Melodías Desordenadas

Diecisiete

Ellen.

—¿Cinco más?

—No puedo—me detuve cerca de una banca a descansar—. Llegue a mi límite, no puedo más.

—¡Vamos!—Xavier también se detuvo—. Solo cinco más.

—Ve tú, yo ya no puedo—me senté en la banca.

Bebí de mi agua tan rápido que incluso sentí un dolor en el estómago, pero no me importo, necesito hidratarme.

—¿Tu me acompañas, Magnus?

Su respuesta fue un ladrido, y ambos se fueron corriendo a dar la vuelta al parque de nuevo.

Siento ese espasmo interno, un calambre que me quita el aliento por un segundo. Fue tan fuerte que incluso me lleve una mano al lugar e hice presión.

Mi móvil vibró, interrumpiendo la música en mi audífono un segundo.

Enrique:

Holaaaaa Ellen, bella.

Tengo un nuevo platillo que quiero añadir al menú pero necesito la opinión de mi cliente número uno.

Ellen:

Estaremos ahí en unos minutos.

Ernesto:

Perfecto, aquí nos vemos.

Recordé las palabras de Xavier. Saber que Mundo y Ernesto quieren estar en este logro tan importante en mi vida me sigue dando ganas de llorar.

Descubrí que, en el fondo quisiera que mis padres estuvieran ahí, que vieran que lo he logrado sin ayuda de nadie, que no fui lo que ellos dijeron, que no soy una fracasada.

Pero eso no es posible, dudo mucho que quieran saber de mi.

—¿Ya terminaste de correr?—pregunto una voz a mi lado.

Es Matías. Viene con su habitual ropa deportiva colorida.

—Ya, solo estoy esperando a Xavi y a Magnus qué se han ido a dar cinco vueltas más, yo ya no puedo.

Tomo asiento a mi lado.

El suspiro de cansancio que son te causó una risa entre ambos. La verdad es que Matías comenzaba a caerme bien, mucho mejor que el odioso de Prisco.

—Quero hablar contigo de algo—mantuvo la vista en mi sin perder la sonrisa—. Si tu quieres, claro.

—Si es sobre Prisco, la verdad no—rodé los ojos—. El otro día me hizo pasar una vergüenza en el gimnasio y aún sigo molesta.

—Tiene algo que ver con él, específicamente con esa llamada errónea qué recibiste.

—¿Qué llamada?

Volví a beber de mi botella al sentir la boca seca.

—La que te hizo por error cuando estabas de viaje.

—Ah, si. Estaba más dormida que nada.

—Escucha, no quisiera llegar a un punto crítico contigo—comenzó——. El punto es que… bueno, Prisco es mi amigo y ya tiene demasiados problemas que resolver. Es un experto en meter la pata sin ayuda de nadie, y me preocuparía que esa llamada terminara siendo gasolina para uno de sus arrebatos.

—¿El te mandó para que hablaras conmigo de eso?

—Sí, Prisco es muy inmaduro algunas veces.

—Si te soy honesta solo recuerdo su voz hablado de llevar no se que a no se donde y luego me llamó Matías, estaba dormida cuando me llamó.

—Aun así quiere asegurar que esa llamada no será un problema, teme que llames a la policía de nuevo.

—Creo que ya tuvo suficiente policía con pasar toda la noche encerrado cuando solo pague la fianza de Peter.

Ambos reímos con mi comentario.

Por eso me agrada Matías, con el puedo burlarme de su amigo sin que se enoje.

—Si, yo fui quien pagó la suya y esta bastante molesto por que solo pagaste la de Peter.

—Es un idiota.

—Bastante—rasco la barbilla—. Entonces, esa llamada…

—Tranquilo, planeo vengarme de Prisco de otra manera.

—¿Puedo saberla?

—Aún no tengo idea, pero en cuanto se me ocurra algo te aviso para que estés en primera fila.

—Me encantaría ver eso.

—Solo no le digas que planeo vengarme.

—No lo haré—se puso de pie—. Nos vemos después, Ellen.

—Adiós, Matías.

Justo en el momento que Matías se fue, Xavier ya estaba por completar la primera vuelta extra. Se detuvo de inmediato al ver a Matías irse.

—¿Qué quería?

—Qué no metiera a su amigo en problemas con la policía—Magnus puso sus patas en mi—¿Ya terminaron?

—No creo completar las otras cuatro—bebió de su agua.

—Bueno, vamos a desayunar, Enrique tiene un nuevo platillo y quiere que sea la primera en probarlo—me puse de pie.

A estas alturas de m rutina, el dolor de piernas es imperceptible.

El aire fresco de la mañana aún se sentía en mis pulmones, ese ardor gratificante que queda después de una las vueltas.

El sudor me empapa la nuca y ocupo con urgencia una ducha pero mientras caminaba hacia el local de Enrique, la adrenalina me mantenía en un estado de calma absoluta.

—¿Ye te dieron la fecha para la firma?

—Sí, cada vez está más cerca.

—¿Eres consciente de que tu nuevo libro va a estar en las manos de cientos de personas en poco tiempo?

—Ni me lo digas, a ratos me parece un sueño y a ratos un ataque de pánico —admití, soltando una pequeña sostenía la correa de Magnus—. Pero estoy lista. O eso creo.

Xavier se detuvo un segundo antes de abrir la puerta del establecimiento, mirándome con una sinceridad que me desarmó.

—Deberías estarlo, yo más que nadie se que desde pequeña te has esforzado. Estoy muy orgulloso de ti, de verdad.

Le devolví la sonrisa, sintiendo un calor en el pecho que no tenía nada que ver con el ejercicio.

Entonces note algo que no estaba ahí antes. Un letrero que Justo al lado del marco de la puerta, un letrero de madera pulida con una huella grabada anunciaba con orgullo: Pet-friendly.

​Me detuve un segundo, sorprendida. Sabía lo difícil que era gestionar eso en esta zona de la ciudad.

​Enrique, que estaba terminando de organizar unos pedidos sobre la barra, notó mi mirada fija en el cartel. Se acercó un poco más, aprovechando que Xavier estaba distraído revisando unos mensajes en su teléfono y que Prisco seguía ahí, fingiendo que no le importaba mi indiferencia.

​—¿Te gusta? —susurró Enrique, inclinándose sobre el mostrador con una complicidad que me hizo sonreír—. Me tomó meses de papeleo y un par de discusiones con el ayuntamiento, pero al final fue bastante fácil conseguir los permisos. Resulta que el inspector es fanático de los perros… y de mis panecillos de canela.




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