Melodías Desordenadas

Veintitrés

Helloouu, guys, que tal, como están?
Yo super bien, feliz de poder actualizar después de unas semanas donde literalmente apenas podía dormir de lo ocupada que estuve.

Antss de leer el capítulo, quiero aclarar, no lo había subido antes (por que tenía muchas cosas que hacer jajaj) y porque dudé en subirlo por temas de copyright, ya que en mi cabezita delulu este capítulo contiene canciones que obviamente actualmente es difícil utilizar por temas de derechos de autor hacia los artistas.

Pero luego dije, mmm, yo no obtengo un beneficio de esto así que ¿por qué no?
Así que espero que disfruten tanto de esto igual que yo.

Y pues solamente aclarar que no tengo los derechos de las canciones, pero son canciones que siento yo les va perfecto. A fin de cuentas, el libro esta relacionado con la música.

Pd: Le hice una Playlist, pronto estará lista.

Así que nada, disfruten.

Graciass❤️

***

Prisco.

—¡Priscooooooooo!

Sentí unas manos encajándose en mi costilla, y empujándome una y otra vez.

—¡Despiertaaaaa!

—Ya cállate, Sabrina.

Quité sus manos de mi cuerpo, y alce el edredón hasta mi cara. Pero Sabrina no es una persona que se esté tranquila.

—Hermanooooo, levántate—me volvió a sacudir—hay un chico en la puerta que quiere hablar contigo.

—Dile que se largue—mascullé con la voz ronca, hundiéndome más en la almohada—. No estoy para nadie. Dile que me morí.

Seguramente es Peter y ahorita no estoy para soportar su fea cara de niño bueno.

—Es que dice que es importante—me sacudió una vez mas—, sobre un dinero que le debes.

Traté de incorporarme de golpe, pero mis piernas se enredaron con las sábanas y el impulso me llevó directo al vacío. Perdí el equilibrio por completo.

​Terminé en el suelo, golpeando el piso con la cadera y el hombro.

Me quedé sentado en la alfombra, respirando agitadamente, con el corazón queriendo salírsele del pecho y los ojos abiertos de par en par, mirando a mi hermana desde abajo.

​Sabrina dio un paso atrás, asustada por mi reacción tan violenta.

​—¿Qué te pasa? —preguntó, mirándome como si me hubiera vuelto loco.

​Yo no respondí. Sentía la boca seca.

Las palabras de Matías volvieron a mi mente: «No puedes salirte así como así».

El sobre ya se lo habían llevado. ¿Quién demonios estaba afuera? ¿El Jefe había mandado a alguien más? ¿O era Matías que venía a cobrarme el “interés” con mis propias manos?

A la mierda.

La amenaza de Matías me la paso por el arco del triunfo. Ha seguido llamando, tanto que ya me tiene harto.

Y ahora esta en mi puerta de nuevo.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Nada.

Me puse de pie de inmediato, arrojando las cobijas a la cama con búsquedas. Caminé a zancadas a la puerta, pero antes me detuve a ver a mi hermana.

—Quédate aquí.

—¿Por qué? ¿Quién es el?

—Nadie. Solo no salgas.

—Es el chico del otro día ¿Verdad? El que vino con el hombre grandote.

—No es nadie, Sabrina. No salgas.

—Prisco, prometiste no meterte en esto de nuevo.

—Y pienso mantener mi promesa, pero, por favor, por lo que más quieras no salgas. No quiero involucrarte en esto y suficiente tengo con que ya te hayan visto.

—No soy una niña…

—No quiero ponerte en peligro, ¿Vale?—admití.

Si algo le pasa a mi hermana por mi culpa jamás me lo perdonaría.

—Por favor, no salgas de mi habitación. Pase lo que pase, escuches lo que escuches, no salgas, y pon el pestillo a la puerta.

Sabrina me miro desde la cama, muy seria.

Se que se preocupa por mi pero esta mierda tengo que resolverla yo.

—Bien, no saldré.

—Promételo.

—Prisco…

—Promételo, Sabrina.

Bajo la vista un momento, antes de asentir.

—Lo prometo, hermano.

—Bien.

Salí al pasillo, y solo cuando me asegure que si había puesto el seguro de la puerta, fui directo a la entrada.

Cuando abrí la puerta, Matías estaba de pie, con su habitual atuendo deportivo. Alzó la mirada y dejó caer sus brazos a sus costados.

—¿Qué mierda quieres?

—Te he estado llamando.

—¿Y que parte de déjame en paz no entendiste?—brame antes de que pidiera reclamar—. No te debo ningún dinero ya, así que dile a tu maldito jefe que me deje en paz.

—No es tan fácil salir de esto, Prisco.

—Ya te dije que no me importa, no lo voy hacer más.

Empujé la madera con fuerza, queriendo cerrarle la puerta en la cara y sepultar todo esto, pero Matías reaccionó rápido. No usó la fuerza; simplemente metió el pie y apoyó la palma de la mano contra la superficie.

​—No es tan fácil, Prisco —soltó.

Su voz no tenía ese tono amenazante o burlón de antes. Sonaba ronca, casi en un susurro desesperado

—Entiéndelo. El Jefe nos tiene a ambos en la mira. A ti por creerte intocable, y a mí por no haberte controlado antes. Si tú caes, yo caigo contigo.

​—¡No me importa! —le grité, empujando con más saña. Mis músculos temblaban—. Ese es tu problema, no el mío. Yo ya pagué. ¡Saca el maldito pie de mi puerta!

​Matías no se movió. Ejerció la presión justa para mantener la puerta abierta, y por primera vez, lo miré a los ojos de verdad. Ya no había malicia en ellos.

Lo que vi fue a alguien que estaba tan atrapado en esa red como yo, alguien que también estaba tocando el fondo del pozo.

​—Un último trabajo, Prisco —dijo, y su voz tembló ligeramente, una súplica disfrazada de trato—. Solo uno. Hacemos esto… y nuestra deuda estará saldada para siempre.




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