La atmósfera en la habitación nupcial era eléctrica, cargada de un silencio que zumbaba como un cable de alta tensión a punto de romperse. Cuando entré, arrastrando los pies con la debilidad fingida que ya me resultaba natural, encontré a Emerson sentado en el suelo, en el rincón de la cama, justo dentro del perímetro del punto ciego.
La carpeta roja de mi padre estaba abierta sobre sus rodillas. Sus dedos temblaban tanto que el papel crujía.
—¿Qué es esto, Maite? —su voz no era humana; era un susurro gutural, distorsionado por una agonía que no podía comprender.
—Emerson, escúchame... —avancé hacia él, olvidando la silla de ruedas, pero me detuve en seco cuando él levantó la mirada.
Sus ojos no eran los suyos. Las pupilas estaban dilatadas hasta casi borrar el iris, y una vena palpitaba con violencia en su sien. Alrededor de sus ojos, pequeños capilares se habían roto, creando un cerco rojizo terrorífico.
—«Sujeto 01»... «Observación de resistencia»... —leyó en voz alta, y cada palabra parecía arrancarle un pedazo de alma—. No fue un accidente. Él nos... él nos rompió a propósito. Para ver cuánto tardaríamos en volver a amarnos bajo sus condiciones.
—Emerson, cálmate —supliqué, dando un paso más—. Sammy dice que tienes un protocolo, algo que te implantaron...
En ese instante, Emerson soltó un alarido sordo y se llevó las manos a la cabeza, apretando con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Cayó de costado sobre la alfombra, convulsionando.
—¡Error de sistema! —gritó él, pero no era su voz, era una cadencia mecánica que brotaba de su garganta—. Detección de amenaza nivel 4. Ejecutando contramedida de lealtad.
—¡No! —me abalancé sobre él, inmovilizándolo contra el suelo—. ¡Mírame, Emerson! ¡Soy Maite! ¡No soy una amenaza, soy la mujer que amas!
Sus manos, que anoche me habían sujetado con ruda pasión, ahora buscaron mi cuello. No era él quien me atacaba; eran sus músculos movidos por hilos invisibles, un reflejo programado para eliminar a quien lo obligara a recordar la verdad. Sus dedos se cerraron sobre mi garganta, apretando con una fuerza inhumana.
—Eliminar... discrepancia... —jadeó él, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas, contradiciendo la violencia de sus manos. Su rostro era una máscara de horror puro; estaba atrapado dentro de su propio cuerpo, gritando en silencio mientras su subconsciente intentaba matarme.
—¡Lucha contra eso! —logré decir, sintiendo cómo el oxígeno empezaba a faltarme—. ¡Recuerda la casita del árbol! ¡Recuerda el 20 de noviembre! ¡Tú no eres su arma!
El agarre se intensificó un segundo más, y por un momento vi la oscuridad cerrándose sobre mí. Pero entonces, algo se rompió. Un sonido metálico, como un chasquido seco detrás de su oreja —donde tenía la cicatriz de la cirugía— resonó en la habitación.
Emerson se desplomó sobre mi pecho, soltando mi cuello. Su respiración era un silbido agónico. La crisis del protocolo había pasado, pero lo había dejado vacío, como una cáscara rota.
—Maite... —murmuró, su voz volviendo a ser la suya, aunque quebrada—. Él está dentro de mí. No soy libre ni siquiera cuando te toco. Cada vez que intento odiarlo o recordarte, el sistema intenta borrarte de mi cabeza.
Lo abracé contra el suelo, escondiendo la carpeta bajo la cama. Sabía que las cámaras fuera de este perímetro pronto detectarían su pulso errático si no nos movíamos.
—Entonces no recordaremos con la mente —le dije, besando su frente empapada de sudor—. Recordaremos con el cuerpo. Él no puede programar lo que sentimos. Sammy tiene un plan, Emerson. El hijo del Comisionado es de los nuestros. Ya no estamos solos.