En Medra la isla, cada raza tenía su lugar.
Los reinos no estaban mezclados, pero tampoco estaban separados. Había límites, sí, pero no barreras. Existía un entendimiento antiguo, una verdad aceptada por todos: ninguna raza podía sostener el mundo por sí sola.
Las hadas eran las guardianas de la vida. De sus manos nacían remedios, curas y energía vital. Donde ellas habitaban, la enfermedad no prosperaba.
Los elfos, troles y duendes cultivaban la tierra. No solo sembraban alimentos, sino vida misma. Sus campos no eran simples cosechas, eran fuentes de energía que alimentaban a todos los reinos.
Los dragones, antiguos y poderosos, protegían el mundo. Dominaban los elementos: fuego, agua, hielo, tormenta. Gracias a ellos, el clima se mantenía estable, la energía fluía y el orden natural persistía.
Y los humanos… eran el corazón invisible de todo. Habitando así en su reino de Marniel.
No destacaban por su fuerza ni por su magia, pero dentro de ellos existía algo que ninguna otra raza poseía: alma. Una energía pura, constante, que alimentaba el equilibrio del mundo. Sin los humanos, la magia se debilitaba. Sin ellos, todo eventualmente desaparecería.
Así funcionaba Medra.
No por dominio.
No por imposición.
Sino por necesidad.
En el centro de ese equilibrio existía un reino.
Un lugar donde todos los caminos convergían, donde los ríos se encontraban, donde la vida fluía sin interrupciones. Rodeado de montañas, bosques y volcanes lejanos, Marniel el reino de los humanos, no era solo un territorio… era el punto donde el mundo se mantenía unido.
Y sobre ese reino gobernaba una sola figura.
La Reina Amar.
No era una reina común, ni siquiera una gobernante elegida por linaje tradicional. Amar era algo más. Algo que el mundo no había visto antes.
Su sangre no pertenecía a una sola raza.
Su madre descendía de un linaje imposible: los Hadra, seres nacidos de la unión entre hada y dragón. De ellos heredó la conexión con la magia, la energía y la vida misma.
Su padre, antiguo rey humano, había gobernado antes que ella, y en su retiro dejó el trono en manos de alguien que representaba más que poder: representaba unión.
Amar era el vínculo entre todos.
Poseía habilidades que ningún otro ser podía replicar. Podía mover la energía con la mente, elevarse en el aire, manipular fuerzas invisibles y fortalecer la vida a su alrededor. No era la más destructiva, pero sí la más estable. Donde otros imponían, ella equilibraba.
Por eso los reinos la aceptaban.
No por obligación.
Sino porque sabían que, sin ella… el equilibrio no duraría.
Durante años, la paz se mantuvo intacta.
Los reinos prosperaban.
La magia fluía.
El orden se sostenía.
Pero el equilibrio no es algo que permanezca por sí solo.
Solo necesita una pequeña fractura… para comenzar a romperse.
Y en Marniel…
esa fractura ya había comenzado.