Dos meses más de fisioterapia habían obrado un milagro que los médicos del Consejo llamaban "eficiencia del sistema", pero que yo sabía que era pura fuerza de voluntad. Mis piernas ya no eran de mármol; ahora respondían, aunque con una debilidad que ocultaba bajo las sábanas. Había aprendido a fingir que todavía estaba lisiada para que bajaran la guardia.
Esa tarde, Emerson entró con su bata blanca impecable, el símbolo de su estatus en esta sociedad de castas. Su rostro se iluminó al verme sentada en el borde de la cama.
—Estás radiante, Maite. El Alcalde estará complacido con tu progreso —dijo, cerrando la puerta con ese clic metálico que siempre me recordaba que esto seguía siendo una celda de lujo.
—No me hables de él, Emerson —susurré, bajando la voz hasta que fue casi un aliento—. Hablemos de nosotros. De lo que planeamos antes de que el mundo se detuviera el 23 de noviembre.
Emerson se tensó y miró hacia la rejilla de ventilación, donde se escondían los sensores de audio. Se acercó a mí, sentándose tan cerca que podía oler el antiséptico de su piel.
—¿Te refieres a... la huida? —preguntó en un susurro apenas audible.
—Investigadores, Emerson. Lo dijiste aquella noche. Cruzar la frontera hacia las Tierras Externas, donde el sistema de emparejamiento no existe y donde la ciencia no es un culto a la normalidad —le tomé las manos, fingiendo una vulnerabilidad que lo desarmó—. Me amabas lo suficiente como para dejarlo todo. ¿Ese hombre todavía vive dentro de este doctor perfecto?
—Ese hombre nunca murió —respondió él, y por un segundo, la máscara de frialdad del hospital se resquebrajó. Sus ojos brillaron con la intensidad del chico que trepaba a mi casita del árbol—. He estado guardando suministros, Maite. Identificaciones falsas que el sistema de tu padre no pueda rastrear. Pero es arriesgado. Si nos atrapan, no habrá más comas; habrá "borrado de conciencia".
—No nos atraparán —mentí con una seguridad que no sentía.
Necesitaba que él confiara plenamente. Necesitaba que bajara sus defensas para poder entender cuánto sabía realmente sobre el accidente provocado por mi padre. Emerson comenzó a darme consejos técnicos sobre cómo burlar los escáneres de retina de la salida sur, moviendo las manos con nerviosismo mientras describía el plan. Su lógica era brillante, pero su miedo era evidente.
—Emerson, cállate —le dije con una sonrisa suave, interrumpiendo su flujo de datos sobre protocolos de seguridad.
Él me miró confundido. Antes de que pudiera procesar el silencio, me incliné y lo besé. Fue un beso cargado de una nostalgia fabricada, una herramienta para sellar su lealtad y, sobre todo, para evitar que siguiera hablando de los riesgos. Mientras lo besaba, sentí su alivio; él creía que finalmente lo había aceptado, que el "nosotros" había regresado.
Pero mientras mis labios encontraban los suyos, mis ojos permanecían abiertos, fijos en la puerta. Ya no era la niña asustada de seis años atrás. Ahora era una investigadora analizando a su sujeto.
"Te quiero, Emerson", pensé mientras él me estrechaba contra su bata blanca, "pero no voy a dejar que tu miedo o tu amor me mantengan encerrada en esta pecera de cristal un día más".