Memoria Fragmentada

Cap 11. Contrato de Sangre

Narra Maite

El sonido del pomo girando fue como el disparo de salida en una ejecución. En un movimiento que me desgarró los músculos todavía débiles, me arrojé de vuelta a la cama. Mis piernas se acomodaron en esa posición lacia y antinatural que había ensayado mil veces, y tiré de la sábana justo cuando la puerta se abría de par en par.

El aire frío del pasillo inundó la habitación, trayendo consigo el perfume caro y metálico de mi padre.

Emerson no se movió. Se quedó de pie junto a la ventana, dándome la espalda. Su figura era una estatua de hielo. Temí que el odio que acababa de escupirme se filtrara por sus poros y lo delatara, pero cuando se giró para enfrentar al Alcalde, su rostro era una máscara de absoluta neutralidad. La "Reubicación de Conducta" era, después de todo, una herramienta eficaz: sabía cómo esconder el alma bajo una bata blanca.

—Alcalde —dijo Emerson, con una voz tan plana que me heló la sangre—. Estábamos terminando la revisión de reflejos. No hay cambios.

Mi padre entró con la suficiencia de quien es dueño del tiempo y del espacio. En su mano derecha sostenía una carpeta de cuero negro con el sello dorado del Consejo Superior.

—Doctor —asintió mi padre, ignorándome por un segundo—. Traigo noticias que estabilizarán el futuro de esta familia. El Consejo ha aprobado la unión. Maite, querida... —se acercó a mi cama y puso su mano pesada sobre mi rodilla inerte. Sentí ganas de gritar, pero mantuve la mirada vacía—. Te quedarás bajo nuestra protección. Emerson ha aceptado ser tu tutor legal y tu esposo. Vivirán en la mansión, donde podré supervisar que nada te falte.

Miró a Emerson, y por un instante, vi un destello de depredador en sus ojos.

—Doctor, le agradezco profundamente que acepte a mi hija en estas condiciones. No cualquier ciudadano modelo cargaría con un... "descarte" del sistema. Su lealtad a esta familia será recompensada.

—Es mi deber, señor —respondió Emerson. No me miró. Sus palabras eran cenizas—. Iré a confirmar el alta definitiva y a preparar el traslado de la paciente. Si me disculpan.

Salió de la habitación sin dedicarme ni una sola chispa de complicidad. Me había dejado sola con el monstruo.

El silencio que quedó era denso, punzante. Mi padre se sentó en la silla que Emerson ocupaba anoche para hacerme el amor. Abrió la carpeta y sacó un documento lleno de cláusulas y sellos biométricos.

—Sé que puedes oírme, Maite —dijo, su voz bajando a un tono peligrosamente suave—. Y sé que crees que Emerson es tu salvación. Pero no olvides quién le dio la vida que tiene ahora. Yo lo reconstruí. Yo borré sus errores. Si intentas usarlo para tus viejas fantasías de investigadora, solo tendré que pulsar un botón para que él mismo te entregue a las autoridades.

Me tomó la mano, apretando mis dedos con una fuerza que buscaba romperme.

—Mañana volvemos a casa. Vas a ser la esposa perfecta y silenciosa que siempre debiste ser. Y si alguna vez veo que tus pies intentan tocar el suelo... desearás no haber despertado nunca de ese coma.

Él se levantó, dejando el contrato sobre mis piernas muertas. Yo no dije nada. Mantuve la respiración lenta, la mirada perdida en el techo blanco, mientras por dentro mi mente gritaba: Ya no tienes una hija, padre. Tienes una espía en tu propia casa.




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