Memoria Fragmentada

Cap 1. Silencio Oscuro

Historia corta

«Existimos en un mundo distinto al nuestro, aunque inquietantemente similar. Bajo una superficie de paz y semiperfección, todo es una máscara: un velo diseñado para ocultar la crueldad que late en el interior de quienes nos gobiernan».

Un año más. La misma coreografía de perfección, el mismo vacío de siempre. En nuestra casa, todo brilla con una limpieza clínica, pero de nada sirve tenerlo todo si las paredes parecen absorberte el alma. Me asomé por la ventana; afuera, el jardín lucía un verde irreal, milimétricamente podado. Allí estaban mi madre y mi hermana, posando para una paz que no sentíamos.

Era mi cumpleaños. Bajé las escaleras con el estómago rugiendo, más por ansiedad que por hambre, y tropecé de frente con mi padre. Él no me miró a la cara; en este sistema, el contacto visual directo se reserva para las auditorías de comportamiento.

—Buenos días, Maite —dijo, con la vista clavada en mis pies—. ¿Acaso el protocolo de saludo ya no te parece necesario?

—Hola... buenos días —respondí, encogiéndome—. Perdón por andar descalza.

En un mundo de "Normalidad Obligatoria", estar descalza era un acto de rebeldía involuntaria. Mi padre suspiró, pero por un segundo, su rigidez se suavizó.

—No pasa nada. Hoy llegaré temprano para el pastel que autorizó el consejo de nutrición... digo, el que hará tu madre —esbozó una sonrisa mecánica—. Estaré aquí.

—Gracias, padre. —Quise creerle, aunque sus promesas suelen desaparecer antes de que caiga el sol—. ¿Puede venir Emerson?

Su rostro se tensó. Emerson no encajaba del todo en los estándares de "ciudadano modelo" de mi padre.

—Sí, puede venir. Pero solo él. Y por favor... ponte zapatos. La decencia empieza por los pies.

Subí corriendo a mi cuarto, sintiendo una chispa de esperanza que no experimentaba desde que nació Sammy. Antes de ella, yo existía. Ahora, era una sombra en segundo plano, un error en el archivo familiar de mi padre.

Pasaron tres horas desde la hora establecida. En nuestra ciudad, la puntualidad no es una virtud, es una ley. Pero claro, tratándose de mí, el reloj parecía no importar.

—Tranquila, ya debe estar por llegar —dijo mi madre, forzando esa sonrisa de manual que usan las esposas perfectas. Me abrazó, pero su abrazo olía a resignación—. Sabes cómo son sus responsabilidades con el Culto de la Normalidad, mi amor.

—Ma, no lo justifiques. Siempre es lo mismo. —Las lágrimas, prohibidas y amargas, empezaron a rodar. En este mundo, llorar es admitir que el sistema falló—. Me voy a dormir.

La puerta se abrió de golpe. Por un segundo, mi corazón dio un vuelco esperando ver la figura autoritaria de mi padre, pero solo era Emerson. Traía un delfín de peluche y un ramo de orquídeas, objetos que parecían demasiado vivos para esta casa muerta.

—No estoy de ánimo para verte, ¡lárgate! —le grité. Sé que no fue su culpa, pero el dolor necesitaba un blanco.

Cuando cerré la puerta de mi habitación, no hubo un estallido, sino algo mucho peor: el Silencio Absoluto. En nuestra ciudad, el silencio no es paz; es una orden. Es un vacío diseñado para que no pienses, para que no sientas el latido acelerado de tu propio miedo. Me quedé quieta, escuchando cómo ese silencio se filtraba por las rendijas de las paredes blancas, devorando el eco de mis gritos. Era un silencio denso, como brea invisible, que se pegaba a mi piel y me recordaba que, en esta casa, el dolor no tenía permiso de existir.

Abajo, las voces de mi madre y Emerson no eran conversaciones, eran susurros mutilados por el miedo a ser escuchados por los micrófonos del sistema o por los vecinos siempre atentos a la "discordia".

Alcancé a escuchar susurros: —¿Qué sucede, tía? —preguntó Emerson con una tristeza que el sistema no lograba borrarle. —Lo de todos los años —respondió mi madre, y por primera vez, su voz sonó afilada—. Ese hombre solo alimenta el rencor en su propia hija. Entrégame eso, se lo daré cuando se calme.

El silencio era la máscara favorita de mi padre; él no necesitaba gritar para destruirme, solo necesitaba callar, desaparecer y dejar que el vacío hiciera el trabajo por él.

Me hundí en la cama, y entonces la oscuridad dejó de ser solo la falta de luz. Se volvió una presencia física. Era una negrura que no venía de fuera, sino que brotaba de mis propios recuerdos, apagando las luces de mi memoria una a una. Ya no escuchaba el viento ni el motor de los autos perfectos en la calle. Solo escuchaba el zumbido eléctrico de mi propia desesperación, un zumbido que se transformó en los lamentos de otros que, como yo, habían intentado gritar en un mundo que no lo acepta.

Ese silencio fue el que finalmente me rompió. No fue el golpe de una puerta, fue la falta de un "feliz cumpleaños", la ausencia de un abrazo y la aterradora quietud de una vida que se siente como una tumba decorada. Me encerré en mi cuarto mientras el silencio de la sala se volvía denso. Sin embargo, entre la oscuridad, surgió aquel momento... el día que mi tristeza se pausó.

—Sabes que esto que tenemos, así, a escondidas, es peligroso —me dijo él aquella tarde, bajo la sombra de los árboles donde las cámaras no llegaban—. Se van a dar cuenta tarde o temprano. No estamos siguiendo el emparejamiento asignado.

—Entonces cambiemos las reglas —le respondí con una sonrisa desafiante.

—¿En serio quieres ser mi novia? ¿A pesar de lo que diga el sistema?

Su abrazo fue lo último real que sentí. Ahora, todo es confuso. Estoy atrapada en un lugar donde la oscuridad no es física, sino mental. Me mata, me borra. Solo escucho ecos: llantos distantes, gritos de otros "defectuosos" y el murmullo constante de un sistema que no te deja morir, pero tampoco te permite vivir.




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