Memoria Fragmentada

Cap 16. Santuario de los Secretos

Narra Maite

El solárium de la mansión era una jaula de cristal llena de plantas exóticas que, al igual que nosotros, crecían bajo condiciones estrictamente controladas. Mi madre estaba radiante; llevaba horas mostrándole a Sammy catálogos de sedas y encajes para el vestido de novia, hablando de flores que solo florecían en los invernaderos del Consejo.

—¿No te parece precioso este tono de marfil, Maite? —me preguntó mi madre, acercándome una muestra de tela. Sus ojos buscaban desesperadamente una señal de que su familia volvía a ser "normal".

—Es hermoso, mamá —respondí, fingiendo una sonrisa suave—. Pero me duele un poco la cabeza. Tanta luz me marea... ¿Crees que podríamos ir a un lugar más tranquilo?

—Oh, claro, cielo. ¿Quieres ir a tu habitación?

—En realidad —hice una pausa, bajando la mirada con timidez—, extraño el olor de los libros viejos. ¿Recuerdas cuando papá me dejaba leer en su biblioteca antes de... antes de todo? Me gustaría pasar la tarde allí. Me daría mucha paz estar rodeada de sus cosas.

Mi madre vaciló. La biblioteca del Alcalde era territorio sagrado, el lugar donde se gestaban los edictos y las purgas. Pero la idea de que su hija "recobrada" quisiera conectar con el mundo de su padre era una tentación demasiado grande para su corazón de madre abnegada.

—Tu padre no suele dejar que nadie entre cuando él no está —susurró, mirando hacia la puerta—, pero... supongo que por una tarde, y tratándose de ti, no dirá nada. Ayúdame, Sammy.

Entre las dos empujaron mi silla de ruedas por los pasillos alfombrados hasta la gran puerta de roble oscuro. Mi madre sacó una tarjeta magnética de su bolso y el cierre electrónico cedió con un suspiro neumático.

—Te dejaremos sola para que descanses —dijo mi madre, dándome un beso en la mejilla—. Volveremos por ti en un par de horas para el té.

En cuanto la puerta se cerró y me quedé en el silencio absoluto de la biblioteca, mi columna se tensó. Ya no era la paciente frágil. Me impulsé fuera de la silla, apoyándome en el escritorio de caoba para no perder el equilibrio. Mis piernas ardían, pero la adrenalina era un anestésico poderoso.

Empecé a registrar. Sabía que mi padre no guardaría planos de seguridad en los estantes a la vista. Busqué en los paneles de madera, golpeando suavemente hasta que escuché un eco hueco detrás de la sección de "Historia de la Unificación".

Allí, escondido tras una fila de tomos falsos, encontré un escáner de teclado antiguo, de los que no estaban conectados a la red central del Consejo. Recordé la fecha que Emerson mencionó en su sueño: el día que todo se rompió. Probé con la combinación de nuestra antigua dirección:

1-1-2-3.

Un pequeño compartimento se deslizó hacia fuera.

Dentro no solo estaban los planos de la salida sur que yo había robado hace seis años. Había algo más: una carpeta con mi nombre y una etiqueta roja que decía: «SUJETO 01: OBSERVACIÓN DE RESISTENCIA NEURONAL».

Abrí la carpeta con manos temblorosas. No era un historial médico de mi coma. Era un registro de cómo mi padre había provocado el accidente para probar un nuevo fármaco de "borrado selectivo" en mí y en Emerson. El choque del auto no fue un error; fue el escenario para ocultar el experimento que nos convirtió en lo que somos hoy.

Escuché pasos en el pasillo. Rápidamente, escondí los planos y la carpeta bajo la manta de mi silla de ruedas y me senté de nuevo, justo cuando la puerta comenzaba a abrirse.

—¿Todo bien, Maite? —era la voz de Sammy, pero su tono era diferente, más agudo, más alerta.

—Sí... —respondí, cerrando los ojos y fingiendo que me había quedado dormida con un libro en el regazo—. Solo descansando.




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