La Reina Amar no estaba en Marniel.
Había cruzado hacia el reino de los dragones, un lugar que no existía en el mundo común. No era un territorio al que se pudiera llegar caminando o volando. Era otra dimensión, oculta y antigua, accesible únicamente a través de un portal místico. Ese portal. Se encontraban en el bosque a lo alto de Medra
Amar había cruzado.
Ahora se encontraba en un espacio donde el cielo parecía más cercano, donde la energía se sentía viva y donde los dragones no solo habitaban… dominaban.
La reunión era tranquila.
No había tensión.
No había conflicto.
Solo organización.
El Día de la Unión estaba cerca, y como cada año, los representantes de las razas discutían los detalles del festival que se celebraría en Marniel. Todo seguía el orden establecido durante siglos.
Era un momento de preparación, no de preocupación.
Aun así, Amar permanecía en silencio.
Observaba, escuchaba, participaba… pero una parte de ella seguía lejos de ahí.
Pensando en su reino.
—No te ves tranquila —dijo una voz suave a su lado.
Amar giró ligeramente. Era ella.
Una hada de luz tenue y presencia serena. Su mejor amiga desde hacía años. La única que podía leerla sin esfuerzo.
—¿Todo está bien en Marniel? —preguntó con calma.
Amar dudó apenas un instante.
No era miedo lo que sentía… pero tampoco era completa certeza.
Aun así, respondió:
—Sí… todo está bien.
Hizo una pausa breve.
—Lo dejé en buenas manos.
Pero esa última parte no la dijo en voz alta.
Fue apenas un susurro para sí misma.
La escena se desvanece.
Y la noche en Marniel continúa.
Las calles estaban casi vacías.
El viento recorría los callejones estrechos y las luces de los cristales eléctricos de dragones apenas iluminaban los bordes de las construcciones. El pueblo dormía… o al menos eso parecía.
Porque no todos lo hacían.
Cerca de la iglesia, un grupo de hombres se movía con sigilo.
Cubiertos, nerviosos, atentos a cualquier ruido.
—Rápido… antes de que pase la ronda —susurró uno de ellos.
Habían elegido bien su objetivo.
La iglesia no solo era un lugar sagrado. También resguardaba objetos valiosos, reliquias antiguas y energía acumulada del propio pueblo.
Un blanco perfecto.
Uno de ellos comenzó a forzar la entrada.
Otro vigilaba.
Pero ninguno miró hacia arriba.
Desde lo alto de la iglesia…
algo los observaba.
Una silueta.
Inmóvil.
Oscura.
Silenciosa.
El viento movía ligeramente su figura, pero no emitía sonido alguno. Sus ojos… apenas visibles en la sombra.
Esperando.
El primero logró abrir la entrada.
—Ya está —murmuró.
Y en ese momento…
la figura se movió.
Cayó desde lo alto con una velocidad brutal.
Un impacto seco contra el suelo.
Antes de que pudieran reaccionar, uno de los ladrones ya estaba en el suelo.
El segundo intentó correr.
Error.
Una ráfaga de fuego lo obligó a retroceder.
El tercero sacó un arma.
No llegó a usarla.
La figura se movía rápido. Precisa. Sin desperdiciar movimientos. Cada golpe era directo, limpio, suficiente.
No había furia.
No había caos.
Solo control.
En cuestión de segundos…
todo terminó.
Los tres hombres estaban en el suelo.
Inmovilizados.
Respirando… pero sin posibilidad de levantarse.
La figura dio un paso hacia adelante.
La luz de una antorcha alcanzó su rostro.
El Dragón Bufón.
El sonido de pasos se acercó.
Armaduras.
Voces.
La guardia había llegado.
—Llegamos tarde otra vez… —dijo uno de ellos al ver la escena.
Pero no estaban sorprendidos.
Ya era costumbre.
Entre ellos avanzó una figura diferente.
Más alta. Más serena.
Un elfo.
Portaba arco, aunque no lo tenía en mano. Su mirada analizaba todo con rapidez. No era solo un guardia.
Era el jefe.
Laife.
Se detuvo frente a Bufón, observando a los ladrones en el suelo.
Luego levantó la mirada hacia él.
El Bufón lo miró apenas, sin cambiar su postura.
—Solo estaba haciendo mi trabajo. Deberías tomarte unas vacaciones.
Laife soltó una leve exhalación, sin perder la seriedad.
Hizo una breve pausa.
—Sí… ven. Quiero hablar contigo.
Dakar no respondió, pero avanzó unos pasos hacia él.
—Escucha —continuó Laife—, ya van ocho esta semana. Algo extraño está pasando.
Antes de que pudiera decir más, uno de los oficiales se acercó apresurado.
—Jefe… venga, tiene que ver esto.
Ambos se dirigieron hacia los cuerpos de los delincuentes.
Uno de ellos fue girado con cuidado.
En su espalda, apenas visible…
había un tatuaje.
O lo que quedaba de él.
Se estaba desvaneciendo.
Desapareciendo poco a poco, como si nunca hubiera estado ahí.
Laife frunció el ceño.
—Los anteriores delincuentes que detuvimos… tenían lo mismo.
Hizo una pausa, observando el símbolo que se borraba frente a sus ojos.
—Y hay algo más —añadió—. Ninguno recuerda lo que pasó.
Miró a Dakar directamente.
—No entienden por qué estaban aquí… ni qué estaban haciendo.
El silencio entre ambos duró apenas un instante.
Pero fue suficiente.
Porque en Marniel…
algo ya había comenzado a cambiar.
DB( dragón bufon). – Avísame si averiguas algo más, seguiré patrullando desde los aires. Entonces a todo velocidad sale volando así dejando el sitio ascendiendo a los cielos.
Laife. Bueno vámonos equipo debemos buscar lo podrido de este asunto.
Se movía rápido.
De tejado en tejado, de sombra en sombra, sin hacer ruido. Para cuando la guardia comenzaba a asegurar la zona, él ya no estaba.
Había más que vigilar.