Narra Samantha
El comedor de la mansión amaneció bañado por una luz dorada, de esa que parece retocada por un filtro de felicidad obligatoria. El olor a café recién hecho y pan horneado llenaba el aire, intentando camuflar el aroma rancio del control que lo impregnaba todo.
Allí estábamos, la familia perfecta sentada a la mesa circular. Mi padre presidía, radiante, con esa energía que solo tienen los hombres que creen haber ganado todas las batallas. A su derecha, Maite, sentada en su silla de ruedas de diseño, con una expresión de serenidad mística que me ponía los pelos de punta. A su lado, Emerson, impecable en su uniforme médico, cortando la fruta con la precisión de un cirujano que no quiere dejar rastro de su rastro de sangre.
—Es maravilloso tener la casa llena de vida otra vez —dijo mi madre, estirando la mano para rozar el brazo de Maite. Sus ojos brillaban con una alegría genuina, o quizás era esa neblina de felicidad que el agua tratada del sector alto regalaba a quienes no querían ver la verdad—. Siento que finalmente el equilibrio ha vuelto a nosotros.
—El equilibrio es la base de una sociedad sana —sentenció mi padre, mirándonos a todos con una satisfacción casi divina—. Y hablando de equilibrio, Samantha tiene noticias que compartir.
Todas las miradas se clavaron en mí. Tragué saliva, sintiendo el peso del anillo de compromiso invisible que ya rodeaba mi cuello.
—He conocido a mi prometido —dije, forzando una sonrisa que esperaba que no pareciera una mueca—. Es... muy agradable. El hijo del Comisionado de Energía es un hombre educado y muy comprometido con los valores del Consejo. Estoy segura de que seremos una unión ejemplar.
—Es una noticia excelente —intervino Emerson, asintiendo con una cortesía clínica—. El respaldo del Comisionado fortalecerá la posición de la familia y asegurará un futuro estable para Samantha.
—Exactamente —aprobó mi padre, golpeando suavemente la mesa—. Tu unión, Sammy, no es solo un matrimonio; es el pilar que nos faltaba para consolidar nuestra red de influencia en el sector energético. Es el respaldo que esta alcaldía necesita para los próximos diez años de paz.
Maite asintió con la cabeza, mirando a Emerson con una devoción que me hizo dudar por un segundo de todo lo que yo sabía. ¿Estaba fingiendo o realmente el sistema la había quebrado finalmente?
—Me alegra tanto por ti, hermanita —dijo Maite, y su voz sonó tan dulce que me dio escalofríos—. Te mereces la seguridad que el sistema nos brinda.
Era una coreografía impecable. Todos fingíamos estar de acuerdo. Todos celebrábamos nuestras propias jaulas.
—Bueno, el deber me llama —dijo Emerson, poniéndose en pie y ajustándose la bata. Se inclinó y besó la frente de Maite con una ternura que parecía sacada de un anuncio publicitario—. Volveré temprano para tu sesión de terapia, mi amor.
—Te estaré esperando —respondió ella, sosteniéndole la mirada.
En cuanto Emerson salió y el eco de sus pasos se perdió en el vestíbulo, el ambiente cambió sutilmente. Mi padre se relajó en su silla, observando a Maite y a mí con una mezcla de orgullo y posesión.
—Ahora que estamos en familia —dijo mi madre, con un tono casi suplicante—, quiero que pasemos más tiempo juntas. Seis años son demasiado tiempo, mis niñas. Quiero que recuperemos las tardes en el solárium, que hablemos de los preparativos de la boda de Sammy... Quiero que volvamos a ser nosotros.
Mi padre asintió, visiblemente complacido. El tablero estaba en orden: una hija "reparada" y casada con su perro guardián, y la otra a punto de venderse al mejor postor político.
Yo miré a Maite. Ella seguía con la vista fija en su plato de porcelana, pero por un breve segundo, sus dedos rozaron el borde de la mesa con un ritmo nervioso, un código que solo yo, que la conocía desde niña, podía interpretar como un grito de auxilio tras la máscara de porcelana.