Prisco.
El aire acondicionado de la sala de juntas de la disquera vibraba con un zumbido que me taladraba los tímpanos.
Había tenido que posponer para hoy la estúpida junta todo porque a la estúpida de Ellen se le ocurrió bañarme con talco de bebé justo antes de mi reunión.
Pero eso no se va quedar así, me voy a vengar y va desear nunca haber iniciado esta estúpida guerra.
Sobre la mesa de cristal, un cheque descansaba frente a mí.
Era la cifra pactada; la segunda parte del adelanto por haber entregado los masters. Se ve impecable, con el logo de la empresa en una esquina, pero en ese momento me pareció más un recibo de compra-venta que un premio a mi esfuerzo.
—Ahí lo tienes, Prisco. Todo en orden, tal como dice el contrato —dijo el ejecutivo, un tipo de traje impecable que no había escuchado ni media canción mía sin mirar el reloj—. El álbum está listo. Ahora, nosotros nos encargamos de que el mundo lo escuche.
Asentí, guardando el cheque en el bolsillo de mi chaqueta sin mucha ceremonia.
Es el momento.
—Sobre eso —dije, apoyando los codos en la mesa—, tengo alginas bocetos para la campaña visual. He estado pensando en una narrativa de diferente para las redes sociales. Algo crudo, sin tanto filtro. Podemos hacer intervenciones en espacios públicos.
Abrí mi carpeta, listo para mostrarles las ideas que me habían quitado el sueño durante todo el fin de semana. Las estupideces visuales que Julián me mostró fueron como un vómito visual, nada comparado con lo que yo tenia en mente.
Pero el ejecutivo ni siquiera bajó la mirada a mis notas.
—Prisco, hijo, agradecemos tu entusiasmo —me interrumpió con esa maldita sonrisa que usan los que creen que el arte se mide solo en gráficas de Excel—. Pero ya tenemos una estrategia de marketing digital aprobada. Vamos a enfocarnos en los trends de TikTok que están funcionando ahora. Nada de conceptos complejos. Necesitamos que la gente baile el coro del primer sencillo, no que se ponga a descifrar "mensajes visuales".
—No es solo un coro, es el concepto del álbum completo. Si lo vendemos como algo genérico, se va a perder entre todo lo demás. Mis ideas son originales, le dan una identidad que...
—Son arriesgadas —soltó una voz a mi lado.
Me giré hacia Julián.
Mi manager.
El hombre que mi padre había puesto a mi lado para cuidar mis intereses, aunque cada día me quedaba más claro cuáles eran esos intereses.
Julián ni siquiera me miró a los ojos, estaba demasiado ocupado asintiendo a todo lo que decía el tipo del traje.
—Tienes que entender, Prisco —continuó Julián con ese tono de voz que pretendía ser razonable pero solo sonaba a un imbécil hablando—. La disquera sabe lo que hace. Ellos están poniendo la inversión en la publicidad. No podemos llegar a imponer ideas que no han pasado por un grupo de enfoque. Tu trabajo es cantar y vernos bien en las cámaras cuando esté álbum debute. Deja que los profesionales se encarguen de los números.
—¿Los profesionales? —repetí, sintiendo que el cheque me quemaba en el bolsillo—. Se supone que tú estás aquí para apoyarme a mí, no para llevarme la contraria.
Julián finalmente me miró, y vi en sus ojos esa frialdad de quien ya ha cobrado su comisión.
—Estoy aquí para asegurarme de que tu carrera sea rentable, no para cumplir caprichos creativos que podrían costar miles de dólares en pérdidas. Acepta el pago, acepta el plan y sonríe para la foto. Es lo que tu padre espera de nosotros.
El silencio que siguió fue denso.
El ejecutivo volvió a juguetear con su pluma, Julián revisó su teléfono y yo me quedé ahí, sentado frente a dos hombres que veían mi alma como un código de barras.
Había cobrado, sí. Pero al mirar la mesa de cristal, lo único que vi fue el reflejo de alguien que acababa de entregar las llaves de su propia casa a unos desconocidos.
—Está bien —dije, cerrando mi carpeta con un golpe seco que resonó en la sala—. Hagámoslo a su manera.
La estúpida voz de Ellen volvió a mi cabeza como un martirio, sus estúpidas palabras no dejaban de darle vuelta a mis oídos «No dejes que nadie te diga como hacer lo que quieres hacer»
Esto no se va quedar así, solo porque ahora necesito este impulso que ellos me están dando, pero una vez tenga lo necesario haré las cosas a mi manera si pedirle permiso a nadie.
El ejecutivo sonrió, satisfecho por haber domado a la fiera, y Julián me dio una palmadita en el hombro que me dio náuseas. Para ellos, yo acababa de entrar en razón. Para mí, acababa de vender el envoltorio de mi regalo más preciado.
Pero esto es solo el principio.
Salimos del edificio y el sol de la tarde me pegó de frente, obligándome a ponerme las gafas oscuras.
Aunque su estúpido plan de Marketing no me agrada, ya puedo saborear el sabor de la fama y riqueza cuando mi álbum esté en el top 1 de los más vendidos a nivel mundial.
Julián empezó a hablar de la agenda de la próxima semana, de entrevistas y sesiones de fotos para promocionar, pero su voz se convirtió en ruido blanco.
Mi mano derecha seguía dentro del bolsillo de la chaqueta, acariciando el papel del cheque.
Ese papel no era solo música; era libertad. O al menos, una versión metálica de ella.
«Un auto», pensé de inmediato.
Visualicé un motor rugiendo, el olor a cuero nuevo y la posibilidad de desaparecer de esta ciudad sin tener que pedirle permiso a nadie ni tener que pagar un maldito taxi.
Un auto significaba estatus, significaba que ya no era el niño que llevaban y traían en servicios pagados, o andando. Era la prueba tangible de que mi carrera esta a punto de despegar, aunque por dentro me sintiera estrellado.
Entonces, la imagen de Matías cruzó mi mente como una ráfaga fría.
Recordé el tono de su voz la última vez que hablamos, esa calma peligrosa de quien sabe que tiene la sartén por el mango. Le debía dinero.
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Editado: 08.05.2026