Narra Maite
Apenas habíamos tenido tiempo de limpiar el sudor y las lágrimas de Emerson cuando el altavoz de la habitación escupió la orden. La voz de mi padre, fría como una ejecución, nos citaba en su despacho privado de inmediato. Los sensores de salud de la casa habían detectado el pico de adrenalina y la arritmia de Emerson durante su crisis.
—Finge que estás agotado —le susurré a Emerson mientras lo ayudaba a abotonarse la camisa — Finge que no puedes ni mantener la cabeza alta. Déjame hablar a mí.
Entramos en el despacho. Mi padre estaba tras su escritorio de roble, rodeado de monitores que mostraban flujos de datos en tiempo real. No nos miró como a una hija y un yerno; nos miró como a dos máquinas que habían tenido un fallo de voltaje.
—Expliquen el registro —dijo, lanzando una tableta sobre la mesa—. Pulso cardíaco de Emerson a 160 latidos por minuto. Dilatación pupilar extrema. Espasmos musculares. ¿Qué clase de "reacción" fue esa?
Emerson abrió la boca, pero el miedo al Protocolo de Contingencia lo dejó mudo por un segundo. Fue entonces cuando avance, soltando un poco la silla y apoyándome en el escritorio con una sonrisa que destilaba una lascivia calculada.
—Oh, vamos, padre... —ronroneé, dejando que mi voz bajara una octava—. Pensé que querías que nuestro matrimonio fuera "funcional" según los estándares del Consejo.
Mi padre frunció el ceño, visiblemente desconcertado por mi tono.
—Maite, el informe médico sugiere un ataque de nervios o una falla en la reubicación de Emerson...
—Lo que el informe sugiere es que tu "médico perfecto" tiene un apetito que ni siquiera tú podrías haber programado —lo interrumpí, inclinándome hacia él—. ¿Quieres saber por qué su corazón casi explota? Porque me pidió que lo asfixiara. Me pidió que usara mis manos, estas que tú crees débiles, para apretarle el cuello mientras él me tomaba de la manera más ruda que puedas imaginar.
Vi cómo el color desaparecía del rostro de mi padre. Emerson, a mi lado, bajó la cabeza, interpretando el papel de esposo avergonzado a la perfección.
—Maite, basta... —balbuceó el Alcalde, pero yo no me detuve. Sabía que cuanto más lo incomodara, menos querría investigar los datos reales.
—No, padre, tú querías la validación. Querías saber qué pasó. Pasó que Emerson perdió el control porque me obligó a estar sobre él, gimiendo su nombre mientras él convulsionaba de puro placer. ¿Sabías que cuando llega al clímax sus pupilas se vuelven blancas y empieza a balbucear cosas sin sentido? —Me acerqué más, casi susurrando—. Fue tan intenso que incluso pensé que se moriría en mis brazos. ¿No es eso lo que el sistema llama "compatibilidad reproductiva máxima"?
—¡Suficiente! —rugió mi padre, poniéndose de pie de un salto, empujando la silla hacia atrás con violencia. Sus orejas estaban rojas de una mezcla de asco y vergüenza. El hombre que gobernaba una ciudad con puño de hierro no podía soportar la descripción explícita de la intimidad de su propia hija—. No necesito... no necesito detalles tan vulgares.
—Solo respondía a tu pregunta —dije con una calma gélida, acomodándome un mechón de pelo—. Si el monitor vuelve a pitar, ya sabes que es simplemente porque estamos siguiendo tus órdenes de ser una pareja ejemplar.
Mi padre agitó la mano, desestimándonos como si fuéramos algo sucio que necesitaba ser limpiado de su oficina.
—Lárguense. Emerson, tómate un sedante suave. No quiero más alertas en el sistema central esta noche.
Salimos del despacho. En cuanto la puerta se cerró y estuvimos en el pasillo, Emerson me miró con una mezcla de horror y asombro. Había funcionado. Habíamos convertido su dolor en un acto sexual tan "incómodo" que mi padre no volvería a mirar esos registros en semanas.
—Has estado increíble —susurró Emerson, todavía temblando—. Pero ahora él cree que soy un perverso.
—Prefiero que crea que eres un perverso a que sepa que eres un rebelde —le respondí, retomando mi papel de lisiada y relajándome en la silla de ruedas—. Ahora, busquemos a Sammy. El tiempo se nos acaba.