Memoria Fragmentada

Cap 6.Juego de las Sombras

Narra Emerson

En este hospital, aprendes a leer los signos vitales antes que las palabras. Las máquinas no mienten; los humanos, en cambio, son expertos en el arte del camuflaje.

Maite cree que me está engañando. Cree que no noto cómo la tensión de sus músculos ha cambiado, cómo su ritmo cardíaco se acelera no por debilidad, sino por cálculo. He visto a cientos de pacientes intentar burlar al Consejo, pero ella... ella es diferente. Tiene el fuego de su padre y la fragilidad de una flor de cristal.

—El plan es este —le susurré, acercándome tanto que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, un calor que no debería tener alguien "sedada" por el protocolo—. He interceptado las rutas de patrulla del sector sur. El jueves, durante el cambio de turno del Consejo de Seguridad, habrá un punto ciego de noventa segundos en la puerta 4-B. Es nuestra única ventana.

Le expliqué los detalles técnicos: las frecuencias de radio que debemos inhibir, el uso de mis credenciales médicas para pasar los escáneres biométricos. Mientras hablaba, observaba sus ojos. No había rastro de la confusión de la semana pasada; había una lucidez fría, casi depredadora.

Ella no estaba escuchando el plan. Estaba estudiándome.

—Eres tan inteligente, Emerson... —murmuró. Su mano, que antes temblaba, subió por mi cuello con una firmeza que delataba su recuperación—. No sé qué haría sin ti en este mundo tan gris.

Entonces, me besó.

No fue el beso inocente de la casita del árbol. Fue un beso desesperado, cargado de una urgencia que intentaba nublar mi juicio. Maite estaba usando la seducción como un escudo térmico para que yo no viera lo que realmente estaba planeando. Sus manos tiraron de mi bata blanca, deshaciendo el nudo de mi compostura profesional.

Me dejé llevar. La empujé suavemente contra la camilla, sintiendo el metal frío del hospital contrastar con la piel encendida de su espalda. Sabía que las cámaras de vigilancia de esta habitación tenían un punto ciego justo ahí, en la esquina donde la luz no llegaba, un pequeño error de diseño que yo mismo había provocado meses atrás.

Sus labios bajaron por mi garganta mientras sus piernas —esas piernas que ella juraba que no sentía— se enredaron con fuerza alrededor de mi cintura.

—Hazme olvidar, Emerson —jadeó contra mi oído—. Haz que este lugar desaparezca.

Estábamos a punto de cruzar la línea, la ropa estorbaba y el pulso de ambos golpeaba con la violencia de una tormenta. Pero mientras mi mano recorría su costado, sentí algo bajo la almohada. Un objeto metálico y frío.

Un escalpelo.

Ella no quería sexo; quería una distracción. O quizás quería un arma por si yo decidía no ser el cómplice que ella necesitaba. En este mundo semiperfecto, incluso el placer es un campo de batalla. Me detuve a milímetros de su boca, sosteniendo su mirada, viendo cómo su pupila se dilataba por la adrenalina, no por el deseo.

—Maite... —le dije, mi voz apenas un gruñido—. Si vas a matarme o a amarme, asegúrate de que el sistema no encuentre los rastros. Porque en esta camilla, solo uno de los dos va a salir libre el jueves.

Ella sonrió. Fue la primera sonrisa real que le vi en seis años. Una sonrisa de guerra.




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