La noche se cernía sobre el mundo como una maldición que no se podía romper. Melanie se detuvo entre los árboles, con el pecho agitado y el libro apretado contra su pecho como si fuese un ancla. El silencio del bosque era denso, tanto que hasta podía oír sus propios pensamientos.
¿Sacrificar una vida por conocer la verdad? ¿Era realmente eso necesario para entender lo que era? ¿Lo que llevaba dentro?
No.
No podía hacerlo.
Aun cuando el dolor y la rabia le quemaban el alma, sabía que cruzar esa línea sería irreversible.
Y, aun así...
Una parte de ella deseaba hacerlo.
Acudir a las Oscuras había sido una locura. Un acto nacido de la desesperación, pero no se arrepentía.
Por primera vez alguien le había contado una versión distinta de la historia. Una donde su familia no era completamente inocente. Una donde el silencio no había sido solo amor, sino también manipulación.
Sacrificio.
La palabra regresaba una y otra vez, golpeando su mente como un martillo.
Si había nacido para traer el caos... ¿por qué debía seguir preocupándose por los demás?
Durante años la escondieron. La obligaron a reprimir su poder, a bajar la cabeza, a comportarse como una niña obediente. Había vivido dentro de una jaula disfrazada de hogar. Una prisión construida con cariño, pero prisión al fin.
¿Y si su alma terminaba consumida por el infierno?
Tal vez ya estaba condenada desde el instante mismo en que nació.
Esperó durante años que la libertad llegara sola, como una vieja amiga que acudiera a rescatarla.
Ahora comprendía que la libertad nunca se regalaba. Había que arrebatársela al destino.
Ella siempre había sido fuerte. Lo único que la había detenido era el miedo.
Miedo a ser distinta, a no ser aceptada, a convertirse en aquello que todos temían.
Y comprendió que el verdadero monstruo no era su poder. Era seguir negándose a sí misma.
-Ya no más -susurró.
Frente a la entrada de City Death, con el cabello desordenado y el rostro endurecido, Melanie observó la silueta del pueblo.
City Death se extendía frente a ella. A lo lejos, las ruinas carbonizadas de la antigua casa de los Miller emergían entre la maleza. Melanie se detuvo y exhaló un suspiro largo.
-Estás loca. No deberías estar aquí.
La voz surgió detrás de ella. Melanie giró de inmediato. Dimitrius permanecía medio oculto bajo un enorme roble. La capucha cubría parte de su rostro, pero sus ojos brillaban con una mezcla de alerta y desconfianza.
Se acercó despacio.
-Este pueblo está a punto de estallar... y tú vienes como si nada hubiera pasado. ¿Viste lo que hicieron con Cassandra? La expulsaron solo porque era del pueblo. ¿Qué crees que harán contigo, que eres una forastera?
-Vine por ti -respondió ella sin titubear.
Él arqueó una ceja.
-¿Por mí?
-Te prometí que te ayudaría a conseguir lo que deseas. Creo que encontré la forma.
Dimitrius permaneció en silencio unos segundos.
-Nadie ayuda gratis. ¿Qué quieres a cambio?
Melanie sostuvo su mirada.
-Todavía no lo sé... o quizá sí. Ya te lo diré.
Él dio un paso más.
-Eso no responde mi pregunta.
-Solo dime una cosa. Tú quieres poder... ¿verdad?
El silencio volvió a instalarse entre ambos. Dimitrius apretó la mandíbula.
-Me pasé media vida huyendo de la muerte. Escapando de una profecía que jamás pedí. No hay nada extraordinario en mí. Solo soy un hombre que no quiere morir.
Melanie dio un pequeño paso hacia él.
Lo suficientemente cerca para sentir el calor que desprendía su cuerpo. El aroma a bosque húmedo, sudor y cenizas la envolvió durante un instante.
-No morirás.
Su voz apenas fue un susurro.
-Ven conmigo. Descubramos esta verdad. Nos pertenece a los dos.
Dimitrius desvió la mirada. Parecía debatirse entre marcharse o aceptar.
Finalmente soltó un largo suspiro.
-Nos vemos en las cuevas. A la misma hora de siempre.
Volvió a mirarla con seriedad.
-Pero prométeme una cosa, Melanie.
-¿Cuál?
-No regreses al pueblo.
Hizo una pausa.
-Nunca más.
Melanie asintió. Sin decir otra palabra desapareció entre la maleza.
Dimitrius permaneció inmóvil observando cómo la oscuridad la tragaba poco a poco. Sentía que acababa de dejar marchar algo inevitable. Algo capaz de cambiarlo todo.
(...)
La cabaña de los Jenkins olía a madera húmeda y hojas quemadas.
El ambiente era asfixiante.
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Editado: 02.10.2026