Matt
Cuando Dafne me dijo que había quedado en la empresa, sonreí.
Ese fue mi primer error.
—¡Qué bueno! —dije, demasiado rápido—. Me alegra un montón.
—¿Seguro? —preguntó—. Pensé que ibas a decir algo tipo “qué casualidad”.
—No —respondí—. Amo… las casualidades.
Mentira. Las odio.
El primer día que la vi entrar a la oficina sentí algo parecido a cuando ves venir una ola y sabés que no te va a dar tiempo a correr.
Café en mano. Sonrisa tranquila. Mirada buscando a alguien.
A mí.
—Buen día, compañero de trabajo —dijo.
—Buen día —respondí—. Bienvenida al… caos organizado.
Por suerte, el lugar era grande. Por suerte, la gente no hacía demasiadas preguntas. Por suerte… yo llevaba semanas practicando el papel.
Empleado Matt.
Perfil bajo.
Nada raro.
—¿Vos hace cuánto trabajás acá? —me preguntó mientras caminábamos por el pasillo.
—Un tiempo —respondí.
—Siempre tan preciso.
—Es un talento.
Los días pasaban y, milagrosamente, nadie decía nada indebido. Nadie la llevaba a reuniones que no correspondían. Nadie me trataba diferente frente a ella.
Hasta que pasó.
Una mañana, un tipo se me acercó.
—Matt, ¿tenés un minuto?
Asentí… y vi a Dafne mirándonos.
—Después paso por tu oficina —agregó.
Mi oficina.
—Claro —respondí—. Cuando quieras.
Dafne frunció el ceño apenas.
—¿Tenés oficina? —preguntó después.
—Compartida —mentí—. Muy compartida. Tanto que casi no existe.
Se rió.
—Sos un misterio.
—Trabajo en eso.
Las semanas siguieron. Almuerzos juntos. Mensajes escondidos. Miradas cómplices en reuniones donde no deberíamos mirarnos.
Y yo seguía logrando algo increíble:
no decir la verdad…
sin mentir del todo.
Hasta que una tarde, mientras salíamos juntos, me dijo:
—Me gusta verte acá.
—¿Sí?
—Sí. Es como descubrirte de nuevo.
Sonreí.
Porque era cierto.
Solo que ella todavía no sabía cuánto.