Memoria Fragmentada

Cap 2. Sueño Profundo

(Entrada en el diario de Samantha)

«En este mundo de orden y sonrisas obligatorias, la memoria es el único lugar donde me permito ser peligrosa. Porque recordar la verdad es el primer paso para destruir su perfecta mentira».

Narra Samantha

La vida fue injusta con nosotros, o quizás solo fue el tablero donde el destino decidió jugar sucio. Primero se llevó a mi tío Ricardo; luego, la salud de mi madre se desvaneció como humo, y finalmente, el accidente automovilístico terminó por romper lo poco que quedaba: mi hermana, Maite, quedó sumergida en un coma que duró seis eternos años.

Desde entonces, mi existencia ha sido la de una prisionera. Mi madre vive en una nebulosa de fe ciega hacia mi padre, pero yo guardo un secreto que quema. Yo no creo en la versión oficial del "accidente". Mis dudas tienen raíces profundas que se alimentan de lo que vi aquella noche.

23 de noviembre de 2013

Lo recuerdo con una claridad aterradora. Yo estaba en la cocina, saboreando una salsa de ciruelas, ajena al mundo, hasta que un grito desgarró el aire. No era un grito de auxilio, era un grito de rotura. Corrí hacia el pasillo y vi a Maite llorando, encogida, mientras mi padre se reía. No era una risa de alegría, era el sonido del metal rozando el pavimento: frío, cruel, inhumano.

Él tomó un jarrón de porcelana —uno de esos adornos "perfectos" que tanto amaba— y lo lanzó contra la pared, justo al lado de su cabeza.

—Lárgate de esta casa —le espetó con un odio que me heló la sangre—. Lo peor que me ha pasado en la vida es que existieras.

Le arrojó las llaves del auto a los pies.

—Vete para siempre. Pero recuerda esto: si te encuentro, conocerás el verdadero significado del dolor y el sufrimiento.

Me lancé hacia ella y la abracé, suplicando que no me dejara sola en esa casa de sombras. Maite solo me dio un beso tembloroso y cruzó el umbral. Esa fue la última vez que la vi de pie. Lo siguiente fue el hospital, el olor a desinfectante y el brillo de mil agujas clavadas en su cuerpo. Ella sobrevivió a la cirugía, pero mi felicidad murió esa noche al ver a mi madre consumida por el llanto y a mi hermana conectada a una máquina para poder respirar.

Mi padre no perdió el tiempo. Como yo era un testigo incómodo, decidió que mi "educación" requería un internado. Seis años de muros altos y uniformes almidonados de los que recién he podido escapar hace un año.

Esta tarde, el milagro ocurrió: Maite despertó. Pero el milagro vino incompleto. No puede hablar y sus ojos parecen atrapados en un laberinto de miedo. Los doctores caminan de un lado a otro con carpetas llenas de tecnicismos, sin saber si su situación empeorará.

Corría por los pasillos del hospital, buscando respuestas que nadie quería darme, cuando choqué con alguien. El impacto me sacó de mis pensamientos.

—Disculpa, no te vi —dije, sintiendo el calor de la vergüenza subir por mi cuello. Al levantar la vista, me quedé helada—. Espera... yo te conozco.

—¿Sammy? No puede ser... ¿de verdad eres tú? —Su voz tenía un matiz de alegría que no encajaba con el gris del hospital.

Era Emerson. Se había convertido en un médico asombrosamente joven, un rostro familiar en este mar de extraños. Pero mientras me sostenía por los hombros, una duda cruzó mi mente: ¿Qué hacía él aquí? ¿Estaba cuidando de mi hermana por amor... o era parte del sistema que nos mantenía vigiladas?




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