Ellen
Las oficinas de Bidika se ciernen sobre mi. La primera vez que estuve aquí mi estado emocional era un desastre, acababa de abandonar la casa de mis padres, doblaba turno en la cafetería para pagar una renta, no dormía por corregir yo misma mi primera novela, mientras Jordan comenzaba a reducir su ayuda con los gastos.
Nunca ame a Jordan, pero la manipulación qué ejercía sobre mi era imprescindible. Era necesario.
A veces me detengo a observar las cicatrices de mi trayectoria y entiendo que nada fue un error, sino una causalidad necesaria. Tuve que tomar la decisión de abandonar el ambiente de mi casa y lanzarme al vacío para descubrir quién era yo realmente; incluso tuve que soportar aquellos años al lado de Jordan, viviendo bajo su manipulación y en un silencio carente de amor, porque cada desplante y cada sombra en esa relación fueron los pinceles que trazaron mi resistencia.
La tinta sobre mi brazo es el recordatorio que el efecto mariposa no es una teoría, es mi propia biografía, cada elección forzada y cada paso en falso fueron el aleteo preciso que desencadenó la tormenta necesaria para traerme hasta aquí.
Si no hubiera pasado por ese invierno, hoy no sabría cómo habitar mi propia luz.
Entré en el imponente edificio de la editorial con el paso firme de quien ya no pide permiso para existir. El eco de mis tacones sobre el mármol me recordó cuántas veces vine aquí con manuscritos rechazados bajo el brazo, pero hoy el aire se sentía distinto.
Crecí entendiendo que, en la historia de mis padres, yo no era la protagonista, sino el personaje de apoyo destinado a cargar con los errores de los demás. Mientras Emma habitaba un mundo de privilegios concedidos sin esfuerzo, donde cada uno de sus caprichos era una orden y sus faltas se disolvían en una indulgencia ciega, yo vivía bajo un microscopio de severidad injusta. Si ella rompía algo, yo pagaba los platos rotos; si ella se perdía, la culpa recaía sobre mi supuesta falta de cuidado.
Aprendí a pulir mi independencia a golpes de necesidad, porque para obtener lo que Emma recibía por decreto, yo tenía que construir puentes de esfuerzo y sudor. Esa disparidad me enseñó la lección más amarga y, a la vez, la más valiosa de mi vida: mi valor no dependía de la mirada de quienes debían amarme, sino de la capacidad de mis propias manos para crear mi destino. Al final, el rigor de su desprecio fue el fuego que templó el acero de la mujer que soy hoy.
Los años siguen pasando, y sigo siendo el personaje secundario en la historia de los demás. Sigo siendo la otra, un simple relleno en cada historia.
Jeyson me recibió en su oficina, completamente identifica a la última vez que estuve aquí.
Al llegar al gran salón de juntas, Linda, se puso de pie con una sonrisa que no intentaba ocultar su entusiasmo. Jeyson, el director comercial, y los dos dueños de la firma, los señores Vargas, ya me esperaban con carpetas abiertas.
—¡Ellen! Pasa, por favor —exclamó Jeyson, señalando la silla principal
Tomé asiento frente a ellos, igual que la primera vez que estuve aquí.
—Supongo que Linda ya te dio la noticia—dijo, entrelazando sus manos en el escritorio.
—Si, me contó algo.
—Estábamos revisando las estadísticas de la campaña publicitaria que se lanzó ayer por la tarde. La respuesta del público ha superado cualquier proyección que teníamos.
—Es un fenómeno, Ellen —intervino Linda, deslizando una tablet hacia mí con gráficas que subían verticalmente—. La publicidad en redes ha generado un interés masivo. Por eso, hemos decidido que el lanzamiento no será un simple posteo.
Miré a los jefes, quienes asintieron con una solemnidad que antes me habría intimidado. El señor Varga tomó la palabra:
—La fecha de ventas esta programada para el seis de agosto.
Es un día antes de la fecha de publicación del disco de Prisco, y no tengo idea de porque recordé eso.
—Queremos organizar un evento exclusivo antes de la fecha oficial de publicación, dos semanas antes. Con cupo limitado, Ellen. Presentarás la obra, leerás unos fragmentos, hablaras un poco sobre ella y los asistentes podrán comprar el libro en preventa física allí mismo. Queremos que los firmes personalmente.
—¿Una firma de ejemplares antes del lanzamiento? —pregunté, sintiendo un nudo de orgullo en la garganta.
Sigo sin poder creer que esto sea real, que esos sueños que la pequeña Elody tenía encerrada en su habitación se estén cumpliendo.
—Exactamente —confirmó Linda, emocionada—. Es premiar a los lectores que han estado esperando. Pero hay algo más, Ellen…
Hubo un breve silencio antes de que Jeyson dejara un documento sobre la mesa. No era el itinerario del evento, era un contrato nuevo.
—Sabemos que con este libro finaliza tu acuerdo actual —dijo Jeyson con tono negociador pero respetuoso—. Y no queremos que te vayas. Esta editorial es tu casa, y los jefes han autorizado una renovación con términos que reflejan tu estatus actual como nuestra autora estrella. Tenemos fe en ti, y queremos asegurar tu pluma por tres libros más antes de que la competencia intente tocar a tu puerta.
Miré el documento y luego a ellos. Recordé a la Ellen que aceptaba migajas de afecto en casa y de atención con Joseph. Esta vez, el bolígrafo en mi mano no solo serviría para escribir historias, sino para firmar el futuro que yo misma me había ganado.
Deslicé el nuevo contrato por la superficie de la caoba, sintiendo el peso del papel bajo las yemas de mis dedos. Hace unos años, habría firmado cualquier cosa con tal de sentirme validada, de sentir que alguien aunque fuera una corporación, veía valor en mí. Pero la Ellen que agachaba la cabeza ante los gritos de sus padres o las manipulaciones de Jordan se había quedado en el camino, sepultada bajo las páginas de mis propios borradores.
—Los términos son… ambiciosos —dije, manteniendo la voz nivelada mientras recorría las cláusulas de regalías y adelantos.
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Editado: 04.03.2026