Melodías Desordenadas

Quince

Prisco.

Llevo días intentando tocar. Intentando hacer algo nuevo, crear algo propio.

Había olvidado como tocar la guitarra, solo recordaba las malditas notas básicas de siempre. Pero nada nuevo aparecía.

Estoy en blanco.

Mis manos incluso se siente extrañas incluso al sostener el instrumento.

A la mierda, le diré a Julián que si idea fue una estupidez y que no haré el acústico.

Cuando era un puberto adolescente, mi madre me metió a clases de música al ver que no dejaba de golpear las cosas como si fueran una batería, en esas clases me habían enseñado lo básico, y también me enseñaron a como tocar un instrumento. Y por supuesto había escogido por sugerencia de un profesor la guitarra. Dijo que era el más fácil de aprender. Pero con el pasar del tiempo, me fu interesando más en otros instrumentos, y en cantar. El mismo profesor dijo que tenía una buena voz, y que podría llegar a mejorarla con clases, y ser algún día un gran cantante.

Justo cumplí la mayoría de edad, me gradué de la preparatoria, y mi padre decidió que mi tiempo con la música había expirado.

Le dijo a mamá que ya era tiempo que dejara esas estupideces, que dejara de perder el tiempo con sueños baratos y me consiguiera un trabajo real, una carrera real.

Así fue durante años, me inscribió a una carrera técnica inútil que jamás me gustó.

Obviamente lo técnico no era lo mío, y suspendía a propósito para ser dado de baja cuanto antes.

No funcionó, ya que uno de los profesores siempre decía que sin importar cuanto intentara responder todo mal, el sabia que yo si daba para eso.

Y era verdad, no es que lo técnico no fuera lo mío, por supuesto que podía con eso.

Yo puedo con todo las jodidas carreras que existen, pero ninguna era la que yo quería.

El colmo de mi padre fue, una mañana que me exigió comenzar a trabajar en su estúpida empresa de seguridad, ya que había hecho hasta lo imposible por bajarme de la universidad, según sus palabras debía aprender responsabilidad.

Así que ese primer día que fui, lo hice todo mal. A propósito.

No descansaría hasta que comprendiera que mi sueños y metas no estaban en una estúpida escuela ni en una estúpida agencia de seguridad.

Una semana.

Aguantó una semana, hasta que mi madre lo convenció de dejarme seguir mis sueño, mi camino, y de apoyarme.

Así que me volví a inscribir, pero a clases de canto. La cuestión es que, todo ese royo qué te avientan en ese tipo de lugares no iba conmigo, y decidí seguir mi propio camino. Mi padre no refuto, mi madre como siempre me apoyó, y así como me mude a la ciudad, y al estúpido edificio.

Al menos no tuve que comprar muebles nuevo.

Por exigencia de mi madre, mi padre me pasa un dinero mensualmente que no me ayuda para nada, tuve que conseguir una manera rápida, fácil y efectiva de hacer dinero.

Gracias a que conocí ya Matías, lo estaba haciendo. Muy discretamente, al menos hasta que me equivoque de teléfono y se lo conté por error a la persona menos indicada del lugar.

Dejé la guitarra en su lugar, y salí a la cocina.

Mi departamento es un asco de nuevo, necesito contratar a alguien que lo limpie. Tal vez le diga a la vieja ridícula de en frente que lo haga de nuevo por un par de billetes.

Tome mi teléfono de la barra, y llame a Matías, que no tardó en contestar.

—¿Qué onda, Matías?

—Hola, ¿que tal todo?

—Genial, ¿Cómo va eso?

—Ya quedó lo del desayuno para mañana.

Después de mi error, Matías se ha empeñado en hablar en clave.

Me caga, pero no puedo alegar.

​—Perfecto. ¿A qué hora llegan?

​—Ya están ahí. Los huevos ya están en el gallinero, bien acomodados. Son de los grandes, de los que buscabas para el negocio.

​—Excelente, ¿Están todos completos?

​—Sí, la docena viene exacta y sin ninguna cáscara rota. Tú dime cuándo pasas por ellos para que no se calienten, que ya sabes que este producto es delicado.

​—En unas horas paso por allá.

​—Aquí te espero. No te tardes que el patrón quiere que el gallinero quede limpio rápido.

—Si ya, primero necesito encargarme qué Ellen no vaya a delatarnos.

—¿Cómo se te ocurrió decirle?

—No es mi culpa, tuve un día de mierda con Julián en el estudió y quise llamarte a ti.

Fue un maldito error haber registrado su número en mi teléfono antes de llevárselo.

—Soluciónalo antes de que meta sus narices en esto—me dijo.

El tono que usó no fue firme, Matías así es, tiene un tono de voz suave, pero se perfectamente que eso fue una orden.

—Ya mismo lo soluciono antes de ir.

—Bien, nos vemos luego.

Colgó.

Si que estoy metido en un cagadero, lo del gimnasio solo fue una pequeña venganza por el polvo pica pica. Ahora se viene la verdadera amenaza.

Salí del departamento y baje a su piso, en el pasillo me encontré con Anna, la chica del 6-A. Me dio una sonrisa coqueta, antes de llegar a su puerta.

No lo voy a negar, ella y yo tuvimos una noche de diversión hace unos días, cuando subió a darme la bienvenida. Ha sido la única que me dio la bienvenida al edificio, y la manera que lo hizo fue la mejor.

Llegue hasta el departamento de Ellen, y toque la puerta viendo el trasero a Anna mientras desaparece en el interior de su casa.

La puerta de Ellen se abre, no obstante no es ella quien me recibe.

—¿Hola? ¿Tu quien eres?

La reconocí al instante, es la hermana loca de Ellen.

—No te interesa ¿esta Ellen?

—¿Para que la quieres?—recargo su peso en el marco de la puerta.

—Tenemos un asunto pendiente, así que date la vuelta y dile que venga.

—¿Qué asuntos?

—Asuntos privados, no seas metiche y llámala.

Ella sonrió, y me fue inevitable no fijarme en el lunar junto a su labio inferior idéntico al de la esquizofrénica de Ellen.

—Bueno, resulta que no está.




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