Melodías Desordenadas

Ocho

Prisco.

—¡Alto!—me interrumpió una vez más cortando la música en mis audífonos—No, no, no, no. ¡Estas haciendo todo mal, Prisco!

—Pues, perdón señor don experto.

—Tu voz ni siquiera llega a la nota correcta de la canción.

No tolero la voz de Julián, se la ha pasado todo el santo día diciéndome las mismas burradas de siempre.

—No me digas—espete.

Lo vi caminar hacia la cabina, abrir la puerta, y entrar hacia donde yo.

—No tienes voz para esto—me quito los audífonos.

—Y tu no tienes buen odio.

—Mira, Prisco, la última toma tuvimos que hacerle un montón de ediciones para que se escuchara más o menos presentable.

—¿Y ese es mi problema?

—¡Sí! ¡No estas haciendo nada bien! ¡Te hace falta mucho para cantar de verdad!

—Y a ti te hace falta un buen oído.

Cruce los brazos por sobre mi pecho, mirándolo fijamente.

—Escúchame, Prisco, tenemos que tener listo el álbum para fin de mes, vamos contra reloj, y tu no pones de tu parte.

—Tu no pones de tu parte—lo imite.

Al pobre ya le salían canas verdes.

—Tenemos la reunión con la disquera en una semana, y aun nos falta mucho por grabar y mejorar.

—Has tu trabajo entonces, y deja cortarme la música.

Su rostro se contrajo, salió de la cabina y volví a escuchar la música en mis audífonos. Repetí la toma de nuevo, y pude notar como Julián se frotó el rostro.

El imbécil volvió a cortar la música, y gritar corte.

—¡¿Quieres dejar de hacer eso?!—espeté molesto.

—¡No llegas a las notas!—gritó por el micrófono—¡Tienes que llegar a las notas!

—Ya, me convenciste.

—¿Convencerte? ¿De que?

—De despedirte.

No me quede a escuchar sus malditas quejas, salí de ahí de inmediato.

Estaba comenzando a odiar el tener que caminar del estúpido estudio al edificio. No estaba lejos pero odiaba que el sol me calara en la piel. No sé en que rayos estaba pensando cuando acepte mudarme a esta estúpida ciudad tan calurosa.

Camino a mi departamento, recibí una llamada a mi teléfono, de mi hermana, Sabrina, la cual respondí de inmediato.

—Hola, princesa.

Seguí mi camino, con el teléfono en la oreja.

—Hey, hace mucho no me decías así—escuche el sonido de su risa a través del teléfono.

—Hace mucho tiempo que no te veo.

—No ha pasado tanto desde que te fuiste.

—Se siente como si fueran meses—un auto me tocó el claxon al cruzar la calle—¡Fíjate por donde vas, imbécil!

—¿Tan rápido y ya causas problemas?

—¿Yo? Si el imbécil del conductor no sabe conducir.

—Hermanito, hermanito, ¿Cuándo será el día que dejes de comportarte como un niño?

Acelere el paso al sentir el calor arder en mi piel. Afortunadamente la calle no estaba tan transitada como siempre.

—No me comporto como un niño—objete.

—Claro que sí, siempre lo has hecho.

—Ya, ¿me llamaste para sermonearme como mamá?

—No, de hecho iba a preguntar si mis padres ya habían llegado—detuve mi andar abruptamente—los llamé pero no han respondido.

—¿Llegado a donde? ¿A dónde fueron?

—¿No te avisaron?

—¿Avisarme que, Sabrina?

—Oh, supongo que arruine la sorpresa—soltó aire—. Mamá y papá salieron esta mañana en un vuelo directo a verte.

Me detuve abruptamente l escuchar lo que dijo.

—Prisco…

—¡¿Qué diablos?! ¡¿Por qué no me avisaron?! ¡¿Por qué me dices hasta ahora?! —explote.

—¡Creí que si te habían llamado! ¡Eso fue lo que me dijeron antes de irse!

—Wow, espera un segundo ¡¿Te han dejado sola en casa?!

—No estoy sola, la tía Guilia se quedará conmigo.

Me lleva la que me trajo ¿Por qué carajos mis padres no me avisaron que vendrían? ¡Tengo mi casa hecha un asco! ¡ellos no pueden saber eso! ¡Ni tampoco que me gaste el dinero que me dieron este mes en otras cosas!

—Te llamo luego, Sabrina, tengo que resolver algo antes que mis padres lleguen.

—¡Espera! ¿Estas molesto conmigo por no decirte antes que mis padres fueron a visitarte?

—No, no sabias que me lo habían ocultado.

Retomé mi camino a paso apresurado al edificio, tengo que hacer que mi casa se vea lo más presentable posible.

—Vale, te quiero mucho, hermano.

—También te quiero, Sabrina.

Colgué.

Hasta parece que justo ahora que necesito llegar rápido a casa, la estúpida calle se ha abarrotado de gente de la nada. No me queda más remedio que tomar un taxi.

En el camino, busco el número de Peter, necesito que me ayude, que me haga el favor de entrar a mi departamento y sacar eso que mis padres no deben de ver.

El idiota no me responde, el estúpido teléfono suena y no atiende. ¿Qué diablos esta haciendo?

Al llegar, baje de inmediato del auto, apresurándome al edificio. Si mis cálculos no me fallan, mis padres llegarán cuanto antes.

Apenas abrí la puerta de cristal la risa inconfundible de mi padre llego a mis oídos, deteniéndome un momento ¿ya llegó?

Mierda.

A medida que me acerco puedo ver la figura de mis padres, están espaldas a mi, charlando con Peter y imbécil del portero. Eso no es lo que me molesta, lo que me molesta es que la loca de la vecina de abajo también está presente.

—Sí, es un lugar muy tranquilo—les sonríe—, los vecinos siempre son muy amables.

Peter esta un poco tenso ante la presencia del amigo de Ellen. Lleva días preguntándose si son amigos o novios, los ha visto juntos desde hace una semana, y el tipo parece que vive con ella ahora.

—¿Cuánto tiempo tienes viviendo aquí?—le pregunta mi madre.

—Unos cuantos años, esta zona de la ciudad es muy segura, se los aseguro.

Ni siquiera se habían dado cuenta que estaba detrás de ellos escuchando cada palabra que mencionaban.

—Esa es una buena noticia, no queríamos que nuestro hijo se fuese a vivir a un lugar donde tuviera fiestas y fiestas por doquier—habló mi padre.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.