El antiguo castillo de Ogus llevaba años completamente abandonado.
Nadie vivía ahí.
Desde la muerte de la reina, aquel lugar quedó vacío y cerrado. Los habitantes de Medra evitaban acercarse porque el castillo tenía una presencia incómoda. De noche podían verse luces extrañas en algunas ventanas y muchos aseguraban escuchar sonidos debajo de la tierra.
Por eso comenzaron las historias.
Los niños decían que el espíritu de Ogus seguía caminando entre los pasillos.
Una tarde, varios pequeños decidieron entrar al castillo para explorar.
Atravesaron salones llenos de polvo, escaleras rotas y corredores oscuros mientras se asustaban entre ellos mismos. Todo estaba viejo, silencioso y abandonado.
Hasta que encontraron unas escaleras que descendían hacia lo más profundo del castillo.
Al bajar, el ambiente se volvió mucho más frío.
Finalmente llegaron frente a una enorme puerta de madera sólida cubierta por cadenas encantadas que emitían un brillo verde débil.
—¿Qué habrá ahí dentro…? —susurró uno de los niños.
Sin saberlo…
detrás de esa puerta se encontraba la habitación donde años atrás apareció Beldam.
La criatura y sus cuatro jinetes seguían ocultos ahí abajo sobreviviendo en silencio.
Del otro lado de la puerta, entre oscuridad y restos de antiguos sellos mágicos, Beldam se alimentaba de ratas junto a las figuras con máscaras de búho.
Uno de los niños comenzó a acercarse lentamente hacia la puerta encadenada.
Entonces—
—¡¡HEY!!
Dos enormes trolls guardianes aparecieron desde la oscuridad golpeando el suelo con sus armas.
Los niños gritaron aterrados.
—¡¿Qué hacen aquí abajo?! ¡Largo de inmediato!
Los trolls comenzaron a correr hacia ellos mientras los pequeños escapaban rápidamente por las escaleras del castillo.
Y mientras huían…
del otro lado de la puerta encantada…
Beldam sonreía en silencio.
Cuando los niños finalmente escaparon del sótano del castillo, uno de los trolls suspiró molesto.
—Esos niños… —gruñó mientras observaba las escaleras.
El otro soltó una pequeña risa.
—Sí… voy a revisar que ninguno se haya quedado atrapado aquí abajo.
—Perfecto. Yo patrullaré la zona —respondió el primero mientras se alejaba por el corredor.
El troll restante comenzó a acercarse lentamente hacia la enorme puerta encadenada.
Entonces escuchó algo.
Golpes.
Suaves.
Desde el otro lado.
Beldam, al notar que el troll estaba demasiado cerca, dejó de golpear la puerta inmediatamente.
El silencio fue absoluto.
El troll frunció el ceño.
—Mugroso niño… ¿te quedaste atrapado?
Observó la parte inferior de la puerta. Había una pequeña abertura entre la madera y el suelo, apenas suficiente para que una hada pequeña pudiera pasar si se encogía.
Pero nadie respondió.
El troll resopló molesto y comenzó a quitar algunas cadenas encantadas.
—Si te atoraste ahí abajo te van a regañar más que yo…
La enorme puerta rechinó lentamente al abrirse.
Oscuridad.
Fría.
Pesada.
El troll entró sujetando una lámpara.
La habitación parecía más grande de lo que recordaba. Todo estaba cubierto por símbolos antiguos y restos de sellos rotos.
Y al fondo…
la pequeña puerta dimensional comenzó a abrirse lentamente.
Un brillo verde salió desde dentro.
El troll abrió los ojos.
—¿Qué demonios…?
Se acercó un paso.
Y justo entonces…
algo apareció detrás de él.
Una mano pálida cubrió violentamente su boca antes de que pudiera gritar.
Los cuatro jinetes emergieron desde la oscuridad sujetándolo mientras Beldam clavaba sus largas extremidades sobre él.
El troll apenas logró forcejear unos segundos.
Luego solo quedaron sonidos húmedos y huesos rompiéndose dentro de la oscuridad.
Pasaron varios minutos.
El otro troll comenzó a preocuparse.
—¿Oye? ¡¿Encontraste al niño?!
No hubo respuesta.
Molesto, regresó hasta la puerta.
La encontró entreabierta.
—¿En serio…?
Entró lentamente al cuarto oscuro.
Y tuvo exactamente el mismo final.
Esa noche…
nadie vio nada.
Y por primera vez en años…
Beldam y sus jinetes habían probado carne nuevamente.
Esa misma noche, Beldam y los cuatro jinetes abandonaron el antiguo castillo.
A pesar de haberse alimentado de los trolls, seguían extremadamente débiles. Sus cuerpos aún parecían cadáveres cubiertos apenas por piel.
Necesitaban más.
Mucho más.
Entre bosques y caminos oscuros llegaron hasta un pequeño hogar alejado del pueblo principal. Ahí vivía una familia tranquila de hadas y duendes.
Las luces cálidas de la casa brillaban en medio de la noche.
Entonces Beldam cambió.
Su cuerpo monstruoso comenzó a deformarse lentamente hasta tomar la apariencia de una mujer normal. Pálida y hermosa, pero aparentemente indefensa.
Detrás de ella, los cuatro jinetes permanecieron inmóviles entre los árboles.
Beldam comenzó a correr hacia la casa fingiendo desesperación.
Toc toc toc.
Un elfo abrió apenas una pequeña ventana de la puerta.
—¿Quién es…?
La mujer temblaba.
—Por favor… ayúdeme… ellos quieren hacerme daño…
El elfo observó detrás de ella y alcanzó a ver figuras altas inmóviles entre la oscuridad del bosque.
Sintió miedo.
Mucho miedo.
Pero no quiso dejarla sola afuera.
Desbloqueó lentamente la puerta.
Y apenas se abrió…
Beldam sonrió.
La mujer entró primero.
Luego las figuras con máscaras blancas comenzaron a avanzar lentamente hacia la casa.
Los gritos no duraron mucho.
Aquella noche…
todos los que estaban dentro fueron devorados.
A la mañana siguiente…
Medra parecía perfecta.
La luz del sol atravesaba las ventanas del castillo mientras dos pequeños corrían sobre la cama riendo.