Memoria Fragmentada

Cap 8. Anatomía del Engaño

Narra Maite

He aprendido que los músculos tienen memoria, pero el miedo tiene una más larga. Durante las últimas semanas, he perfeccionado el arte de la inmovilidad. Cada vez que una enfermera entra en la habitación o mi padre aparece con su séquito de cámaras, mis piernas se convierten en peso muerto, dos columnas de carne inútil que no reaccionan ni al dolor de las agujas.

Es agotador fingir que estás rota cuando cada fibra de tu ser grita por echar a correr. Pero el engaño es mi única armadura.

Solo cuando las luces del hospital se atenúan y el zumbido de los monitores se vuelve un arrullo constante, permito que la verdad regrese a mis extremidades. Emerson llega siempre a la misma hora, con esa mezcla de devoción y culpa que ahora sé leer en sus ojos.

Nuestras "sesiones de terapia" nocturnas se han convertido en nuestro propio ritual de insurgencia. En la estrecha camilla, donde el olor a antiséptico intenta asfixiar el deseo, nos buscamos con una desesperación que va más allá de lo físico. Para él, es el reencuentro con su único cable a tierra; para mí, cada caricia es una moneda de cambio por información.

—Cuéntame más, Emerson —susurré anoche, mientras su respiración se calmaba contra mi cuello y nuestras sombras se fundían en la pared blanca—. Dime qué pasó con el mundo mientras yo dormía.

Él se tensó, como siempre que el pasado rozaba el presente. Pero en la vulnerabilidad del post-coito, sus defensas bajaban.

—El sistema se volvió... eficiente —murmuró, trazando círculos invisibles en mi brazo—. Hace cuatro años, tu padre aprobó el Edicto de Armonía Total. Ya no solo eligen tu trabajo o tu pareja; ahora el algoritmo predice tus "niveles de disidencia" antes de que siquiera pienses en protestar.

—¿Y qué les pasa a los que tienen niveles altos? —pregunté, fingiendo una curiosidad inocente.

—Reubicación de Conducta. O simplemente desaparecen en los Centros de Clasificación de las Tierras Externas. Nadie vuelve de allí, Maite. Tu padre ha construido una muralla de datos que nadie puede saltar.

Mientras él hablaba, yo procesaba cada dato. He descubierto que el accidente del 2013 no fue un error, sino el prototipo de su control: eliminar lo que no puede domar. Emerson me confesó, entre besos cargados de una tristeza antigua, que él mismo estuvo a punto de ser "borrado" por intentar investigar la causa de mi coma, y que solo su utilidad como médico y su silencio absoluto lo salvaron.

Me ha contado sobre los microchips de rastreo obligatorios, sobre cómo el suministro de agua está tratado con bloqueadores de dopamina para mantenernos en este estado de paz artificial, y sobre el plan de llevarnos a vivir a la mansión del Alcalde bajo una vigilancia "especial".

—Creen que estás muerta por dentro, Maite —me dijo, hundiendo su rostro en mi pelo—. Creen que no puedes caminar y que nunca podrás darnos un hijo. Eso nos hace invisibles para el algoritmo de emparejamiento. Es nuestra única ventaja.

Me estremecí, no de frío, sino de asco. Mi padre me había mutilado socialmente para tenerme bajo su bota, y Emerson, mi dulce Emerson, aceptaba las migajas de esa tragedia con tal de tenerme cerca.

Él no sabe que, mientras me hace el amor, yo estoy contando los segundos que tarda el guardia en pasar por el pasillo. No sabe que mis pies, esos que él acaricia con lástima, ya son capaces de sostener mi peso y mucho más.

Él me ama como a una muñeca rota. Yo lo necesito como a un mapa para salir de este infierno.




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