Prisco
—¡¿Cómo que siempre no haremos el acústico?!
—Hablas como si tu fueras el que lo toca.
—¡¿Qué tienes en la cabeza?! ¡Ya estaba organizando todo para agregarlo a tu estúpido álbum!
—No me tienes que gritar, te escucho perfectamente, no habrá acústico y punto.
Julián dejó caer la tableta sobre el escritorio con un golpe seco que resonó en todo el estudio. Se frotó las sienes, inhalando aire como si tratara de no perder los estribos, aunque sus ojos inyectados en sangre decían lo contrario.
—A ver, creo que escuche mal ¿Que no vas a hacer qué?
—No habrá acústico, Julián. Olvídalo.
Su rostro pasó de la palidez al rojo en tres segundos.
—¿Perdona? —Julián soltó una carcajada sarcástica, carente de cualquier pizca de gracia—. Me estuviste rogando. Te dije que era una pérdida de tiempo, me convenciste de que veríamos qué pasaba, ¿y ahora que ya moví cielo y tierra me sales con que siempre no?
—Simplemente ya no quiero hacerlo —respondí con una calma que irritó a Julián—. El álbum está bien como está.
—¡No es que esté bien, es que eres un irresponsable! —Julián se puso en pie, señalándolo con el dedo—. Siempre es lo mismo contigo. Me llevas la contraria solo por el placer de hacerme trabajar doble. ¡Te di tres días, y luego dos semanas! ¡Te di dos semanas y no pudiste hacer un estúpido acústico! ¡Eres un irresponsable, te encanta fingir que sabes sobre esto y cuando te enfrentas al micrófono y te das cuenta de que no tienes nada que decir, te echas para atrás!
Julián caminó hacia la consola de mezclas, borrando con un gesto violento la carpeta vacía que llevaba el nombre del proyecto acústico.
—Ya deja de llorar y mejor ponte a hacer publicidad para el lanzamiento.
Ni siquiera me inmute ante su berrinche.
La realidad es que no había podido hacer nada, pero Julián no tiene porque saberlo.
—Mejor así —masculló Julián, volviendo en si—. Al menos no tendré que explicarle a la disquera por qué mi artista estrella decidió ponerse sentimental de repente.
—¿Sentimental? Fui yo quien se negó a cantar las basuras sentimentales que tenias.
—Sal de aquí, Prisco.
—No me puedes correr.
—Claro que puedo, es lo que estoy haciendo.
—No me voy a mover hasta que me muestres como están llevando la publicidad de mi disco—espere molesto.
—De eso se encarga la disquera, tendremos una reunión con ellos para ver como manejar todo eso.
—Perfecto—me recargue en el asiento—, aun así de aquí no me muevo.
El sonido de mi teléfono interrumpió a Julián, con una señal le indique que se fuera y no estuviera de metiche cuando respondí.
—¡Hola, hermanito hermoso!
—Hola, Sabrina.
—Oh, ¿estas enojado?
—¿Yo?
—Si, ¿Quién más?
Sonreí.
Sabrina es la única mujer en el mundo que me hace sonreír.
—He tenido un día no muy bueno—admití.
—¿Por qué?
—Cosas del trabajo, ¿tu que me cuentas? ¿Cómo van tus estudios?
—Bien, el otro día papá organizó una cena porque fui la mejor de mi clase—murmuró, sin un gramo de entusiasmo—. Ambos están orgullosos de mi.
—Pero tu no estas orgullosa de ti.
—A ti no te lo puedo negar—soltó un gran suspiro, antes de que un sonido se escuchara a través del teléfono—. Me gusta la carrera, y soy buena en ello, pero no es lo que realmente me gustaría ser.
—Díselo a papá, y listo. No creo que reaccione como cuando le dije que no sería parte de su estúpido equipo de seguridad.
—Es que no quiero decepcionarlos—murmuró, como si no quisiera que nadie más escuchará—. Papá esta demasiado orgulloso de mi, presume con sus amigos que seré la mejor abogada del país, y no se si pueda serlo.
—Sabrina, si tu quieres, puedes ser la mejor abogada del mundo—me acomode mejor en la silla viendo a Julián observarme sin quitarme la vista—. Pero si no es lo que realmente quieres tienes que decírselo a papá, o a mamá. Ella te va apoyar sin importar que diga papá.
—A veces quisiera ser más como tu.
—No, no quisieras ser como yo.
—Si, tu nunca tuviste miedo de decepcionarlos, te revelaste hasta que papá accedió y siento que si a mi me dice que no, no tendré otra opción.
—Yo hablaré con papá, no te preocupes.
—No.
—Lo haré.
—Prisco no, no te llame para que hables con mi padre.
—¿Entonces para que?
—Es que, ayer por la noche estaba sola en casa, y vino un hombre a buscarte.
Me tense de inmediato al escuchar sus palabras.
—¿Un hombre? —logré articular, aunque mi voz sonó extraña, carente de esa seguridad que siempre finjo tener frente a ella.
Maldita sea. Pensé que el pasado era como una piel vieja que uno puede simplemente mudar y dejar tirada al otro lado de la frontera.
—¿Le abriste? ¿Papá estaba ahí? Por favor dime que no dejaste pasar a un desconocido.
—Tranquilo, desde que te fuiste papá contrato a Mark como mi seguridad personal, y papá no estaba en casa.
—Sabrina…
—Mark lo recibió afuera, le dijo que venía a buscarte a ti.
—No te preocupes, debe ser alguien de la universidad—le dije, intentando que mi tono recuperara su ligereza habitual, aunque por dentro sentía que el suelo se abría bajo mis pies.
—Lo vi por la ventana, parecía molesto por algo.
Al cerrar los ojos, no podía dejar de pensar en esos billetes que se quedaron en la comisaría. Ese dinero no me pertenecía, y en ese mundo, perder lo que no es tuyo se paga con algo más que intereses. La policía me había dejado limpio de los bolsillos, pero me había dejado sucio frente a un hombre que no acepta excusas legales.
El jefe de Matías no era alguien que enviara cobradores de facturas; enviaba mensajes que dolían.
—No es nada malo, en serio. Seguro es algún malentendido.
Hice una pausa, apretando el puño hasta que los nudillos me quedaron blancos. La imagen del jefe de Matías rondando mi casa me quemaba por dentro.
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Editado: 01.04.2026