Narra Emerson
El cansancio en el hospital tiene un sabor metálico. Mis rondas terminaron a las tres de la mañana, tras haber ajustado los sueros de dopamina de doce pacientes que "no sonreían lo suficiente" según el algoritmo de bienestar. Me desplomé en la silla de la sala de descanso, cerrando los ojos solo por un segundo.
Pero el cerebro es una máquina traicionera, y los bloqueadores de memoria que el sistema me impuso empezaron a agrietarse.
De repente, ya no estaba en el hospital. El olor a desinfectante se convirtió en el aroma de las orquídeas del jardín de Maite. Era de noche. 20 de noviembre de 2013. Tres días antes del accidente.
Me vi a mí mismo trepando por la casita del árbol, con el corazón martilleando contra mis costillas. Entré en su habitación y la encontré de pie, rodeada de sombras. Yo estaba llorando.
—Me han asignado, Maite —le dije en el recuerdo, y mi propia voz me sonó a la de un extraño—. El Consejo me ha entregado el decreto. Me caso en una semana con una desconocida del Sector 4. No hay vuelta atrás. El sistema no permite apelaciones.
Maite no lloró. Sus ojos brillaron con una furia fría que nunca he vuelto a ver en ella desde que despertó del coma.
—No te vas a casar con nadie, Emerson —sentenció.
Con un movimiento lento y decidido, se deshizo de su camisón. La seda cayó al suelo con un susurro que pareció un trueno en el silencio de la noche. Se quedó frente a mí, desnuda, reclamando cada rincón de mi voluntad.
—Mírame —ordenó—. Este cuerpo no le pertenece al Alcalde, ni al Consejo, ni a su maldito algoritmo. Te pertenece a ti. Y nos vamos a ir.
—Es imposible, nos matarán... —balbuceé, pero ella me tapó la boca con la mano.
—No es imposible. He robado los planos de la salida sur de la oficina de mi padre. Sé dónde están los puntos ciegos de los escáneres. —Se acercó a su escritorio y sacó dos pases de identidad con sellos dorados que brillaban bajo la luna—. He conseguido identidades nuevas. Seremos investigadores en las Tierras Externas. Nadie lo sabe, ni siquiera Sammy. Tenemos una oportunidad, Emerson. Solo una.
En el recuerdo, yo la abracé con una mezcla de terror y adoración. Ella era la chispa que iba a quemar mi mundo perfecto.
—Huyamos mañana —susurró ella contra mi pecho—. Antes de que nos detecten.
Desperté de golpe, sudando frío y con el corazón a punto de estallar. El monitor de la sala de descanso pitaba rítmicamente, devolviéndome a mi realidad de bata blanca y sumisión.
Me pasé las manos por la cara, temblando. Ese recuerdo no debería existir. Según mis archivos médicos, yo nunca intenté rebelarme; según mi padre adoptivo —el Alcalde—, mi "reubicación" fue por un desorden de ansiedad juvenil.
Pero ahora lo sé. Aquella noche de noviembre, Maite no era una víctima pasiva. Ella era la arquitecta de una fuga. Ella tenía los planos. Ella tenía el poder.
Si ella tenía los planos aquella noche... ¿fue por eso que ocurrió el "accidente" tres días después? ¿Acaso mi padre no solo quería castigarla, sino detener un golpe directo al corazón del sistema?
Miré hacia el pasillo que llevaba a la habitación de Maite. La mujer que estaba allí ahora fingía no poder caminar, pero en mi fragmento de memoria, ella era una guerrera desnuda dispuesta a derribar muros.
Me di cuenta de algo aterrador: si el Alcalde descubre que estoy recordando, me borrarán para siempre. Y si Maite descubre que yo fui el cobarde que necesitó que le lavaran el cerebro para sobrevivir, me odiará más que al sistema.