Narra Emerson
Caminé por el pasillo del hospital como si fuera un condenado. Mis pasos resonaban en el suelo de linóleo, un eco rítmico que parecía contar los segundos que nos quedaban de esta falsa paz. Al entrar en su habitación, el aire se sentía viciado, cargado del aroma de un romance que olía más a estrategia que a flores.
Maite estaba allí, sentada en la cama con esa languidez estudiada, la manta cubriendo sus piernas "inútiles". En cuanto me vio, sus ojos se iluminaron con esa chispa de alegría que ahora me parecía un guion bien ensayado.
—Emerson... —susurró, estirando los brazos hacia mí.
Cuando me acerqué, me rodeó el cuello con una fuerza que no debería tener alguien cuya columna está supuestamente dañada. Me besó con una urgencia que en otras noches me habría hecho perder la cabeza. Pero hoy, mi mente estaba en otro lugar: en una habitación bañada por la luna en 2013, viendo a una mujer desnuda que era una general, no una paciente.
Me aparté. No fue un movimiento brusco, pero fue definitivo. Me quedé de pie, mirándola desde una distancia que el amor no puede cruzar.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, frunciendo el ceño, su voz cargada de una vulnerabilidad que ahora me sonaba a estática—. Estás frío.
—Deja de hacerlo, Maite —dije, y mi voz salió más firme de lo que esperaba—. Deja de fingir.
Ella parpadeó, confundida, o pretendiendo estarlo.
—No sé de qué hablas, mis piernas...
—Tus piernas me atrapan con una fuerza asombrosa cuando hacemos el amor, Maite —la interrumpí, señalando la cama—. He visto cómo tus músculos se contraen, cómo buscas apoyo, cómo te tensas de una manera que la parálisis física hace imposible. Soy médico, maldita sea. Sé leer un cuerpo, y el tuyo me grita que estás más viva de lo que cualquier informe del Consejo dice.
Ella se quedó helada. La máscara de "muñeca rota" empezó a agrietarse.
—Y hay algo más —continué, bajando la voz hasta que fue un susurro peligroso—. He recordado. He recordado la noche de los planos. He recordado que tú no me amabas por ser Emerson; me amabas porque yo era tu billete de salida. Era una herramienta para tu fuga. Y ahora, me pregunto si este despertar, estos besos... son solo otra forma de usarme para escapar de tu padre.
Maite apretó las sábanas con los puños. Por primera vez en meses, no hubo una respuesta rápida. El silencio de la habitación se volvió asfixiante.
—En pocas horas —dije, mirando el reloj de pared que dictaba nuestras vidas—, tu padre entrará por esa puerta. No vendrá como un médico, sino como el Alcalde. Traerá el permiso de matrimonio firmado por el Consejo Superior. Nos va a encadenar el uno al otro bajo su techo, en su mansión, para vigilarnos hasta que muramos.
Me acerqué un paso más, buscándole el alma tras esos ojos que ocultaban tantos secretos.
—Él cree que te tiene controlada porque estás lisiada. Cree que me tiene controlado porque me borraron la memoria. Pero los dos sabemos que ambos estamos mintiendo. Así que dime la verdad ahora, antes de que el contrato se selle: ¿Vas a seguir usando mis manos para tu guerra, o vas a decirme quién eres realmente detrás de esta farsa?