapé la boca.
—La… normal —corregí—. La común. Muy común.
El mozo me miró.
—¿La Visa Black?
Cerré los ojos.
—No —dije—. La… azul.
—¿Platinum? —insistió.
—La que no se nombra —respondí—. Esa.
Dafne ya se estaba riendo abiertamente.
—Matt… —dijo—. Sos rarísimo.
—No sabés cuánto.
Al final pagamos separados. Como personas normales. O casi.
Cuando salimos, Dafne me tomó de la mano.
—Tranquilo —dijo—. No pienso que seas un delincuente financiero.
—Gracias —respondí—. Era mi mayor miedo.
Y mientras mis hermanos se reían detrás, supe dos cosas:
uno, esconder la verdad iba a ser cada vez más difícil.
dos, con Dafne… incluso lo absurdo se sentía bien.