Memoria Fragmentada

Cap 3. Sufrimiento Continuo

(Entrada en el diario de Samantha)

«La peor mentira es la que se cuenta con una sonrisa de bienestar. En esta ciudad, el hospital no es un lugar para sanar, sino un taller para reparar ciudadanos defectuosos».

Narra Maite

El eco de un rasguño en la madera me devolvió por un segundo al pasado. Estaba acostumbrada al sonido de alguien trepando la casita del árbol junto a mi ventana; en ese entonces, el mundo era pequeño y el peligro se sentía lejano. Sabía que era Emerson.

—Sabes que no deberías estar aquí, te pueden ver —le dije en el recuerdo, mientras su abrazo me devolvía el calor que la casa me robaba.

—Eso no importa —me sonrió, desafiando las normas de vigilancia nocturna—. Solo importa que te traje un pedazo del pastel que hizo mi mamá.

—Me encanta. Gracias —susurré emocionada.

Pero el recuerdo se astilló. La oscuridad empezó a consumirme de una manera indescriptible, como si esos fragmentos de felicidad fueran lo único que me mantenía cuerda mientras algo más me eliminaba por dentro. ¿Sería posible soportar este vacío por mucho más tiempo?

Entonces, abrí los ojos.

No fue fácil; los párpados me pesaban como si estuvieran sellados con plomo y me ardían al contacto con la luz blanca y aséptica de la habitación. Cuando logré enfocar la vista y observar mi cuerpo, no me reconocí. Sentía que estos brazos largos y esta piel pálida pertenecían a una extraña. En mi mente, yo seguía siendo la chica que esperaba pasteles en una casita del árbol; por fuera, era una mujer rota.

Una joven hermosa me sonreía con una alegría desbordante, pero no lograba encontrarla en mis recuerdos. Todo era una niebla de gritos distantes y momentos estúpidos. Intenté gritar, pero de mi garganta solo salió un gemido seco.

—¡¿QUÉ SUCEDE?! ¡¿POR QUÉ GRITA, JOVENCITA?! —entró un enfermero con brusquedad, revisando los monitores con una eficiencia fría.

—Disculpe... es que mi hermana abrió los ojos. Estaba en coma —dijo la joven, visiblemente avergonzada por haber alterado el "orden" del hospital.

—Ya vendrá el doctor a revisar la situación. Espere un momento —sentenció el hombre antes de salir a paso rápido.

—Hermana, estarás bien —me dijo ella, tomándome la mano.

¿Hermana? Esa chica no podía ser mi Sammy. Sammy era una niña hace apenas un suspiro. Traté de hablar, de exigir una explicación, pero los sueros y las correas de sujeción me lo impidieron.

—¿Qué tiene, Emerson? —preguntó ella con angustia cuando él entró en la habitación.

—Es normal en su caso, no te preocupes —respondió Emerson con una sonrisa profesional que me dio escalofríos—. Solo son los sedantes. El protocolo del Sistema de Recuperación Ciudadana exige que los pacientes de larga duración consuman dosis altas de inhibidores. Se considera que, de esa manera, el trauma no afecta los tratamientos de "reintegración" que se le han hecho estos años.

"Tratamientos". "Reintegración". Las palabras sonaban a cárcel, no a medicina. Nada era real. Debía ser otra pesadilla.

La puerta se abrió de par en par y el aire de la habitación se volvió pesado, gélido. Mi padre entró.

Ya no vestía el traje sencillo de hace años. Ahora llevaba el uniforme impecable de seda oscura con el pin dorado del Consejo Superior. Se había convertido en el Alcalde de la Ciudad, el arquitecto de la "Normalidad" que todos estábamos obligados a adorar.

—Mi querida Maite —dijo con una voz cargada de una preocupación tan perfecta que resultaba insultante. Se acercó a la cama y puso una mano sobre mi frente, aunque sus ojos seguían siendo dos pozos de indiferencia—. El cielo ha escuchado nuestras plegarias por tu salud. La ciudad entera celebra tu despertar.

Se volvió hacia Sammy y Emerson, con la mandíbula tensa bajo su sonrisa de político.

—He supervisado personalmente su hospitalización bajo el régimen de "Privacidad de Estado". Nadie debe saber los detalles de su crisis inicial. Queremos que su regreso a la sociedad sea... impecable.

Me miró fijamente, y por un segundo, la máscara de Alcalde cayó y vi al hombre que me arrojó las llaves hace seis años. Su silencio volvió a ser ese vacío que me destruía. Estaba atrapada en su mundo, en su ciudad, y mi propio cuerpo era mi celda.




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