Cuando salgo de mis pensamientos, me giro para ver el apartamento.
Lo primero que veo es el salón con un sofá de tres piezas en tono beige que descansa sobre una pared con un cuadro de notas musicales. Unas cortinas grises ocultan el ventanal por donde se puede vislumbrar algunas luces de lejos. Una televisión ocupa la pared de enfrente, bastante grande y de alta gama, una mesa con cinco sillas, nos da bienvenida al lado del mueble de la televisión, donde Ana ya ha dejado su mochila en una silla. Conforme ando puedo ver la cocina acoplada a mi derecha con una isla en medio para poder separar el espacio. Entre el salón y la cocina un pasillo donde se ven cuatro puertas.
Es bastante grande y amplio el sitio. Dejo mi mochila en otra silla y antes de seguir dejo mis zapatos en el mueble de la entrada junto unas zapatillas azules. Descalza camino por el pasillo hasta encontrar una de las puertas abiertas con Ana sentada en el suelo con la maleta abierta clasificando la ropa que colgará en el armario. Me dice cuál es la otra habitación para dirigirme allí, sabiendo que mi maleta ya la ha metido dentro.
Cuando abro me sorprende la cama tamaño grande que ocupa todo el espacio, un armario empotrado ocupa toda la pared de enfrente con dos espejos que van desde el techo hasta el suelo. Mi maleta al lado de un sillón de tela en tono beige junto una mesa pequeña. Me giro y cierro la puerta, ya descubriré el resto mañana o después.
Subo la maleta a la cama para abrirla mejor. Lo primero que saco son las zapatillas de correr, unas mayas cortas en negras que tienen un bolsillo lateral, el sujetador deportivo y una camiseta de rayas en azul y negra. Si mis camisetas de hacer deporte son las de los álbum. Son frescas y muy cómodas. Busco las bandas de boxeo, que por una iluminación divina decidí meterlas dentro rosas y negras.
Cuando salgo de nuevo por la puerta del apartamento con el móvil, los cascos envolventes en el cuello, la tolla colgada del hombro y una botella de agua de la nevera, siento que es el mejor momento del día. Ver y probar un gimnasio nuevo, fuera de mi ciudad. Sin nadie, espero por ser las horas que son.
Paso por delante de la puerta del líder para ir al ascensor y subir al gimnasio. Dudo si llamarlo por si se quiere venir. Levanto la mano para tocar, pero como si alguien tirará de mí, me alejo subiendo los casos a mis orejas evitando todo el sonido posible de mi alrededor, los conecto al móvil y busco mi lista de entreno con todo la música que me hace vibrar.
Las puertas del ascensor se abren y entro pulsando la planta treinta. Compruebo las redes sociales, en lo que se cierran las puertas y subo a la planta del paraíso.
Las puertas se abren encendiéndose las luces del gimnasio.
Todo a la vista, directamente en él. Han cogido toda la superficie de la panta para crear este espacio. A mi derecha máquinas variadas, todas listas para usar, varias bancas con pesas en un soporte enumeradas. Desde la parte superior hasta la parte inferior, con grandes espejos que cubren la pared sin ventanas. Al otro extremo varios sacos de boxeo cuelgan del techo, con diferentes pesos y altura. A donde mis pies me llevan es al ring de boxeo que hay en el otro extremo, detrás de los sacos. Un espectacular ring a un metro de altura iluminado con varios focos en él.
Hago una inspiración fuerte y paso mis dedos por la tarima del sitio. El silencio inunda el sitio, solo la música que sale de mis cascos suena en mi cabeza. Cuadro mis hombros y voy directa a las máquinas de correr. Primero hago unos estiramientos que ayudan a mis músculos a prepararse, enciendo la maquina en una caminata suave para ir subiendo poco a poco el nivel. La toalla la he dejado junto la botella y el móvil al lado de la máquina. Voy subiendo la velocidad conforme aumento un poco la pendiente.
Al cabo de una hora el sudor empapa toda mi espalda, ya descubierta quedándome solo en las mayas cortas y el deportivo negro, voy caminando dando vueltas alrededor del saco de boxeo, manteniendo los músculos activos, que va a soportar toda mi energía mientras envuelvo mis manos en las cintas para evitar el daño en mis dedos. La música de un tecno inunda mis oídos con los altos graves que aturden cualquier mente. En mi caso solo me da más dopamina en cada acorde que suena.
Muevo el cuello cuando termino la mano izquierda poniéndome en posición. Un escalofrío cruza mi columna haciendo que mire detrás de mí. No hay nadie a simple vista, me bajo los cascos e intento oír algún ruido, alguna respiración. Nada. Me encojo de hombros y vuelvo a la postura para empezar a golpear el saco que es mi enemigo ahora mismo.
El fuerte dolor en los nudillos no tarda en llegarme tras los primeros golpes más fuertes de la cuenta. Cada movimiento lo acompaño con un juego de pies, que me va a cambiando del sitio, me agacho imaginando que alguien me golpea y vuelvo a golpear. Giro y le doy una patada. No puedo quedarme descalza solo con los calcetines, ya he aprendido de la última vez que lo hice.
Los golpes suenan cuando la canción cambia. El cansancio empieza asomar la cabeza detrás de mí, cuando en el último golpe me veo obligada a caer de rodillas delante del saco. Apoyo las manos en él evitando el retroceso y dejo la frente en él. Mi pelo recogido en una cola alta cae por mi cuello sudado. Mi cuerpo tiembla del gasto de energía. Mi respiración llega a mis oídos y los latidos de mi corazón se hacen presente en cada inhalación.
Cuando tengo algo más de control sobre mi cuerpo, caigo hacia atrás apoyando mis manos detrás de mí y colgando mi cabeza hacia atrás con los ojos cerrados. Con las piernas flexionadas las muevas abriéndolas y cerrándolas hasta chocar mis rodillas.
-Vale, eso ha sido demasiado intenso hasta para mí – pronuncio sabiendo que nadie me está oyendo, me quito los cascos que dejan salir la música ahora que no hay nada que lo interfiera -. Que gusto estar sola por fin.