Prisco.
No sé cómo demonios mis padres estaban encantados con Ellen. O bueno, al menos mi madre, papá me echaba miradas de vez en cuando cada que la loca abría la boca.
Ellen nos había dado un tour por la ciudad, en su estúpido auto. Llevó a mis padres a conocer lugares que ni siquiera yo había visitado en mi tiempo aquí. Mi madre estaba fascinada con lo lindo que se veía la ciudad a medida que anochecía.
Nos volvimos a montar en el auto, ahora con rumbo a la playa de la ciudad. Ellen iba contándole a mamá en el asiento trasero algo a lo que no puse atención. Por mi parte, recargue mi cabeza en el vidrio de la ventana, deseando con todas mis fuerzas qué Ellen se callara el hocico.
—¿No nos han dicho como es que se conocieron?—preguntó mi padre a media plática.
Ya se había tardado en cuestionar todo.
Ellen me dio una mirada rápida, antes de volver la vista al frente.
—En el edificio—respondí sencillamente.
—Si, pero ¿Cómo se conocieron?
—Esa es una buena pregunta—musitó la loca de los perros.
—Ellen vive una planta antes que yo.
La verdad, no sabía que inventar para que se viera creíble nuestra “relación” las mentiras habían dejado de fluir como si nada hace un buen tiempo, desde el momento donde Ellen les explicaba cosas sobre la ciudad.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Eh...—me dio otra mirada pequeña—, yo solo quería darle la bienvenida al edificio a Prisco.
—¿Y después?
—Me llevó una de sus famosísimas tartas de bienvenida—la moleste.
Ella frunció el entrecejo, sin quitar la mirada del camino.
No quite la vista de su perfil, eso provocó que se removiera en el asiento.
Lo bueno que no me contradijo.
—Si, mi talento culinario enamoró a su hijo.
Solté un bufido de burla.
—No estaba tan rico.
Estaba deliciosa, me ofende que no me haya llevado una tarta de bienvenida, pero a Peter sí le haya dado uno hoy, y no solo a él, también a la vieja metiche, y no se quien más.
—Pues si no te gustó, entonces no te volveré a cocinar—pronunció entre dientes.
—Como si eso me importara.
—¿No puedes ser un poco menos imbécil?
—¿No puedes ser un poco menos histérica?
—No soy histérica.
—Lo estas siendo ahora mismo.
—Y tu estas siendo un imbécil, como siempre—apretó los puños en el volante.
—¿Por qué te encanta tanto insultarme?
—¿Por qué te encanta siempre atacarme?
—Nadie te esta atacando, Ellen. Deja de tomarte todo personal.
¿Es que acaso su talento es hacerme perder los estribos? Afortunadamente cerró el pico por fin.
Pude notar como todos los músculos de su cuerpo estaba algo tensos.
Ridícula.
Quise aventarme a la carrera, en serio. Prefería eso a soportar otro minuto más a lado de esta loca desquiciada.
—Bueno, todas las parejas discuten algunas veces—dijo mi madre en medio del momento tenso.
Ellen detuvo el auto en un semáforo en rojo. Me aburre la manera en que conduce, despacio y atenta.
—Aun no nos explicas porque ella tiene las llaves de tu auto—soltó mi padre—y porque esta conduciendo.
—Prisco me presto su auto para llevar a mi perro al veterinario, esta un poco retirado del edificio y me hizo el favor—Ellen se me adelantó.
—¿Y por qué estas confundiendo y no él?
—Eso mismo me pregunto yo—sisee en voz baja.
—Bueno, es que su hijo aun no conoce muy bien la ciudad.
—Eso no es verdad.
—El otro día fuimos a cenar y tardamos dos horas en llegar por que no se sabía las calles, pero es muy terco para admitirlo.
Me sorprendió la manera tan natural en la que respondía, sin ponerse nerviosa. Es una mentirosa compulsiva.
—Exageras.
—¿En serio, Prisco?—me miró—¿Justo ahora decides llevarme la contraria de nuevo?
Algo en sus ojos me llamó su atención, no el color, ni nada de esas cursilerías baratas de las canciones que el estúpido de Julián me hacia cantar. Ni siquiera tenía ojos bonitos, son de color café como la caca.
—Solo digo que si fuera por mi hubiéramos llegado a la playa desde hace mucho—me cruce de brazos en el asiento.
—¿Al menos sabes donde queda la playa?
—Por supuesto…
Alzó una ceja, desafiante.
La verdad ni siquiera tenía idea de cual era el camino, lo que me molestó fue que me estuviera haciendo quedar mal con mis padres.
—Bien—apagó el motor, se quitó el cinturón—entonces llévanos a la playa.
El semáforo cambió a verde justo en el momento en que abrió la puerta, salió del auto en plena vía dando un portazo.
—¡¿Qué mierda haces?! ¡¿Estas loca?!—le grite cuando vi que rodeaba el auto—, ¡sube al maldito auto de nuevo, Ellen!
Llegó hasta mi puerta.
—Tu nos vas a llevar.
En un arrebato de ira, abrió mi puerta y me jalo hacia fuera. Me maldije mentalmente al no ponerme el maldito cinturón.
—¿Quieres dejar de comportarte como una psicópata?—sisee cuando estuve abajo.
—¿Quieres dejar de contradecir todo lo que digo?
—¡¿Por qué tienes que ser tan odiosa?!
—¡¿Por qué tienes que ser tan mandón?!
—Prisco, estas deteniendo el tráfico—dijo mi padre por la ventana.
Lo ignore, centrándome en la loca esquizofrénica que tengo frente a mi.
—¡No soy mandón!
—¡Claro que si lo eres, te la has pasado todo el santo día dándome ordenes!
—¡Es que no haces nada bien!
—¡Perdone usted, señor don perfecto! ¡Con nada te doy gusto! ¡Nada te parece! ¡Siempre tienes algo que reprochar!
—¡Por que siempre haces todo mal, nunca haces nada bien!
—¡Te recuerdo que si estamos mentidos este lío es por tu culpa!
—Ahora es mi culpa ¡Deja de culpar a los demás por todo, Ellen!
—¡¿Me lo dices tú?! ¡¿Tú que te la has pasado culpándome a mi de todo lo que te pasa?!
—¡Este no sería el caso si no hubieras hecho lo que hiciste!
—¡Ya supéralo, Prisco! ¡Eso fue hace casi dos meses!
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Editado: 20.02.2026