El traslado a la mansión no fue un desfile, fue una procesión fúnebre disfrazada de celebración. Emerson me cargó en sus brazos desde la silla de ruedas hasta el asiento trasero del coche oficial del Alcalde. Para cualquier observador externo, era el cuadro de un esposo devoto cuidando a su frágil mujer. Para mí, sus brazos eran barras de acero frío.
En cuanto el chofer subió el vidrio de privacidad y el motor eléctrico comenzó a zumbar silenciosamente, la máscara de Emerson se derrumbó. Seguía mirando al frente, con la mandíbula tan apretada que temí que se le rompieran los dientes.
—¿Por qué me haces esto, Maite? —susurró entre dientes, sin mover apenas los labios—. ¿Por qué me usas como si fuera un escalpelo más en tu kit de cirugía?
—No te uso, Emerson. Te necesito —le respondí de la misma forma, mirando por la ventana las calles perfectas y monótonas de la ciudad—. Si no aceptábamos, nos habrían borrado a ambos.
—No —me interrumpió con un siseo amargo—. Tú necesitabas un cómplice con acceso a la red médica. Yo solo quería a la chica de la casita del árbol, pero ella murió en ese accidente. Ahora solo queda una extraña que sabe fingir orgasmos y parálisis con la misma frialdad.
Me dolió. El golpe fue más certero que cualquier amenaza de mi padre.
—Tú tampoco eres el mismo, Emerson —le espeté, girando la cabeza para clavarle la mirada—. Eres una versión editada por mi padre. Me reclamas que no sé quién soy, ¡pero tú ni siquiera eres dueño de tus propios recuerdos! Si piensas escapar, hazlo solo. No me culpes por intentar sobrevivir en el infierno que él construyó.
—Lo haré —dijo él, y sus ojos brillaron con un destello de odio puro—. En cuanto encuentre la forma de anular este vínculo sin que me lobotomicen de nuevo, te dejaré atrás. No voy a ser la marioneta de una mujer que ama más su venganza que a mí.
El coche se detuvo frente a la imponente mansión del Alcalde. Las puertas se abrieron y, como si un interruptor se hubiera encendido en sus cabezas, ambos cambiamos. Emerson bajó del auto y me tomó en brazos con una delicadeza ensayada, ofreciéndome una sonrisa cálida que llegaba a todos lados menos a sus ojos. Yo apoyé mi cabeza en su hombro, suspirando con la sumisión de una esposa agradecida.
Mi padre nos esperaba en la escalinata, flanqueado por guardias.
—Bienvenidos a casa —dijo con voz retumbante—. El banquete de bodas está servido. Pero recuerden las leyes del Consejo: una unión solo es legal ante los ojos del Estado una vez que se ha consumado y certificado por el monitor biométrico de la habitación nupcial.
Sentí un escalofrío. En esta casa, incluso el acto más íntimo era un trámite burocrático vigilado.
Al llegar a la habitación que ahora compartiríamos, la puerta se cerró con un eco definitivo. El sistema de la casa anunció por los altavoces: «Iniciando protocolo de validación conyugal. Sensores de ritmo cardíaco y temperatura activados».
Nos quedamos solos en medio de la opulencia de la habitación. Emerson me dejó sobre la cama de seda blanca. Se quitó la chaqueta y empezó a desabotonarse la camisa, pero sus movimientos eran mecánicos, carentes de cualquier rastro de la pasión que habíamos vivido en el hospital.
—Hagámoslo —dijo con voz plana, mirándome como si fuera un informe médico—. Hay que darle al algoritmo lo que pide para que nos dejen en paz. Pero no te confundas, Maite... esto no es amor. Es solo otra mentira para que tu padre pueda dormir tranquilo.
Yo me quedé allí, inmóvil, sintiendo cómo el "mundo perfecto" nos obligaba a profanar lo único que nos quedaba de verdad.