Medra: dragones y criaturas

CAPITULO 2

La noche caía una vez más sobre Marniel.

Dentro de la sastrería, las luces comenzaban a apagarse. El movimiento del día había terminado, y solo quedaban los últimos detalles antes de cerrar.

Dakar acomodaba algunas telas cuando escuchó pasos acercarse.

Era Polo.

El último en irse, como siempre.

—Que tenga buena noche, señor Dakar —dijo con tono tranquilo, aunque con un dejo de ironía—. Y esperemos que no se desvele tanto… hay mucho que hacer mañana.

Dakar no levantó la mirada de inmediato.

Una ligera sonrisa cruzó su rostro.

—Depende de ellos… no de mí.

Polo asintió, como si esa respuesta confirmara lo que ya sabía, y salió del lugar sin decir más.

El silencio volvió.

Dakar terminó de cerrar el negocio, asegurando cada entrada con precisión. Desde fuera, todo parecía normal.

Una sastrería más en Marniel.

Pero no lo era.

Se dirigió al cobertizo trasero.

Una estructura simple, sin nada que llamara la atención.

Entró.

Y cerró la puerta.

En una de las esquinas, movió una sección oculta del suelo.

El acceso apareció.

Un túnel.

Sin perder tiempo, su cuerpo cambió.

De su espalda emergieron alas.

Oscuras.

Imponentes.

Reales.

Dakar se lanzó al interior.

El aire se movió a su alrededor mientras descendía con velocidad, volando a través del túnel que lo conectaba con su verdadero hogar.

En lo profundo… la luz lo esperaba. Su traje. Su identidad. Y en cuestión de segundos… El Dragón Bufón volvería a despertar. Porque mientras Marniel dormía…él apenas comenzaba.

Las primeras horas pasaron sin nada fuera de lo normal. Marniel dormía, tranquilo y silencioso. Pero a medianoche todo cambió.

Desde lo alto, el Dragón Bufón detectó movimiento a lo lejos, cerca de la cascada. Figuras grandes… trolls, acompañados de humanos, rodeaban a un grupo de elfos que acampaban en la zona. No era casualidad.

Dakar no dudó. Se lanzó desde las alturas y aterrizó frente a ellos. —¿En serio quieren esa tienda? —dijo con tono burlón—. Ni siquiera caben en ella.

Los trolls giraron lentamente. Fue entonces cuando lo notó: sus ojos… grises, vacíos. Dakar entrecerró la mirada. —Wow… ¿qué estuviste haciendo para terminar así?

No hubo respuesta. Solo un rugido.

La pelea comenzó. El Dragón Bufón se movía con precisión, liberando fuego, rayos e hielo, mientras la oscuridad lo envolvía para atacar y defender. Derribó a uno de los trolls con un golpe directo, y al caer, de su boca comenzó a salir humo gris. —Por eso no es bueno fumar —murmuró.

No tuvo tiempo de reaccionar. Otro troll lo atacó por la espalda, clavando sus garras en su brazo. Dakar retrocedió, pero se mantuvo en pie. —¡Lárguense de aquí! —gritó a los elfos—. ¡Busquen a la guardia!

Los elfos corrieron. Dakar siguió peleando. Eran demasiados. Golpe tras golpe, poder contra fuerza, resistencia contra número. No podía ganar… pero no estaba peleando para ganar, sino para mantenerlos con vida.

Cuando vio que los elfos ya estaban lejos, supo que había cumplido. Pero en ese momento, uno de los trolls lo sujetó y lo arrastró hasta la orilla de la cascada. El agua rugía abajo, oscura y profunda.

Dakar luchó con lo que le quedaba, golpeando y resistiendo, logrando soltarse por un instante. Pero otro troll avanzó y escupió una masa de flema gris, densa y viva, que lo envolvió por completo.

Sintió cómo su cuerpo era empujado sin control.

Y al siguiente segundo…

cayó directo hacia la cascada.

El impacto contra el agua fue brutal.

La corriente lo arrastró con violencia, golpeándolo contra rocas ocultas bajo la superficie. Cada choque le arrancaba fuerza, cada segundo lo acercaba más al límite. Su cuerpo resistía… pero no sin costo.

El rugido de la cascada se fue apagando poco a poco mientras la corriente perdía intensidad. El agua dejó de ser furia y se volvió flujo.

Hasta que finalmente…

lo dejó en la orilla.

En medio del bosque.

Inconsciente.

Herido.

El silencio duró poco.

Un grupo de duendes que recorría la zona lo encontró entre ramas y piedra húmeda. Dudaron apenas un instante al ver la figura cubierta por la máscara… pero las heridas hablaban por sí solas.

—Está vivo —dijo uno de ellos.

Sin perder tiempo, lo levantaron con cuidado y lo llevaron a su aldea.

Ahí comenzaron a atenderlo.

Vendajes.

Ungüentos.

Magia natural.

Todo lo que tenían.

Intentaron retirar la máscara.

No pudieron.

Un hechizo la protegía.

Ningún ser podía quitársela… a menos que él lo permitiera.

Mientras tanto…

en lo alto de la cascada…

la guardia finalmente llegó.

La escena era extraña.

Los trolls seguían ahí.

Pero no se movían.

Estaban congelados.

Cubiertos por una capa de hielo que no correspondía al entorno. No había clima que justificara eso. No había explicación inmediata.

Solo una cosa quedaba clara.

Alguien más había intervenido.

Laife observó la escena con seriedad mientras los guardias aseguraban a los trolls con facilidad.

Mientras tanto, Amar, Ogu y el rey de los trolls avanzaban hacia el interior del reino de los dragones, pero antes de llegar fueron detenidos por los hijos del rey: Amus y Gemus. Amus, arrogante y grosero, se interpuso en su camino, negándoles el acceso, mientras Gemus, más tranquilo, intentaba guiarlos sin decir palabra. Al notarlo, Amus reaccionó con violencia y lo golpeó.

Amar no lo permitió. Cerró el puño y liberó una ligera energía. —No lo toques. No me importa si tu padre es el rey… si tengo que enseñarte a respetar, lo haré.

La tensión creció, pero en ese momento apareció el rey dragón, calmando la situación. Amus se retiró sin decir nada y Gemus, en voz baja, agradeció. Sin más, los condujeron al salón de juntas.

Ahí, Amar explicó todo: los ataques, la agresividad, la flema gris, los casos en Marniel y en el bosque. Ogu añadió lo ocurrido con las hadas, y el rey troll complementó con lo que sabían. El rey dragón escuchó en silencio y finalmente respondió que no había registros de algo similar en su reino, aunque en ese momento tosió ligeramente. Restó importancia al gesto y aseguró que todo estaba bajo control.




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