Camino por el pasillo con el móvil en silencio para no molestar al resto de las personas. Escucho la puerta cerrarse de nuevo detrás de mí. Pruebo algunas puertas que están cerradas hasta que doy con las escaleras de emergencias abiertas. Son una escaleras rojas con pintura en el suelo haciendo una división de las escaleras. Hago algunas respiraciones que me ayudan a calmar mi temperamento.
Descuelgo la llamada, que ha vuelto a sonar en mi búsqueda de un lugar para atenderla. Tomo aire y suelto lentamente mientras lo acerco a mi oreja y me apoyo en la baranda mirando hacia al final de las escaleras. Al abismo mismo.
- ¿Qué? – digo de la forma más seca y dura posible, en español es más detonante.
-Así es como le contesta a tu novio – dice la otra voz en el mismo idioma.
- ¿Mi novio? – suelto una carcajada seca sin gracia -. Exnovio querrás decir, creo que te lo deje claro cuando tire toda tu ropa por la ventana cuando te descubrí con aquella chica hace ya ocho meses Miguel, así que no me vengas con tonterías.
-Sabes que solo fue una vez, y me arrepiento – baja la voz, dejando una connotación de arrepentimiento -. Por favor Emma, sabes que eres lo mejor de mi vida, el amor de mi vida yo...
-Entonces tendrás muchas vidas como los gatos, porque tienes más de un amor por lo que veo – me tapo con la gorra ocultándome las escaleras de mis ojos, unos ojos que siguen derramando lagrimas por quien no se lo merece -. Estoy agotada de oírte, por favor, déjame ya, olvídate de mí y busca a otra con la que vivir. Tienes prohibido la entrada a mi edificio, he cambiado la cerradura de mi piso, así que olvídate de intentar entrar y no vengas jodiendo con que tienes cosas, ya lo tiré todo por la ventana a una cuba que había abajo, así que ve al depósito municipal y busca allí.
La puerta se abre a mis espaldas, espero ver a Ana cuando levanto la mirada hacía allí, pero solo puedo ver un cuerpo con una camiseta de tirantes negras y una gorra, mis ojos llenos de lágrimas no me dejan ver quien es. Vuelvo a bajar la mirada a las escaleras de más abajo para seguir hablando olvidándome de lo que están diciendo al otro lado de la línea.
-Elimina mi número de teléfono y ahórrate el venir a mi empresa, también estas vetado, tú y todos los que te rodean – me seco las lágrimas con el filo de mi camiseta que levanto, armándome de todo el valor que tengo -. Has firmado tu sentencia Miguel López.
Tras eso cuelgo la llamada y dejo. derrotada, caer la cabeza entre los hombros. Tengo que reincorporarme, recuperar las energías que acabo de perder en un segundo. Aunque hayan pasado ocho meses sigue doliendo como una mierda. Me duele el alma, me duele el cuerpo por estar en alerta y me duele…
- ¿Todo bien? – su voz fuerte, con preocupación resuena en las escaleras cuando habla en coreano,la persona que había entrado, como me he podido olvidar de ella.
Levanto la cabeza antes de contestar y lo veo, el putísimo Christopher Bang Chan, a mi lado observando como mis ojos hinchados sueltan las últimas lágrimas. Genial.
-Si, solo me han dicho que mi cucaracha ha muerto, por fin – digo volviendo a bajar la cabeza intentando sonar graciosa en coreano, para que pueda comprenderme -. No te preocupes son cosas, que tenía que haber solucionado antes de venir.
Se apoya a mi lado con los brazos en la baranda del rellano rojo, observando lo mismo que yo, en un silencio envolvente con la necesidad de romperlo, con algo, no puedo tener este silencio ensordecedor.
-Hace ocho años cuando os descubrí, apenas estaba saliendo de un cascarón lleno de espinas – comienzo a contarle -. Cierto es, que siempre he oído música, que estaba en mi carrera soñada, después de muchos baches. También hay que destacar que cree mi propia empresa, en un mundo donde la mujer no tiene cavidad – suelto el aire lentamente -. Sé que te lo habrán dicho muchas personas, pero necesito que lo sepas – digo mirándole a los ojos directamente -. Inspiras a las personas Christopher, inspiras a creer en si mismas, a luchar cada día, a mejorar y a creer en sus sueños – levanto una ceja y sonrío -. Mira hasta donde me ha llevado querer perseguir mi sueño – me sujeto de la baranda dejando caer mi cuerpo hacia atrás, toda la extensión de mis brazos y mi cabeza mirando hacia las escaleras de arriba -. A veces, sorprendo a mí misma el como he llegado hasta aquí - giro mi cara hacía que me observa sin moverse -, pero después miro a mi profesor y digo, obviamente, tengo al mejor enseñándome el camino – me rio y eso hace que sonría -. No te pongas cursi, solo quería que lo supieras, por eso estáis los tres arriba de la pirámide, no por guapos, ni por cantantes, sino por lo que me habéis enseñado cada año.
Me vuelvo acercar a la baranda con la fuerza de mis brazos y doy dos palmadas cuando me encuentro en toda mi altura. Se incorpora a la vez mirando como dejo caer las manos y sonriendo, pero antes de que pueda decir algo más, me abraza. Fuertemente, me abraza. Estoy quieta cuando el calor de su cuerpo traspasa las telas que nos separa. Sujeta mis brazos y los acerca su cuerpo, para que lo abrace también, lo hago, como si mi cuerpo necesitará un momento de paz. Se calma, toda la tensión de mis hombros se disipa, el olor a hombre, sudor y a mar, me envuelve, recordándome a las playas de mi ciudad, al sonido de las olas. Escondo mi cara en su cuello, por puro instinto, y los minutos pasan a nuestro alrededor en un momento de paz, vulnerabilidad, sin sonidos más que el que viene de fuera.
-Gracias por tus palabras – dice en mi cuello, oculto también -. No esperaba que pudiera inspirar tanto, y verlo desde cerca asombra más.
El corazón me empieza a golpear fuerte, por lo que decido separarme con una sonrisa en los labios, un reflejo de la suya. Me ajusto la gorra mientras el calor cubre mis mejillas. Hacía meses que nadie me abraza de esa forma, con esa naturalidad, pero no esperaba menos de una persona que le encantan los abrazos.