Narra Maite
El aire en la habitación se volvió pesado, como si el oxígeno hubiera sido reemplazado por plomo. Emerson estaba de pie, con la mandíbula tensa y una mirada que ya no era la del médico sumiso, sino la del hombre que ha descubierto que su vida es un guion escrito por otro.
Me impulsé hacia arriba. Ya no me importó mantener la farsa de la parálisis. Mis pies tocaron el suelo frío y, aunque mis rodillas temblaron por los meses de atrofia, me puse de pie. Lo acorté la distancia, atrapando sus manos con las mías, obligándolo a mirarme.
—¿Me amabas? ¿O solo era una estrategia? —me escupió él, con la voz rota por el desengaño.
—¡Claro que te amaba! —le grité, y esta vez no era una actuación. Sentí el ardor de las lágrimas de verdad—. Te amaba tanto que robé esos planos para que no tuvieras que casarte con una desconocida. Te amaba tanto que preferí arriesgarme a que mi padre me matara antes de verte convertido en un esclavo del sistema.
Me detuve, procesando lo que él había dicho antes. Mis dedos se clavaron en sus antebrazos.
—Pero, ¿de qué hablas, Emerson? ¿Qué es eso de que te borraron la memoria? —Mi voz bajó a un susurro aterrado—. Tú... tú me dijiste que recordabas todo. Me dijiste que habías estado cuidándome estos seis años por amor.
—Me hicieron una Reubicación de Conducta, Maite —dijo él, soltándose de mi agarre con un gesto violento. Retrocedió hasta la pared, como si mi cercanía lo quemara—. Tu padre no solo te encerró a ti en este cuerpo; a mí me encerró en una mente que no es mía. Me borraron los fragmentos de rebelión. Me reprogramaron para ser el médico perfecto, el ciudadano perfecto... el guardián perfecto para su hija "lisiada".
Emerson se rió, una risa amarga que resonó en el silencio clínico del cuarto.
—He vivido seis años creyendo que era un héroe romántico, cuando solo era un perro con correa. Y ahora tú despiertas y me usas. Me seduces para obtener información, me besas para que no sospeche que puedes caminar... ¡Me usas igual que él!
—¡No es lo mismo! —le repliqué, avanzando hacia él a pesar de la debilidad de mis piernas—. Yo intento salvarnos. Si nos casamos y vamos a esa casa, podré encontrar los planos originales, podremos salir de aquí...
—¡No! —rugió él, golpeando la pared—. No voy a ser tu marioneta, Maite. No voy a pasar de las manos de tu padre a las tuyas. Él quiere firmar ese contrato matrimonial hoy para tenerme vigilado, y tú lo quieres para tener un cómplice. Nadie me ha preguntado a mí qué es lo que quiero.
—Emerson, si no lo hacemos, nos separarán. Él te enviará a un centro de reeducación definitivo y a mí... a saber qué me hará —supliqué, sintiendo cómo el mundo se cerraba sobre nosotros.
—Prefiero que me borren por completo a seguir siendo el juguete de esta familia —sentenció él, dándome la espalda—. Si quieres tu libertad, búscala sola. Yo no soy el puente de nadie.
En ese momento, el pomo de la puerta giró. Un sonido seco, autoritario. El Alcalde estaba allí. El tiempo de las discusiones se había agotado; el sistema venía a reclamar sus piezas.