Mientras Misha y Cassandra discutían acaloradamente sobre si debían revelarle toda la verdad a Melanie, esta aprovechó su distracción. Con pasos sigilosos, tomó el libro que Cassandra había dejado descuidadamente en su habitación y escapó de la casa.
Sabía que lo que estaba por hacer era peligroso, que salir sola al bosque era una locura con tantas criaturas rondando. Pero también sabía que era la única forma de ayudar a Dimitrius. No podía permitir que lo condenaran.
Él siempre estuvo para ella.
Ahora era su turno.
El sendero que eligió no era el habitual. Se adentró entre árboles torcidos por el viento, cubiertos de musgo y sombras. La humedad del bosque se aferraba a su piel como un presagio. A cada paso, el crujido de las hojas secas bajo sus pies la hacía dudar. Sin embargo, no se detuvo.
Fue entonces cuando, tras una curva, vio algo que no esperaba. Una pequeña choza recién construida, improvisada pero sólida. Desde la entrada salió un niño de unos once años, descalzo y con la ropa arrugada como si acabara de despertarse. Tenía el cabello castaño claro, revuelto como si el viento jugara con él constantemente, y sus ojos-de un verde bosque profundo-la observaron con fascinación.
-No eres una humana común -dijo el niño, sonriendo-. Eres demasiado bella para ser mortal.
Melanie no pudo evitar reír. La espontaneidad del pequeño la descolocó y le arrancó una sonrisa genuina. Algo en su mirada era encantadoramente travieso, pero también extrañamente sabio.
-Gracias, supongo. Nadie me había dicho tal cosa antes.
-Pues los demás están muy ciegos. Y dime... ¿tienes novio? -preguntó sin pizca de timidez, ladeando la cabeza con una sonrisa que parecía sacada de un adulto coqueto.
-¿Siempre preguntás eso a extrañas?
-Solo si son lindas. Y tu... -hizo una pausa dramática- Eres la más linda que vi desde que llegué.
-¿Desde que llegaste? ¿Eres nuevo aqui?
El niño asintió, bajando la vista un segundo, antes de volver a clavarla en la suya.
-Sí. Mi familia se instaló hace poco. No tengo amigos. Pero si quieres, puedes ser la primera.
Melanie ladeó la cabeza, intrigada. Era encantador en su rareza, y a pesar de su corta edad, irradiaba una seguridad extraña. No se parecía a ningún chico que hubiera conocido, claro que tampoco había conocido muchos.
-Me gustaría ser tu amiga -dijo, apenas sonriendo-. Pero no creo que sea buena idea
-¿Por qué no?
-Mi familia... es complicada.
-La mía también -respondió él, encogiéndose de hombros-. Pero eso no tiene nada que ver contigo.
Se hizo un pequeño silencio. Melanie lo observó mejor. Notaba algo en él que no terminaba de entender. Parecía joven, sí, pero su mirada tenía una intensidad que no coincidía con su edad.
Se miraron en silencio. El viento sopló suave entre los árboles, arrastrando el aroma de tierra húmeda. La mirada del niño seguía fija en ella, intensa pero amable. Tenía una calma que contrastaba con su corta edad.
-Me gustó hablar contigo -dijo ella finalmente-, pero tengo que irme.
El niño bajó la mirada, decepcionado. Melanie notó la tristeza sincera en sus ojos.
-Está bien... sólo una última pregunta. ¿Cuántos años tienes?
-Tengo quince.
-Así que solo eres cuatro años mayor que yo. Es increíble.
-¿Por qué?
-Quién te dice que no seamos almas gemelas -respondió él, con una sonrisa cómplice.
-Eso no existe -replicó Melanie, divertida.
-Sí existe. Bueno... en mi familia creemos eso. Nosotros estamos destinados a una pareja. Tal vez la mía seas tú. Cuando cumpla dieciséis lo sabré.
Melanie frunció el ceño.
-¿Estás hablando en serio?
-Sí. Tal vez suene raro
La pelirroja se cruzó de brazos, aún desconcertada, pero sin poder evitar sentir cierta ternura.
-Si es raro, igual que tu
-Gracias- respondió, encantado con el comentario- Tal vez deba presentarme para que comprendas, soy el nieto menor de Robert Blair, Me llamo Ryan.
El nombre la sorprendio. Robert Blair, el líder de la manada Lunaroja y protector de City Death. El hombre que la había enfrentado horas atrás. Y ahora su nieto estaba frente a ella, tan tranquilo.
-Eres de la manada lunaroja
-Si -confirmó con naturalidad-. Pero eso no cambia nada. Sé quién eres, Melanie. Y sé que no eres como ellos.
-¿Ellos?
-Tu familia. Tu eres... distinta.
Ryan no tenía miedo de ella. Más aún, parecía comprender algo que ni ella misma entendía. Y sin embargo, no dejaba de ser un niño. Uno muy peculiar, pero aún pequeño. No podía permitir que se involucrara con ella, no quería problemas.
-Tengo que irme. Estoy por hacer algo importante.
-No sé qué sea, pero no te ves muy segura. ¿Quieres que te acompañe? ¡No le tengo miedo a nada! Bueno... excepto a mamá cuando está enojada -añadió con una mueca divertida.
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Editado: 02.10.2026