Medra: mares y dragones

CAPITULO 1

Mientras el caos del robo de las estrellas de hada se desarrollaba, Laife, líder de la brigada, llegaba y observaba la devastación, Alquimia un elfrada ( mitad elfo y hada), su mano derecha y oficial de mayor confianza en el departamento de guardianes. Alquimia le reportaba los testimonios de las hadas y duendes sobrevivientes cuando una nueva alerta llegó: el sector de los elfos, al otro lado del bosque, también estaba bajo ataque.

Allí, una banda de minotauros saqueaba recursos con violencia, preparándose para huir entre la maleza. Sin embargo, algo acechaba desde las sombras. Una figura, moviéndose con la agilidad de un espectro del inframundo, comenzó a derribar a los minotauros uno a uno antes de que pudieran escapar.

De pronto, aquel ser surgió de las copas de los árboles, elevándose por el aire antes de caer como un meteorito. Al impactar el suelo, liberó una ráfaga de energía de plasma oscuro que calcinó a tres de los minotauros al instante.

El último de los saqueadores, que se escondía temblando entre los arbustos para intentar huir, se encontró de frente con una figura aterradora que bloqueaba su camino. Entre el humo y la oscuridad, los ojos del vigilante brillaron: era el Dragón Bufón.

En la costa, los barcos extranjeros aguardaban el botín de los minotauros, pero lo que recibieron fue una ráfaga de hielo que descendió del cielo. Bufón surgió del bosque volando, congelando a las criaturas en cubierta antes de que pudieran reaccionar.

El enfrentamiento se volvió masivo cuando cíclopes, fénix y más minotauros bajaron de las naves para cercarlo. Bufón, en un despliegue de poder total, alternaba ataques de hielo, fuego, rayos y energía oscura, peleando mano a mano mientras bombardeaba a los invasores.

La batalla dio un giro crítico cuando un cañón disparó: un fénix, que rociaba una mezcla de ácido y fuego, fue impactado y cayó sobre Bufón. El golpe fue brutal, dejando su traje severamente dañado. Sin embargo, el Dragón Bufón se puso en pie y, desatando su fuego, incineró el barco que había disparado el cañón.

La mañana en Medra despertó con el bullicio alegre de la temporada de Navira. El aire frío del invierno se mezclaba con el aroma a canela y pan recién horneado que escapaba de las pastelerías. Las calles eran un desfile de colores, con ciudadanos decorando las fachadas y realizando las últimas compras para las festividades.

En el castillo, la Reina mantenía su disciplina intacta. Tras su rutina de ejercicio y lectura, se sentó a almorzar mientras su asistente real le recitaba las novedades: el progreso de los preparativos, los informes comerciales y los detalles de la llegada de sus familiares, prevista para el mediodía.

Sin embargo, algo no encajaba. La noticia del disturbio en el sector de las hadas durante la noche le inquietaba. La Reina intentó contactar a Ogus, la soberana de las hadas, mediante el enlace real para discutir lo sucedido, pero solo obtuvo silencio.

La falta de respuesta de Ogus era inusual. Con la sospecha creciendo en su pecho, la Reina dejó su almuerzo a medio terminar.

—Preparen mi escolta y mi capa de viaje —ordenó a su asistente—. Si Ogus no responde, iré personalmente a ver qué está ocultando el bosque de Escala.

La Reina sabía que, en vísperas de Navira, un silencio de las hadas rara vez era una buena señal. Mientras tanto, en el horizonte, el mar seguía agitándose, ajeno a las festividades del reino.

Mientras tanto, en Medraje, la sastrería más reconocida de Marniel, el señor Polo encabezaba una junta junto a varios trabajadores y costureros. Sobre la mesa descansaban diseños, telas mágicas y registros de mercancía que llegaría a la isla esa misma tarde desde distintos territorios cercanos a Medra.

La reunión transcurría con tranquilidad mientras afuera, por las ventanas, podían verse las calles decoradas por la temporada Navira, con luces flotantes y pequeños copos de nieve cayendo sobre los canales de agua cristalina.

Uno de los trabajadores no tardó en notar algo.

La ausencia de Dakar.

Al terminar la junta, Julo, uno de los trabajadores más antiguos, se acercó al señor Polo con cierta molestia.

—Qué falta de compromiso por parte del señor Dakar no estar aquí —comentó mientras acomodaba unas telas.

El señor Polo levantó la mirada con calma.

—¿Cómo estamos en cuanto a sueldos y al negocio?

Julo se detuvo unos segundos.

—Excelente… la verdad.

—Entonces no hay nada que decir —respondió Polo mientras cerraba unos documentos—. Yo buscaré al señor Dakar. Puede que esté con la reina.

Julo soltó una pequeña risa.

—¿Otra vez?

El señor Polo acomodó sus lentes y sonrió ligeramente.

—Por lo que veo… puede que se acerque una boda.

Mientras tanto, en un antiguo puerto de un país del continente, varios líderes, comerciantes y mercenarios importantes se encontraban reunidos dentro de una enorme sala iluminada apenas por lámparas de aceite y fuego mágico azul.

La lluvia golpeaba con fuerza el exterior mientras los barcos chocaban suavemente contra los muelles.

La conversación no parecía avanzar.

—Perdimos otro grupo —mencionó uno de ellos con molestia—. Fueron detenidos apenas intentaron acercarse a Medra.

—La vigilancia aumentó demasiado desde la última vez —agregó otro—. Entre los guardianes y el dragón bufón, cruzar esas aguas ya es casi imposible.

Un silencio incómodo llenó el lugar.

Entonces…

una risa comenzó a escucharse desde el fondo de la sala.

Lenta.

Burlona.

Uno de los guardias frunció el ceño y se acercó hacia la puerta lateral.

—¿Quién demonios está ahí…?




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