Ellen
La editorial ha decidido que el teatro de la ciudad sería la cede del evento más desastroso del mundo. Una de dos, o nadie venía y quedaba como estúpida, o esto se saldría de control antes de iniciar.
—¿Y? ¿Qué tanto piensas?
—Que esto va a ser el mayor desastre de mi carrera.
Linda me miró, a través de sus anteojos perfectos y elegantes.
Esta mañana apareció, muy emocionada porque la editorial ya está finalizado los detalles de la firma. Cuando me llamó y me dijo que tenían casi todo listo me dieron ganas de aventarme por mi balcón.
—No necesariamente tiene que ser un desastre—comentó Xavier.
Ambos estamos de pie, en medio de la tarima, rodeados de gente de Bidika qué preparan todo para mañana. Sugirieron tener un ensayo, y yo pregunté ¿Un ensayo de que?
Al final, solo estamos aquí, viendo como decorar todo conforme a la temática del evento.
Y yo ni siquiera he pensado lo del contrato se renovación.
—No visualizo que esto pueda salir bien—murmure.
Xavier pasó su brazo por mis hombros, dándome un abrazo que sinceramente me hizo sentir mejor.
—Es tu sueño, Ellen, y estas a nada de cumplirlo.
—Este lugar tiene capacidad para doscientas personas—dijo Linda con la vista en el teléfono—, con Jeyson pensamos en hacer entradas digitales para las personas que quisieran venir, y publicar en las redes de Bidika un pre-registro para tener un control.
—¿Vendieron entradas?
—No, solo era para tener un mayor control del evento—quitó la vista del móvil y me miró—. Habíamos planeado que las primeras doscientas personas que se registraran serían las que obtuvieron un código para poder ingresar. Pero hubo un error en el sistema, y con tan poco tiempo para organizar esto Jeyson decidió que entregaría brazaletes a las primeras doscientas personas que llegarán.
Se supone que esto debería ser motivo de alegría, debería ser motivo de celebración. Lo único que siento en mi estómago es nada.
Sigo sin encontrar eso que llene el vacío que hay en mi interior.
Nadie me advirtió que cumplir mis sueños se sentiría así.
Nada.
Vacío.
No entiendo que es lo que me falta, estoy a un paso cumplir uno de mis sueños y no siento la alegría que debería.
—Brazaletes... —murmure.
—Así no habrá problema cuando el stand de la editorial abra para que las personas compren tu libro antes de la presentación.
En mis manos sostengo la hoja con el cronograma de la firma de libros, horarios confirmados, el diseño de la preventa exclusiva, mi nombre en una tipografía elegante que se supone debería hacerme saltar de emoción.
En cambio, solo siento un eco sordo.
—¿Te parece si colocamos un sofá por aquí—señala el espacio vacío a un lado mío—. La mesa donde vas a firmar por aquí... —señaló en centro de la tarima—. La decoración puede ser en tonos rosas, luces rosas o amarillas, la pantalla un fondo rosa con nubes... si. Ya lo visualizo, se vería genial ¿qué opinas?
Me quedé en silencio procesando aun que firmaría doscientos libros, decientas personas, doscientos lugares.
He pasado años imaginando el peso de la pluma en mi mano mientras firmo la primera página de un ejemplar que alguien compró con ilusión. Y ahora que está aquí, el sueño se siente extrañamente ligero, como si fuera de papel y el viento pudiera llevárselo en cualquier segundo.
No es que quiera más ventas, o más fama, o un contrato más grande. No es ambición lo que me quema por dentro; es esta desconcertante falta de peso. Me miro al espejo y busco a esa Ellen que lloraba de alegría con el primer correo de aceptación, pero solo encuentro a una extraña que cumple horarios.
¿Por qué el éxito se siente como un vacío?
—Ellen—la voz de Xavi me trajo de vuelta—¿qué opinas?
—Si, es... me gusta la idea.
—¡Imagínate el constante hermoso que haría el rosa con tu cabello azul!
—No lo imagino.
—Bueno, pero lo veras en unas horas.
Cada movimiento me parece un error en potencia. Siento que, en cualquier momento, el barniz de profesionalismo se va a cuartear y todos verán que lo que están celebrando es una fachada.
Xavier me soltó, y comenzó a aportarle ideas a Linda sobre como a acomodar cada cosa para la presentación, mientras a mi me invade esa certeza amarga de que soy una impostora.
La editorial ha construido un pedestal de cartón piedra para mí, pero por dentro, mi realidad es un desastre que no sale en las solapas de los libros.
¿Cómo puedo estar aquí, representando el éxito, cuando por dentro mis emociones son una habitación en ruinas? Mi vida personal es un nudo que no sé desatar, un desorden de silencios y decisiones mal tomadas, y me aterra que, en cuanto abra la boca para agradecer a los lectores, todos noten que la escritora que admiran es solo alguien que apenas puede mantenerse en pie.
—Va a ser algo histórico, Ellen —la voz de Linda me saca de mi trance. Ella brilla con una confianza que me resulta ajena—. La editorial está apostando todo por ti. Los números de la preventa son ridículos, ¡en el buen sentido! Eres nuestra apuesta más fuerte este año.
Asiento mecánicamente, intentando que mi sonrisa no parezca una mueca de dolor. Ella sigue hablando de logística, de lo "genial" que será la recepción, de cómo mi nombre ya suena en todos lados. Para ella, soy una inversión segura; para mí, soy un castillo de naipes en medio de una corriente de aire.
—Por cierto —dice Linda, bajando un poco el tono y acercándose con complicidad—, ¿tuviste oportunidad de revisar el contrato de renovación? Los términos son inmejorables.
El aire se vuelve pesado.
—No... todavía no.
Linda me mira con una mezcla de sorpresa y pragmatismo profesional. Me pone una mano en el hombro, un gesto que debería ser reconfortante pero que se siente como una cadena.
—Piénsalo bien, Ellen. Firmar esa renovación significa tres años de trabajo seguro. Tres años de estabilidad en una industria que es un caos. Es una oportunidad que cualquier autor mataría por tener.
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Editado: 13.04.2026